Dicen que los lobos medimos el tiempo en inviernos, pero yo he empezado a medirlo en las veces que Camila se queda dormida en mi pecho. El frío de Alaska sigue ahí, en las noches de deshielo, pero el silencio sepulcral de esta cabaña murió el día que ella decidió que nosotros éramos su hogar.
Hoy el sol se niega a ocultarse temprano y la luz baña el patio trasero. Estoy terminando de barnizar la cabaña pequeña de Teo; la "casa del árbol" que terminó siendo una fortaleza azul en el suelo porque, según Camila, un niño de seis años y un lobo saltarín necesitaban algo más estable.
—¡Alden! Si sigues barnizando eso, el pobre Teo no va a poder entrar hasta el próximo invierno —la voz de Camila llega desde el porche, cargada de esa burla dulce que tanto me gusta.
Me doy la vuelta y la veo. Lleva una de mis camisas de franela, que le queda gigante, y sostiene dos vasos con algo frío.
Me seco el sudor de la frente y sonrío. Mi lobo, Kolt, ese que antes solo sabía gruñir ante los extraños, ahora mueve la cola mentalmente cada vez que ella se acerca.
—Solo quiero que sea perfecta —respondo, dejando el pincel y acercándome a ella—. El pequeño Alfa es un cliente exigente.
—El pequeño Alfa está ahora mismo intentando convencer a un conejo de que jueguen a las escondidas —se ríe ella, entregándome el vaso—. Se parece tanto a ti cuando te pones serio.
La rodeo por la cintura con un brazo, sintiendo el calor de su cuerpo. Seis meses atrás, me aterraba la idea de que ella descubriera nuestra naturaleza. Recuerdo el terror en sus ojos cuando vio a Teo en su cama aquella Navidad, el miedo a que nos abandonara. Ahora, verla aquí, sabiendo que conoce cada uno de nuestros secretos y que aun así nos mira con ese amor infinito, es algo que todavía me cuesta procesar.
—¿En qué piensas? —pregunta ella, apoyando la cabeza en mi hombro.
—En que hace medio año estaba solo, herido en una clínica, y hoy... —miro a Teo, que corre por el linde del bosque en su forma humana, gritando de alegría—. Hoy tengo una familia.
Camila se pone de puntillas y me da un beso rápido, pero lleno de una promesa silenciosa. Su aroma ha reclamado cada rincón de mi vida; ya no huelo el peligro en cada ráfaga de viento, ahora huelo su perfume, el azúcar de los dulces que hornea con Teo y la paz que solo ella sabe darme.
—Lo hiciste bien, Alden —susurra—. Nos encontraste.
No la corrijo, pero la verdad es que ella nos encontró a nosotros. Encontró a un lobo roto y a un niño asustado y les enseñó que no hace falta huir si tienes a alguien por quien volver a casa.
Mientras el sol se pone sobre las montañas de Alaska, entiendo que ser un Alfa ya no significa ser un guerrero solitario. Significa ser el guardián de este pequeño paraíso que construimos entre galletitas, juegos en la nieve y el amor de la mujer que cambió nuestro destino.