Una navidad en Reus

Capítulo segundo

ESCRIBE VÍCTOR




Joel, primero asustado, luego perplejo, luego sintiendo como el sudor frío de sus tensas manos se aferraba a la cubierta de su libreta oculta en el bolsillo derecho de su chaqueta, respiró hondo.

 

Una nueva batalla, quizá la más cruda de las guerras que se le habían presentado, fue evocada por el lejano trueno de las montañas de Prades.

 

Esta vez, tal era su magnitud, la taberna no sería refugio suficiente.

 

De modo que decidió abrir sus puertas, darla a conocer, para que todo Reus pudiese refugiarse de la tormenta que se avecinaba.

 

– Que solo es lluvia, macho. – Resolución sonreía encendiéndose un Marlboro.

 

– Igual ni pasa por aquí, Joel – Dijo Experiencia.

 

Definitivamente se había vuelto loco.

 

La esquizofrenia se quedaba corta con aquello.

 

– No vayas a tirar la libreta, ¿Eh? – Ilusión sonreía con su gorrito lila todo nevado, acariciando el contorno de la mano libre de Joel.

 

Resuelto, los silencio a todos y se dispuso a invitar a la taberna del único modo posible a la mayor cantidad de población.

 

Tenía que encender su farolillo, todos los farolillos del mundo.

 

Vio entonces una elegante cafetería de metal y cristal, y aunque el café era un poco caro lo pagó con gusto.

 

Sacó su móvil inteligente de última generación y se puso a trabajar...
 

 



ESCRIBE BEATRIZ




Dafne daba saltitos delante de la taberna mientras apuraba el cigarrillo fino y mentolado. El frío se le colaba entre los dedos en una espiral ascendente hasta la nuca y los escalofríos la hacían bailar a pasitos cortos y descoordinados. Cada bocanada de humo sabía a menta, nicotina y nieve. Se miró las manos enrojecidas y se percató de lo ridículo de su adicción, que la obligaba a morirse de frío en la calle con tal de llenarse los pulmones de puro veneno. La última calada la hizo toser y, asqueada, lanzó la colilla lo más lejos posible, yendo a parar ésta a una pequeña placa de hielo sucia y amarillenta.

 

Se frotó las manos con fuerza y abrió la puerta de la taberna. En aquél instante, una bruma cálida que salía del interior le besó las mejillas carmín y sintió el abrazo de todos los que, en algún momento, habían pasado por allí. No pudo evitar gemir un poquito, dejando escapar el aire con un aullido casi imperceptible que sólo atrajo la atención del hombre tras la barra que se apresuró a saludarla asintiendo con la cabeza.

 

La taberna estaba prácticamente vacía: dos amantes se cogían de las manos mientras jugueteaban con los pies, confiando en el anonimato y lanzándose pecados al oído en una de las mesas del fondo; y un hombre joven, con la cabeza cubierta con una capucha negra escribía con intensidad en su teléfono móvil.

 

Dafne se metió la mano en el bolsillo y descubrió un billete de 20 euros, tal vez lo único que se llevó de propina tras invertir todo lo ahorrado en clases de interpretación. Estaba arrugado y sucio, como su anterior propietario, pero lo puso orgullosa encima de la barra y pidió un café largo mientras miraba de reojo al hombre de negro que ni siquiera se había percatado de su llegada.

 

Aquello era raro, a pesar de no ir con el uniforme de trabajo, era común que los hombres se fijaran en ella, imaginando toda clase de escenas sucias y ordinarias que Dafne había aprendido a adivinar al instante. Aquello le gustó, así que se sentó cerca del joven, dejando un taburete como espacio de seguridad. Si algo había aprendido, es que una no podía fiarse de nadie.

 

- ¡Joder, qué frío! – dijo Dafne tratando de romper el hielo – puede que haya una tormenta.

 

El joven dejó de golpe su teléfono y la miró fijamente con los ojos muy abiertos. Parecía fuera de sí, pero su emoción se contuvo con un pequeño parpadeo y los nudillos blancos y apretados de su mano derecha.



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En el texto hay: amistad, taberna

Editado: 19.12.2018

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