Una navidad con el Alfa

Extra: Sorpresa.

Dos años han pasado, y el silencio que antes protegía esta cabaña ha sido reemplazado por algo mucho mejor: el ruido de un hogar. Mi vida ya no es una misión de supervivencia; ahora es una rutina de risas, olores dulces y la paz de saber que, al final del día, Camila siempre vuelve a nosotros.

Hoy es mi cumpleaños, pero parece que yo soy el que menos autoridad tiene en esta casa.

—¡Ni se les ocurra cruzar esa línea! —la voz de Camila sale desde la cocina, firme y divertida.

Teo y yo estamos parados en el pasillo, como dos soldados retirados. Él ya tiene ocho años y me llega casi al hombro, pero en momentos como este, sigue siendo el cachorro curioso que no puede quedarse quieto.

—Solo queremos ayudar, cariño —le digo en voz alta, apoyado en el marco de la puerta.

—¡Mentira! —grita ella, y escucho el sonido de la batidora—. Quieren lamer el bowl de la mezcla y todavía no terminé. ¡Vayan a jugar afuera o a limpiar la nieve, pero de acá no pasan!

Teo me mira y se encoge de hombros con una sonrisa traviesa.

—Papá, hoy está más mandona que de costumbre, ¿no?

—Mejor le hacemos caso, Teo. Sabés que cuando se pone así, es mejor no llevarle la contra.

Nos vamos al living, pero mi olfato no me deja tranquilo. Hace semanas que noto algo diferente en ella. Su aroma a vainilla tiene una nota nueva, algo más denso y cálido que me pone los sentidos alerta. Pensé que era el estrés de la segunda clínica que abrió o los nervios porque su padre viene de visita la semana que viene, pero mi lobo no deja de dar vueltas a su alrededor. Hay una vibración en su pulso que me dice que algo cambió.

—¡Ya pueden entrar! —anuncia Camila después de una hora que se sintió eterna.

Entramos como si nos hubieran dado permiso para entrar a un tesoro. La cocina huele a chocolate y hogar. Sobre la mesa hay un pastel alto, decorado con cuidado, pero lo que me detiene el corazón es lo que dice arriba, escrito con crema blanca:

"Cachorro en camino"

Me quedo mudo. El aire desaparece de mis pulmones. Miro el pastel y después la miro a ella, que está secándose las manos en el delantal con los ojos brillando de una forma que nunca había visto. Todo encaja: el cambio en su olor, el cansancio, la forma en que rechazaba el café por las mañanas.

—¿Es... de verdad? —mi voz sale ronca, vibrando de pura emoción.

—De verdad —responde ella, acercándose para refugiarse en mis brazos—. Tu nariz de lobo ya lo sentía, ¿no?

Teo se queda mirando el pastel un segundo, procesando las palabras, y de repente pega un salto que casi llega al techo.

—¡¿Un cachorro?! ¡¿Voy a tener un hermano?! ¡Camila, decime que sí!

—Sí, Teo —dice ella riendo, mientras mi hijo nos abraza a los dos por la cintura—. Vas a ser el mejor hermano mayor.

Rodeo a los dos con mis brazos, sintiendo una plenitud que me desborda. Hace dos años, yo era un lobo herido que solo esperaba el final. Hoy, miro a mi hijo y a la mujer que me devolvió la vida, y sé que mi manada no solo está a salvo, sino que está creciendo.

—Es el mejor regalo de mi vida —le susurro al oído, inhalando su nuevo aroma, el aroma de nuestro futuro—. Gracias por elegirnos cada día.

—Gracias a ustedes por ser mi hogar —responde ella.

No puedo evitarlo más. La tomo de las mejillas, ignorando que todavía tiene un poco de harina en la frente, y la beso con una intensidad que lo dice todo. Es un beso que sabe a gratitud, a alivio y a la promesa de una vida entera protegiéndola. Ella se aferra a mis hombros y me devuelve el beso con la misma fuerza, recordándome que, aunque yo sea el Alfa, ella es el corazón que nos mantiene en pie.

Teo suelta un "¡Puaj, otra vez!"

Me separo apenas unos milímetros de sus labios, manteniendo nuestras frentes unidas. El calor de su cuerpo y la alegría explosiva de mi hijo son mi única realidad. Hace dos años, yo era un lobo herido que solo esperaba el final en medio de la nieve. Hoy, bajo este techo y con esta mujer en mis brazos, entiendo que Alaska no me dio un escondite, me dio un destino.

—Te amo, veterinaria —le susurro, sabiendo que mi lobo por fin ha encon

trado su paz definitiva.

—Y yo a ti, mi Alfa.




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