Una musa para dos

28 | Amiga y musa

Aquella noche Tristán y yo no hicimos el amor. Como era de esperarse, nos quedamos en el CosaSeria mucho más de la cuenta. Ordenamos comida saludable –él unas setas escalfadas con salsa de romero y yo una brocheta de tofu y aguacate– que pagamos a medias porque, obviamente, Tris estaba un poco corto de fondos y yo hubiese preferido amputarme la mano a tener que deberle dinero a la familia política de Alekséi.

Pero Tristán es y ha sido, por sí mismo, una caja de sorpresas. La falta de sexo fue compensada con una lectura de la primera novela que habría publicado en una editorial independiente que podía jurar que pertenecía a algún amigo de él, o a algún primo, no sé.

La verdad es que Tris no escribía tan mal, pero tampoco era ninguna lumbrera. Por supuesto, me he callado mi opinión sobre su obra literaria –y sobre el resto de su producción artística en general– porque, ustedes saben, porque lo prefiero como amigo.

Lo que más me llamó la atención fue la portada –la novela se titulaba Efectos personales– y estaba ilustrada con una imagen de dos criaturas humanoides de aspecto ligeramente monstruoso, cuyo estilo, trazo y línea tenían un autor indiscutible.

Revisé enseguida la contraportada y me percaté de que el nombre de Alekséi Galvés se hallaba impreso como el autor de la pintura homónima a la que la novela hacía referencia.

–No sabía que tú y Alekséi fueran tan cercanos –le dije a Tris, sin dejar de mirar (y acariciar discretamente) la portada.

–Somos como hermanos –ahora que lo analizo en retrospectiva, supongo que Tristán estaba un poco exagerando–. Admiro a Aleks y lo respeto como artista.

Sip, ese solía ser el efecto que el Alekséi del pasado solía generar en sus amigos más cercanos.

Claro que ahora es diferente, porque tengo la ligera sospecha de que no le queda mucha gente que lo aprecie. Al menos, no como en su día lo hicimos Tristán y yo.

–Aleks nunca nos explicó detalladamente de dónde se conocían –sabía que Tristán, quien, por cierto, es un verdadero cotilla, no se iba a quedar con las ganas del chisme del momento.

–Porque ni Aleks ni yo estamos muy orgullosos de esa época de nuestra vida –le dije, mientras, sin soltar su novela de mi mano, con la otra tomaba un bocado de cerveza–. Pero, igual, es mejor que te enteres por mí que por la boca de alguien más.

Y le conversé sobre el brevísimo paso de Alekséi por la carrera de publicidad, y las circunstancias que propiciaron su retiro de las aulas.

–Supongo que por eso te tiene tanto cariño ­–dijo Tris, satisfecho por mi historia–. Tú lo encaminaste a su Destino.

–Él también influyó mucho en mi manera de ver la vida –respondí–. La verdad es que ambos, en cierta forma, estamos en deuda con el otro.

Pude ver cómo una silueta estilizada salía a través de una puerta destinada únicamente a personal autorizado. A primera vista se hubiera confundido con Ana Karen, de no ser porque, luego de un vistazo más afinado, aparecían algunas diferencias. Coincidían, eso sí, los pómulos sensuales y los ojos suavemente rasgados, la elegancia de su cuerpo y de su andar, pero esta chica parecía un poco más pequeña y llevaba el pelo corto, cuyo mechón frontal caía sigilosamente hasta su mejilla izquierda.

La muchacha me hizo una seña con el dedo para que mantuviera silencio, en lo que se posaba detrás de Tris y le tapaba los ojos con sus delicadas manos.

–¿Quién soy? –es lo que dijo con una voz queda, aguda y casi a su oído. Por lo visto a la señorita le faltaba pudor y cierto sentido de sospecha. Digo, yo no estaba exactamente pintada en la pared. Pero a la muchacha en cuestión, mi presencia le dio exactamente igual.

Vi que las facciones de Tris se suavizaron y su rostro, anguloso como el de un adulto severo, se rindió a los encantos de la voz de la mujer que lo halagaba con semejante gesto. Sonrió apenas y tomó con sus largas manos las de ella. Las bajó delicadamente a tiempo que se volteaba para abrazar, yo diría que un poco más que efusivamente a…

–Ana Julia –Tris la tomó entre sus brazos y la meció de izquierda a derecha, como si no se hubieran visto en años, aunque, a juzgar por la cercanía espacial que los unía, bien pudieron haberse encontrado esa misma mañana–. ¿Qué me vas a traer de postre?

Lo dicho: en ese preciso momento, era yo la que estaba pintada.

Ana, mucho más perspicaz que su amigo entrañable, se adelantó unos pasos para presentarse:

–Ana Julia Bonilla –y en gesto bastante similar al de su hermana, se acercó a darme un beso en la mejilla, pero, esta vez, con un ligero abrazo nada hostil, como sí lo había sido el de su hermana.

–Amiga y musa –fue todo lo que dijo Tris, mientras abrazaba por la cintura a la mujer que, por supuesto, se trataba de la contraparte de lo que significaba Alekséi para mí, en aquella época.

–Galatea Molinari –respondí a Ana Julia como para imitar su estilo de formalidad bizarra propio de las presentaciones de su familia–. Colega e insulsa.

Los tres reímos de mi improvisada ocurrencia y supuse enseguida que los dos lo habían hecho por compromiso.

En aquel preciso momento me percaté de que las parejas del CosaSeria habían estado formadas desde mucho antes de que a mí se me hubiera ocurrido poner un pie en aquel lugar. Ana Karen y Aleks, en una relación consumada; y Ana Julia y Tris, en una platónica.




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