Una musa para dos

32 | Chismecito de madrugada

A que el final del capítulo pareció muy romántico, ¿no es cierto? Claro, porque en principio lo fue. Pero si lo analizamos detenidamente, las cosas tienden a complicarse un poco, ¿no creen?

La escena del beso fue algo espontánea, totalmente. Pero, ¿era lo que queríamos en realidad? Por supuesto que no. Yo quería estar con Aleks y Tristán con Ana Julia. Eso era toda la cosa y no había más vueltas que darle.

De lo que se podía inferir es que cada uno era para el otro, por consiguiente, una especie de premio de consolación. Y vaya que eso dolía.

Luego de que Tris y yo nos besáramos para confortarme por una pérdida que no había tenido lugar –porque nunca fui nada de Aleks, en primer lugar– nos abrazamos muy fuerte y nos fuimos a dormir.

Las alitas se quedaron a esperar el sueño de los justos en la heladera y las cervezas abiertas se echaron a perder. Yo me retiré bien avergonzada de mi debilidad y Tristán se disculpó por dejarse llevar en un momento de extrema vulnerabilidad de mi parte.

Nos evitamos mutuamente por los siguientes tres días. Yo desayunaba tarde y Tris se marchaba antes de la hora del almuerzo y llegaba luego de vencida la hora de la cena. He de suponer que se iba a lo de Ana Julia, quien también necesitaba de consuelo, por su parte.

Debí suponer que aquel no sería el mejor de los escenarios posibles: compartir casa con alguien a quien no quieres ver a la cara por un motivo más que nebuloso, pero las cosas eran como eran y se hacía necesario hacerse cargo de ellas.

Luego de una semana entera de resumir nuestros encuentros en un hola/chao, ¿vas a cenar en casa?/no disculpa, buenas noches/que descanses; al fin, fue Tristán, como siempre, el que daría el primer paso.

–Galita, ¿estás ahí? –ese fue un mensaje de Whatsapp, enviado por él a mi cuenta personal y a las tres de la mañana.

Aquel mensaje no me despertó, pero hice como que sí. La verdad es que, durante las dos últimas semanas, desde la partida de Alekséi, me despertaba todas las noches, más o menos a las tres de la mañana, y me mantenía incapaz de dormir hasta como las cinco y media, hora en la que volvía más o menos a conciliar el sueño hasta cerca de las siete.

–Aquí estoy –le respondí a Tris, más despierta que dormida, pero acompañé mi mensaje con un emoji de carita somnolienta.

–¿No puedes dormir? –preguntó él, enseguida.

–Me cuesta conciliar el sueño desde hace ya sabes cuándo.

–¿Te gustaría que lo habláramos? –no era la hora propicia para hacerlo, eso lo acepto. Pero si le decía que no, probablemente hubiera perdido la oportunidad de discutir un par de asuntos de los que era necesario charlar.

–Me gustaría –respondí.

–Subo enseguida.

Recibir a Tristán en mi habitación no estaba entre mis planes, pero mi recámara era grande y tenía su propia salita de estar, con tumbonas, cojines, una alfombra de alpaca y hasta una mesita.

Solo nos faltaba la cafetera, pero eso podía ser solucionable.

Tris se demoró quince minutos en subir, y no tardé en descubrir por qué. Tenía en sus manos dos tazas, una de té verde para mí y otra de té negro para él. Sin duda, Tristán no era tan inútil como parecía, a primera vista. De cualquier forma, había vivido a solas el tiempo suficiente como para aprender a defenderse.

Y tampoco implicaba tener conocimientos avanzados de cocina para hervir agua, ¿verdad?

–Con permiso –dijo luego de golpear la puerta, quizás con el codo, para que yo la abriera.

Era la primera vez que Tristán entraba en mi habitación, y ello era más bien comprensible, porque nunca había tenido un motivo para subir, excepto, claro, la noche en la que me había dejado dormida en mi cuarto cuando me emborraché. Pero esa no cuenta, porque me acuerdo muy vagamente.

–Bienvenido –le dije y me hice a un lado para permitirle pasar.

Tristán observó mi minimalista habitación con detenimiento y echó un vistazo a mi terraza, bien arreglada con plantas de exteriores, bancas con cojines y otra mesa para cuando me tocaba desayunar sola.

–Tienes un pequeño paraíso escondido aquí, por lo que veo –Tris echó el ojo con curiosidad y alzó la ceja en señal de cómplice sorpresa.

–Se hace lo que se puede.

Tristán dejó las tazas sobre la mesilla de la salita y se echó, descalzo como estaba, sobre la tumbona más grande y cómoda que yo había comprado en un baratillo dos años atrás. Yo me eché frente a él, ya con mi té en la mano.

–Te debo otra disculpa –me dijo enseguida y eso me gustaba de él. No era de los hombres a los que se les caía el miembro antes de decir ‘lo siento’–. Me porté como un idiota la noche del… tú sabes… del beso.

–Yo discrepo –respondí, sorbiendo apenas el té que todavía hervía–. Más bien todo lo contrario. Supiste confortarme con delicadeza.

–Me aproveché de ti –aquella declaración era aventurada. Pero necesaria–. De tu vulnerabilidad.

–Y yo tomé ventaja de la situación –le dije–. Por lo que veo, ambos somos un par de oportunistas.

Tristán sonrió mirando al fondo de su té negro, como si buscase, en él, una respuesta. Finalmente, se animó a seguir hablando.




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