Una navidad con el Alfa

Extra: San Valentín

El 14 de febrero en Fairbanks no era solo una fecha comercial; para los Wilde, era el aniversario de la paz que habían encontrado. Sin embargo, este año, el ambiente en la cabaña estaba cargado de una electricidad diferente. El aire vibraba con la anticipación del nuevo integrante.

Camila intentó levantarse del sofá, pero una mano firme y cálida se posó en su hombro, obligándola a quedarse sentada.

—Ni se te ocurra, Cam —gruñó Alden. No era un gruñido de enfado, sino ese sonido profundo y posesivo que su lobo emitía cada vez más seguido desde que ella entró en el noveno mes.

—Alden, solo iba por un vaso de agua. No estoy inválida —protestó ella, aunque una sonrisa delataba que le encantaba ese exceso de atención.

Alden la ignoró soberanamente. Fue a la cocina, le sirvió el agua y regresó en un par de segundos, moviéndose con esa gracia felina y poderosa que lo caracterizaba. Se arrodilló frente a ella, colocando una mano sobre la enorme panza que transformaba la silueta de Camila.

—Estás a días, o quizás horas —susurró él, y sus ojos grises brillaron con una intensidad protectora que casi quemaba—. El cachorro está inquieto. Mi lobo no me deja estar a más de dos metros de ti sin ponerse nervioso.

A sus 9 años, Teo entró en la sala cargando una caja llena de guirnaldas rojas y corazones de madera que él mismo había lijado. Ya no era el niño pequeño que Camila curó de un resfriado años atrás; sus facciones se estaban afilando, anunciando al fuerte hombre lobo en el que se convertiría.

—¡Papá, deja de asfixiarla! —bromeó Teo, aunque él mismo se acercó y dejó un beso rápido en la mejilla de Camila—. Hoy es el Día del Amor, no el "Día de vigilar a mamá".

La palabra "Mamá" resonó en los oídos de Camila, haciéndole un nudo en la garganta. Debido a las hormonas del embarazo, sus emociones estaban a flor de piel. Su mente viajó a aquel verano, un año después de conocerse, cuando Teo se había raspado la rodilla corriendo por el bosque y, entre lágrimas, la llamó así por primera vez. Recordó la calidez que sintió en el pecho, el momento exacto en que dejó de ser "la veterinaria que los salvó" para ser el corazón de su hogar.

—¿Estás llorando? —Alden se tensó al instante, poniéndose en alerta máxima. Sus ojos escaneándola.

—Son las hormonas, Alfa posesivo —rio ella entre lágrimas, acariciando el rostro de su marido—. Solo pensaba en lo afortunada que soy. Teo, ven aquí.

El niño se unió al abrazo. En ese momento, la cabaña no era solo un refugio contra el frío de Alaska, sino el epicentro de un amor que había sobrevivido a cazadores, plata y soledad. Estaban terminando de colgar los adornos, celebrando no solo el amor de pareja, sino la unión inquebrantable de su manada.

—¿Decidieron el nombre? —preguntó Teo con curiosidad, mirando el vientre de Camila.

Camila miró a Alden. Habían hablado de esto durante meses. Querían algo que honrara su pasado y su milagro.

—Se llamará Asher —dijo Camila suavemente—. Significa "afortunado" o "bendecido". Porque eso es lo que somos desde que nuestras vidas se cruzaron en aquella tormenta.

De pronto, el ambiente cambió. Camila sintió una presión aguda y descendente, como si una banda de acero se apretara alrededor de su cintura. El vaso de agua se resbaló de su mano, impactando contra el suelo de madera.

—¿Cam? —La voz de Alden bajó una octava, volviéndose puramente instintiva. Se puso de pie en un movimiento fluido, su lado lobuno tomando el control.

—Alden... —ella jadeó, aferrándose a sus brazos de acero—. Creo que Asher decidió que el Día del Amor es un excelente momento para nacer.

Un fluido cálido mojó sus piernas. La fuente se había roto.

La reacción de Alden fue inmediata. En un segundo, la tomó en brazos como si no pesara nada, cargándola hacia la habitación mientras le daba órdenes a su hijo con la autoridad de un Alfa.

—¡Teo, busca las mantas limpias y calienta el agua! ¡Ahora!

Teo no dudó; se movió con la eficiencia que Alden le había enseñado. A pesar del caos del momento, Camila miró a los dos hombres de su vida. El miedo que sintió la primera vez que vio a Alden herido en su clínica se había transformado en una confianza absoluta.

—Respira, Cam. Estoy aquí. No voy a soltarte —gruñó Alden cerca de su oído, su aroma a bosque y protección envolviéndola mientras las contracciones se volvían más fuertes.

Afuera, la nieve de Alaska caía suavemente sobre el paisaje blanco, pero dentro de la cabaña, el calor de una nueva vida estaba a punto de estallar. El regalo de San Valentín de ese año no estaría bajo un árbol ni en una caja: llegaría en forma de un primer llanto, completando para siempre la manada de los Wilde.




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