Una musa para dos

68 | Amigos entrañables

Llegó el día. Mis padres me esperaban ya en el patio principal de la Biblioteca Nacional de La Capital, en cuya Sala Magna se llevaría a cabo la premiación. Se trataba de un edificio del siglo XVIII en donde alguna vez funcionó la primera universidad de América Latina.

Para mantenerme humilde, hice mi travesía desde la casa hacia el centro, como todo mortal, en el metro capitalino. Me bajé en la parada de San Francisco y caminé por escasos cinco minutos hasta mi lugar de destino, acompañada, cómo no, por mi música favorita, escuchada a través de mis audífonos, que son, junto con mi teléfono celular y Spotify, mis más asiduos acompañantes en mis paradójicamente solitarias caminatas por la ciudad.

Decir que oía mi música favorita es un overstatement en toda regla. Desde que Aleks me rompió el corazón me dediqué a hacer un inventario de toda aquella música que me recordara a él –directa o indirectamente– ya fuera porque a él le gustaba o porque sospechaba que le gustaba, porque se trataba de música que estuviera de moda durante nuestros años de juventud, o porque simplemente me resonaba a una u otra escena de la novela que le había dedicado.

En todo caso, la melodía que escuchaba mientras hice la travesía desde la parada del metro hasta la biblioteca era Chamo Candela, de la extinta banda venezolana Daiquirí. A Alekséi le gusta mucho la salsa, ¿saben? En lo que a mí respecta, desde siempre me había parecido música de viejos, pero ya qué. Con los años, he aprendido a valorar cada vez más ese género musical. Madurar es aprender, por fin, a apreciar la salsa. Y hasta a bailarla.

Como sea, no tengo idea de si a Aleks le gustaba Daiquirí o no, pero poco me importaba. En mi cabeza, se trataba de su música favorita y, por tanto, también de la mía.

Llegué sin apenas sudar, porque me cuidé de caminar despacio para poder hacer mis ejercicios de respiración consciente y mindfulness, porque, de lo contrario, bien me hubiera podido dar un patatús por la serie de emociones que me esperarían una vez que cruzara la monumental puerta de acero forjado y cristal custodiada por los dos guardias que daban la bienvenida a los invitados a la premiación en la Biblioteca.

Me correspondió subir unas cuantas escaleras hasta llegar al patio principal junto a la Sala Magna, y a quien primero vi no fue ni a mis padres, ni a mi tía, ni a Sandy, mi mejor amiga, que contaban como los cuatro cupos de invitados que les fueron asignados a los artistas ganadores para el día de la celebración y que se hallaban en un pequeño corro conversando, sino a una pintura de tres cuerpos y de gran formato que retrataba a una escena cotidiana de la Plaza Mayor del centro de La Capital.

No necesité preguntarme quién era su autor, porque por su línea y su estilo y por el manejo del color, supe inmediatamente quién la había pintado.

Faltaban quince minutos para las once de la mañana.

–Te estuvimos esperando desde hace media hora, hijita –esa era mi madre–. Te demoraste demasiado.

–La ceremonia es a las once, mamita –respondí, mientras saludaba a mi familia y a Sandy con un beso en la mejilla.

Pero la verdad es que, tanto mi cabeza como mi par de ojos ya se encontraban, en realidad, en otra parte.

Y esa parte se hallaba, quizás, a unos diez metros de distancia, acompañado por un todavía pequeño niño de no más de nueve o de diez años, que estaba tomado de la mano por quien supuse que sería su abuela, la madre de Alekséi y, por supuesto, el señor Galvés padre, enternado de gris oscuro a la usanza de esos caballeros que ya no se ven, sino en la estampa de hombres de la edad de nuestros antecesores.

Aleks se encontraba de espaldas a mi familia, lo que fue un alivio, y fue un alivio también verlo tan bien vestido: con una preciosa chaqueta grisácea de paño, pantalón oscuro que no pude distinguir con mis gafas de sol si se trataba de negro o azul, calzado a juego y un chaleco concha de vino, que cubría parcialmente una camisa beige clara sin corbata, cómo no, pero que no restaba ni un ápice a su elegancia de artista.

Alekséi hasta se había hecho un clásico corte de pelo corto, nada a la moda, porque mi Aleks desprecia las modas –al igual que yo–, pero que le quedaba de maravilla y, hasta vamos, le quitaba, al menos, unos cinco años de encima.

No pude evitar quedarme imantada a su imagen por un buen tiempo, tanto que mamá se dio cuenta.

–¿Quién es el muchacho? –preguntó, entre inquisitiva y pícara.

–Un buen amigo de la juventud –le dije a madre, porque ella nunca había conocido a Aleks en persona. O, al menos, eso era lo que ella creía.

–Un “amigo entrañable” –corrigió Sandy, con cierta malicia, y guiñó el ojo con complicidad a mi madre, quien entendió la idea que San esperaba transmitir de inmediato.

–¡Ajá! –exclamó madre–. No está nada mal. ¿No piensas ir a saludarlo?

–Nah… –dije, con displicencia–. Que se acerque él cuando me vea.

–¿Y tu amiguito también es artista? –preguntó mi padre, quien como todo papá desconfiaba de todos y cada uno de los “amiguitos” de su hija.

–Es pintor –respondí, enseguida. Y quise desarrollar un poco la idea, pero padre me interrumpió.

–Ah… pero… ¿es famoso, siquiera? –y por “famoso”, en realidad padre se refería a “rico”.




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