Una navidad con el Alfa

Extra: Teo Wilden.

A mí me gusta mucho cuando la casa huele a cosas ricas.

Antes, la cabaña olía solo a leña y a la ropa de papá. Pero ahora, desde que Camila viene seguido, todo es distinto. Ella dice que cocinar es como hacer magia. A veces hace budines con chocolate o tortas que huelen a vainilla. A mí me encanta lo dulce, pero a papá no tanto; él siempre dice que prefiere un trozo de carne. Pero me di cuenta de algo: a papá le gusta mucho cuando Camila está en la cocina. Se queda apoyado en la puerta, con los brazos cruzados, y sonríe mucho. Yo creo que a él le gusta verla ahí, siendo parte de nosotros.

—¿Me dejás probar la masa? —le pido tironeando de su delantal.

Camila se agacha y me da un poquito en una cuchara.

—Solo un poquito, que luego no vas a querer cenar —me dice guiñándome un ojo.

Me gusta que sea así de cariñosa. Pero me acuerdo de que no siempre fue fácil. Me acuerdo del día que me desperté con su grito. Yo estaba en mi cama, todavía transformado, y ella entró a buscarme. Cuando abrí los ojos y la vi temblando, blanca de miedo, sentí un frío muy feo en la panza. Ella se desmayó y yo me puse muy triste. Pensé: "Ya está, la asusté para siempre, ya no va a querer ser mi amiga".

Ese día, cuando despertó y pidió irse, sentí que mi pequeña manada se rompía. Pero Camila es diferente. Ella volvió.

Por eso la Navidad fue el día más feliz de mi vida. Me acuerdo de que nos sentamos los tres en el suelo a abrir los regalos. Papá me compró juguetes nuevos y yo estaba tan emocionado que no podía parar de saltar. Comimos juntos y, por primera vez, no me sentí solo con papá en esta casa tan grande. Esa noche le hice un dibujo especial: estábamos los tres, con árboles y mucha nieve. Se lo di con un poco de vergüenza, pero ella lo guardó como si fuera un tesoro.

—Teo, ¿me ayudás a poner las chispas de chocolate? —me llama ahora.

—¡Sí! —corro hacia ella y me subo a mi banquito.

A veces, cuando se hace tarde y ella tiene que irse a su casa, Erol se pone un poco triste dentro de mí. Pero Camila siempre nos da un beso a los dos y promete volver. Ahora la casa ya no es solo un lugar para esconderse del frío. Ahora es un hogar donde hay dibujos en la heladera, olor a bizcochuelo y una familia que, aunque sea un poco diferente, es la mía.

Y mientras ella siga viniendo y papá siga sonriendo así, yo sé que no tenemos nada que temer.




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