Una navidad con el Alfa

Epílogo.

El primer sonido del día es mi propia respiración, pesada y lenta, rompiendo el silencio de una casa que, de repente, se siente demasiado pequeña para todo lo que guardo adentro. No hay magia en despertarse; hay una vejiga llena y el frío de Alaska reclamando su lugar en el suelo de madera. Camino descalza hacia el baño, sintiendo cada crujido del piso como un ancla a la realidad.

Me lavo la cara con agua casi helada. Al levantar la vista al espejo, no veo a la veterinaria pragmática de siempre. Veo a alguien que tiene el reflejo de una noche imposible todavía quemándole las pupilas.

Alden.

Su nombre se siente como un secreto que mi mente no termina de digerir. Me quedo quieta, con las manos apoyadas en la pileta, dejando que los fragmentos de la noche anterior me golpeen. Su voz, grave y raspada por la sinceridad, vuelve a sonar en mi cabeza: “No pensaba contarle esto a nadie más”.

Me seco la cara con lentitud. Anoche, ese hombre imponente se desarmó frente a mí en esta misma cocina. Me contó de los cazadores, de la guerra silenciosa que los obligó a huir, y del miedo que terminó apagando la vida de la madre de Teo. Al recordarlo, me aprieto el pecho. Supe desde el primer día que sus ojos cargaban un peso antiguo, pero escucharlo fue como si me entregara las llaves de su propia celda.

Salgo al living. El sol de la mañana rebota en la nieve afuera. Me detengo ahí. Anoche, Teo se quedó dormido y Alden le cantó una canción con una ternura que me detuvo el corazón Un Alfa. Un guerrero. Pero, antes que nada, un padre.

Camino hacia la cocina y pongo la pava al fuego. Necesito el calor de una taza de té entre mis manos para convencerme de que no estoy loca. Mientras el agua calienta, me quedo mirando por la ventana. El shock que me tenía paralizada estos días empieza a disolverse, dejando paso a algo mucho más vibrante. Ya no estoy triste. Me siento… despierta. Como si hubiera estado viviendo en blanco y negro y, de repente, ellos hubieran traído el color.

Preparo el té y dejó que el vapor me empañe la cara. “Los lobos sienten algo diferente cuando encuentran a la persona correcta”, dijo él. La frase da vueltas en mi mente mientras bebo. Hoy no tengo ganas de huir. Hoy, por primera vez en mi vida, me siento con más energía.

Las horas pasan lentas, en una paz que no conocía. Paso de la contemplación a la acción; amasar galletitas se vuelve mi terapia. La masa elástica bajo mis dedos, el olor a vainilla llenando el aire… todo parece celebrar que hoy es un día distinto. Me cambio con cuidado: un pantalón negro, mi sweater rojo favorito y el pelo suelto. Me miro al espejo y me reconozco feliz. Nerviosa, sí, pero con una chispa en los ojos que me hacía falta.

El celular vibra. Mi papá. “Avísame cuando tomes el avión. Te espero afuera del aeropuerto”.

Suspiro con una mezcla de nostalgia y tristeza. Mañana vuelvo a casa. Extraño a papá, pero sobre todo, necesito ese viaje. Hay una tumba que visitar, un silencio que compartir con quien ya no está. Debo contarle a mamá todo esto, aunque sea frente a una piedra fría. Ella siempre decía que el amor llega de las formas más extrañas, y vaya si tenía razón.

Cuando llegó a su casa, el sol ya se está escondiendo. Son recién las 17:34. Aparco y antes de que pueda apagar el motor, la puerta se abre. Alden aparece bajo el marco de madera. Al verme, su rostro se relaja, como si el simple hecho de que yo estuviera ahí le quitara un peso de encima.

Se acerca al auto y me abre la puerta.

—Hola —me dice, tomándome la mano e inclinándose para dejar un beso en mi mejilla. El roce de su barba y su calor me dejan las piernas flojas.

—Hola —respondo, tratando de que mi voz no me delate. Pero estoy segura que con su súper oído puede escuchar el rápido latir de mi corazón.

Entramos y la casa me recibe con su aroma a pino y hogar.

—¿Teo? —pregunto al no ver al pequeño dando vueltas.

—Afuera —él señala la ventana que da hacia el patio trasero—. Necesitaba correr.

Me acerco al vidrio y veo la sombra oscura saltando entre los montones de nieve. Es Erol, libre, jugando como el niño que es. Mi sonrisa se forma automáticamente. Es un ternurita.

—Va a desgastar toda la nieve

—murmuro divertida, sintiendo a Alden detenerse justo detrás de mí.

—Probablemente —su voz es una vibración baja en mi espalda—. Pero prefiero verlo así. Tranquilo. Y feliz.

Nos quedamos en silencio, contemplando a Teo, hasta que siento como se aclara la garganta y su mano cálida, grande se apoya en mi espalda. Él me guía hacia la mesa. No es una cena cualquiera. Hay velas, un aroma a carne asada que despierta el hambre. ¿Preparo todo esto para mi?

—Wow.. no tengo palabras. Alden..—murmuró mientras tomo asiento con su ayuda.

—Me alegro que te guste —se rasca la nuca nervioso. Que adorable.

Comemos en una calma que me sorprende. Él me observa mucho, no con la mirada analítica de antes, sino con una curiosidad que me hace sonreír entre bocado y bocado.

—Me sorprende que no estés haciendo preguntas —dice él de repente, dejando el cubierto a un lado y mirándome con una chispa de diversión—. Ayer te solté una bomba y hoy… hoy parece que solo te importa que la carne esté en su punto.

Me río y dejo mi copa sobre la mesa, sosteniéndole la mirada.

—Bueno, soy veterinaria, Alden. Estoy acostumbrada a lidiar con criaturas que no hablan y que son mucho más peligrosas que un hombre que cocina de maravilla —le guiño un ojo—. Además, después de lo de anoche, decidí que no quería pasarme la cena analizando tu genética. Quería disfrutar de tu compañía. Aunque… admito que ver a Teo convertido en una "ternurita" ayuda mucho a normalizar las cosas.

Alden suelta una carcajada, una de esas que le nacen del pecho y le iluminan la cara.

—"Ternurita". Si los de mi especie te escucharan decir eso del hijo de un Alfa, no sabrían si reír o exiliarte.




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