Una navidad en Reus

Capítulo primero

ESCRIBE VÍCTOR



La gélida brisa mecía por un, cálido en contraste, entorno a un diminuto copo de nieve.

Subía a y bajaba, revoloteaba sobre sí mismo mientras recorría los escaparates de docenas de tiendas de variopinta naturaleza.

La música que acompasaba el trayecto era puramente navideña, con ese núcleo instrumental que siempre enriquece el alma de lo artístico.

El copo de nieve parecía tener la firme intención de no interrumpir su avance, pues sorteaba en sorprendentes y elípticas trayectorias a los transeúntes que, abrazados y sonrientes, paseaban esa noche por las calles de Nunca Jamás.

Una figura encapuchada ataviada con una sudadera gris se encontraba detenida frente a uno de los escaparates. En él un conjunto de objetos trataban de llamar con su disposición la atención de los siempre consumidores clientes en esas fechas.

 

El misterioso sujeto, al que el tráfico de la calle tenía que sortear en su avance por la amplia acera, se llamaba Joel.

Su mirada estaba fija en un punto concreto de una vía de tren.

Igual que el entorno que le rodeaba, dicho raíl también estaba cubierto de nieve, lo que ésta era artificial.

Pronto el sonido, ahogado por el cristal del escaparate, de una locomotora descubrió emergiendo de un túnel en miniatura un pequeño tren de juguete que surcó el punto donde Joel parecía concentrar toda su atención.

En ese momento el copo de nieve viajero encontró su destino, estrellándose en un casi inapreciable instante contra la mejilla desnuda de Joel.

Eso le sacó de sus pensamientos.

Desviando de un modo aparentemente aleatorio su vista a las clásicas figuras que, en forma de bola navideña que al ser sacudida orquestra un concierto de nieve sobre maravillosos entornos, exhaló una nubecilla de vapor mientras frotaba sus manos enguantadas.

Eran las fechas previas a Navidad.

Esa época tan especial para él, que su lugar mental por excelencia, la siempre en paz Taberna, gozaba cada año durante aquellos días de todo un entorno para incrementar si cabe la complejidad y satisfacción de los ejercicios de reflexión de los que tanto disfrutaba.

Le divertía ver la ilusión que desprendían los rostros de los niños y niñas que, abrigados con sus coloridos gorros y jerseys tejidos por sus abuelitas, iban de la mano de sus padres o hermanos en busca de nada en especial.

Y de tanto a la vez.

Las luces de ese año en la calle principal de Nunca Jamás habían sido escogidas con mimo.

Tanto que incluso los adultos no podían resistirse a verse asaltados por el eco de su propia ilusión, en ciertos casos anclada en un pasado tan lejano que su mera evocación les sorprendía visiblemente.

Para Joel nada de aquello era sorprendente.

Simplemente lo disfrutaba al máximo, como cada año.

Recordando con mucho cariño lo que aconteció no muy atrás en la Taberna por Halloween, de pronto tuvo la imperiosa necesidad de saber cómo habría decorado la taberna ese año el camarero.

Dejó escapar una última sonrisa a la nieve que caía en todas direcciones del cielo y a largos y resueltos pasos emprendió un rumbo a ese lugar que tan de memoria conocía y que, no obstante, tantas sorpresas siempre parecía albergar.
 

 

 

ESCRIBE BEATRIZ

 

Se despertó dando un respingo. El aroma a suavizante de las sábanas le dio la bienvenida y recordó las luces intensas de la locomotora que la había arrollado en sueños. Parpadeó un par de veces con fuerza y perdió la mirada en la ventana. La oscuridad se asomaba descarada, interrumpida únicamente por los farolillos que iluminaban el sucio callejón y por las luces de Navidad del balcón de enfrente. Los pequeños destellos de colores brillaban entre las pocas posesiones que tenía: algunos libros, un par de máscaras venecianas que le regaló su madre y un cuadro de un gato feísimo que jugaba con una madeja de lana rosa. Le encantaba aquél gato feo y solo. Inspiró con fuerza por la nariz y el familiar aroma a plato del día la situó en el tiempo y el espacio: "Estoy en mi piso, son las siete de la tarde".

Trabajar de noche suponía un descontrol en su cuerpo y en su mente, trabajar en lo que trabajaba todavía más.

Se desperezó. Todavía en braguitas agarró las sábanas de flores de una esquina y las arrancó de la cama, doblándolas con cuidado y guardándolas en el armario del fondo. Después cogió unas blancas algo gastadas e hizo la cama con desgana. Todavía no había dado las luces del piso cuando empezó a vestirse para ir a trabajar. Estaba acostumbrada a moverse en la oscuridad, como el gato feo y solo. Estaba acostumbrada a parecer que se divertía con una madeja de lana para los inexpertos ojos de un pintor barato.



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En el texto hay: amistad, taberna

Editado: 19.12.2018

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