Capítulo 1 –
Jamás imaginé que la parte más complicada de volver con Liam no sería enfrentarnos a nuestro pasado, ni sobrevivir a la loca aplicación que prácticamente nos obligó a salir juntos otra vez.
No.
Lo realmente difícil era esto:
—Liam… ¿por qué el árbol está torcido como si hubiera pasado por un huracán? —pregunté, con los brazos cruzados.
El árbol —nuestro primer árbol navideño juntos— estaba inclinado hacia la derecha con una dignidad bastante dudosa. Como si estuviera cansado de la vida y quisiera recostarse un momento.
Liam lo observó con expresión analítica, como si fuera un crítico de arte observando una obra que le daba vergüenza admitir que no entendía.
—No está torcido —dijo, muy convencido de su mentira—. Está inclinado con estilo.
—¿Estilo Grinch después de tres cafés?
—Emma, nadie puede manejar tanto café. Ni siquiera el Grinch —replicó, intentando enderezarlo sin éxito. Ahora el árbol parecía inclinarse hacia la izquierda. Un equilibrio perfecto… si buscabas que se cayera.
Suspiré y me froté las sienes. Era nuestra primera Navidad juntos oficialmente, y yo quería que todo fuese medianamente decente.
Un detalle insignificante si no fuera por un pequeño dato:
Nuestros padres llegaban en menos de 24 horas.
Veinticuatro.
Horas.
Y no podíamos recibirlos con el árbol suicidándose en el medio de la sala.
—Liam —dije lo más pacientemente posible—. Tú y yo sabemos que mi madre cree que soy una adulta funcional. Solo necesito que esa ilusión dure al menos diez minutos después de que entre por la puerta.
Liam frunció el ceño y apoyó las manos en la cintura.
—Tu madre me mira como si fuera sospechoso de un crimen.
—Te mira como quien evalúa el potencial de desastre de alguien. Como si dijera “¿volverá a lastimar a mi hija o solo va a quemar la cena?” —respondí.
—Muy alentador —bufó.
—No te preocupes. Tu papá me mira como si fuera una candidata a entrevista laboral que no estudió el día antes. Así estamos parejos.
Liam soltó una risa suave, de esas que me derriten un poquito por dentro.
—¿Y si cancelamos la Navidad? —propuso con cara de esperanza infantil.
—No podemos cancelar la navidad señor Grinch—respondí—. Además, necesitamos practicar la cena.
La sonrisa de Liam murió lentamente.
Muy lentamente.
—¿Practicar…? —repitió, como si hubiera dicho “sacrificar un cordero”.
—Sí. Practicar. Pavo, puré, ensalada, galletas. Todo.
—Emma, la última vez que cocinamos juntos casi quemé la carne incluso con extintor a mano.
—Lo sé. Y ahora imagina a mi madre presenciando eso —respondí, arqueando una ceja.
Su cara fue un poema.
La práctica culinaria comenzó con el pavo, ese monstruo helado de cinco kilos que Liam levantó como si fuera un meteorito recién caído del espacio.
—Emma, esto pesa como un bebé gigante con abdominales —se quejó.
—Es un pavo normal —respondí.
—No. Es un desperdicio de gimnasio —refutó.
Lo puso sobre la encimera con exagerado dramatismo, como si fuera a saltarle encima en cualquier momento.
—¿Qué hacemos con esto? —preguntó.
—Primero, descongelarlo —dije—. Pero despacio.
—¿Y si lo ponemos en el microondas?
—¡NO! —Grité tan fuerte que casi se cae el árbol otra vez—. ¿Quieres terminar comiendo un pavo crudo por dentro y quemado por fuera? ¿O intoxicarnos a todos?
Liam levantó las manos en señal de rendición.
—Solo preguntaba…
—Pues deja de preguntar cosas que me hacen temer por la salud pública.
Él soltó una risa culpable y adorable.
Y yo, por supuesto, cedí a la sonrisa también. Porque así era Liam: capaz de derretir el estrés con un gesto idiota.
Mientras el pavo descongelaba, pasamos a las galletas navideñas, a pesar de que Liam insistió en que aún había tiempo para fingir un apagón total del edificio.
Preparé la masa con paciencia.
Liam, por su parte, agarró un molde de estrella como si fuera un arma.
La primera galleta salió en forma de estrella mutante.
La segunda parecía un dinosaurio deformado.
La tercera directamente parecía un continente perdido.
Yo observé todo en silencio mientras él, con defensiva dignidad, decía:
—Son estrellas abstractas.
—Parecen países inventados —respondí, sin poder contener la risa.
—Arte moderno —declaró con solemnidad.
Y entonces me reí con fuerza, porque sí… así era él.
Y así éramos nosotros: un desastre funcional.
Mientras las galletas horneaban (o sufrían), volvimos al árbol.
Liam sostuvo el tronco.
Yo ajusté la base.
Por un momento pensé: Por fin, algo nos sale bien.
JAJAJA.
CRACK.
El árbol se inclinó.
Se tambaleó.
Y me cayó encima como si quisiera abrazarme violentamente.
—¡EMMA! —Liam corrió y lo levantó—. ¿Estás bien?
Asomé un dedo entre las ramas.
—Creo que sigo viva…
Me ayudó a levantarme, sacudiéndome esferas y un pedazo de escarcha del cabello.
—Esto es una señal —dijo él, completamente serio—. La Navidad nos está diciendo que paremos.
—Nos está diciendo que vamos atrasados —corregí—. ¡Solo quedan 19 horas, Liam!
Su cara palideció como si hubiera visto un fantasma.
El horno sonó.
Abrimos la puerta.
Las galletas…
Bueno.
Digamos que podrían servir como armas contundentes si nos atacaban.
—Están crujientes —dijo Liam, intentando rescatar su dignidad.
—Crujientes es amable —respondí—. Parecen meteoritos.
Nos sentamos en el suelo, exhaustos, derrotados y cubiertos de harina, escarcha y estrés existencial.
Y entonces…
Empecé a reír.
Liam me miró un segundo y comenzó a reír también, como si la locura fuera contagiosa.
—Esto será un desastre, ¿cierto? —preguntó, con esa sonrisa que me derrite la paciencia y el corazón.