Una musa para dos

46 | El acontecimiento

Tal como había resultado la inauguración de la muestra Coexistencias del pintor capitalino Alekséi Galvés, no puedo más que decir, desde un sincero –aunque un poco forzado– optimismo, que la velada resultó para mí un triunfo personal.

No solo había salido del Museo Nacional con la frente en alto y sin haber sacrificado un ápice de dignidad, sino que, de paso, me había librado de un problema mayor, al haber salido de ahí, ilesa, sin haber puesto mi relación estable de cinco años de duración con mi actual pareja, el también artista capitalino-español Tristán Belfas.

Ya montada en el Uber, mandé un mensaje de texto a Tris, para hacerle saber que, cerca de las nueve y media de la noche estaría en casa. Me respondió únicamente con una carita sorprendida.

–Pensé que te quedarías al after party –me dijo, todavía en su taller y pegado a su computadora, con un besito en la boca y sin levantarse de su silla cuando me acerqué a saludarlo–. ¿Te trató mal ese infeliz?

–Para nada –le dije, acariciándole la cabeza–. De hecho, se portó muy amable, pero estuvo muy ocupado toda la velada, apenas si pudimos conversar.

–Menos mal –Tris volteó, de nuevo, su cabeza en dirección del monitor–. Así me libro de la penosa obligación de preguntarte qué ha sido de la vida de ese pendejo.

–No es necesario que te expreses así de él –no sé qué me pasó. Nunca había defendido a Alekséi de los descalificativos que Tris usaba para con él, cada vez que se colaba en nuestras conversaciones.

–¿Por qué?, ¿te molesta? –Tris volteó a verme desde abajo, con sus anteojos de descanso puestos. Y no tenía una expresión muy amable que digamos, se los aseguro.

–Te recuerdo que es mi amigo –dije. Ya que me había lanzado al abismo por Aleks, sin que este se lo mereciera realmente, había que intentar, al menos, caer de pie, ustedes saben, como los gatos–. Y no me gusta que nadie hable mal de mis amigos.

Tristán sacó los ojos y se bajó a medias los lentes, para que no hubiera ningún obstáculo entre los dos, a la hora de clavarme la mirada.

–Pues espero que cuando “tu amigo” hablara mal de mí también me hubieras defendido con tanta vehemencia.

–Él nunca hizo tal cosa –respondí. Y creo que fui sincera.

Tristán se me quedó viendo como si le hubiera mentado a la madre, más o menos. Soltó una pequeña risita nasal y se volteó, de nuevo, con la mirada clavada en su estúpido monitor de su estúpida computadora de última generación.

–Creo que me quedaré a dormir en el taller esta noche –dijo, sin regresar a ver–. No me esperes.

–¿Tienes mucho trabajo? –pregunté, incapaz de creer lo que me había acabado de pasar.

Tristán no dijo nada verbal. Pero un sonoro suspiro nasal me indicó que no debía tentar más su paciencia y que debía retirarme. Así que lo hice.

Ya en el dintel de la puerta, y con unos cuantos metros de distancia de seguridad entre los dos, me despedí.

–Hasta mañana, Tris.

–Hasta mañana, Galita –esta vez, Tristán sí que regresó a ver, desde su lejano trono de diseñador gráfico–. Y no olvides que te amo.

Le sonreí con languidez. Pero no correspondí su declaración. Cerré la puerta con cuidado y me retiré a mi habitación, que por cierto, desde hace cinco años, se había convertido en nuestra habitación.

Habíamos faltado a nuestro trato de toda la vida: no irnos a dormir enojados. Hasta entonces, habíamos cumplido a cabalidad con esa regla. Pero, al parecer, algún día tendríamos que romperla.

Y ese día parecía ser ese mismo momento.

Luego de refrescarme en el baño, acción que me tomó más de media hora, salí de ahí en dirección a mi cama y, por un instante, esperé que Tris ya se encontrara allí, recostado, tonteando con su Instagram, como siempre.

Pero su lado de la cama seguía vacío.

Así como para no perder la esperanza, me coloqué un camisón de dormir ligero, de esos que le gustaban tanto por la facilidad que tenía para quitármelos, y me acosté en la cama, con un vaso con agua al lado y dispuesta a darle un último vistazo a mi celular, antes de echarme a dormir.

No mentiré cuando les digo que, lo primero que hice, fue buscar en Facebook la página oficial del Museo Nacional, para revisar si había registros de la muestra. Pero, todavía no se había publicado nada.

Entonces, por primera vez en cinco años, hice lo que me había prometido que jamás haría, mientras Tristán fuera mi pareja: busqué el perfil de Alekséi, en Facebook, y entré.

No pude evitar hacer scrolling por sus publicaciones de los últimos cinco años. Y les adelanto que no debí hacerlo. Ejecutar una acción como esa no es más que una caja de Pandora que se abre para dejar salir a todos los males del mundo, que se disparan por tu cabeza en una espiral descendente de curiosidad morbos y masoquismo innecesario.

Pero, igual, lo hice.

Hay que reconocer que Alekséi Galvés maneja sus redes sociales con eficiencia: nada de publicaciones superficiales, mucho menos personales. El perfil de Aleks es la contraparte digital de su personalidad inescrutable: tan solo fotografías de sus obras, hechas ya sea por él o por alguno de sus amigos, o de los personajes retratados en sus pinturas.




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