Emily había decidido que era un buen momento para tragarse el orgullo. Más bien, sus tripas habían tomado la decisión por ella. Como todo en su vida, su cuerpo era un traidor y nunca cooperaba con ella. Tomaba sus propias decisiones sin tener en cuenta en modo alguno los deseos de Emily.
Mrs Dramas como la llamaba su vecina. Aquélla buena mujer era lo mejor que le había pasado en la vida. Un soplo de bondad y ternura, algo de lo que ella jamás disfrutó.
No quería caer de nuevo en aquel remolino de dolor. Necesitaba la mente fría y pensar en aquella buena mujer que solo fue una ayuda para ella, era sufrir un dolor desgarrador. Porque dio su vida por ella. Como haría una madre.
Se levanto de la mecedora y se encamino a la cocina. No quería invadir más de lo necesario. No podía morirse de hambre por orgullo y quizás, solo un quizás chiquitito, debía admitir que se había restregado cual gata en celo sobre el cuerpo de aquel hombre. En su defensa, debía admitir que pedazo de cuerpo y de hombre. Si lo vendieran bajo demanda se forraria. Era cálido, fuerte pero suave y con todo aquél músculo imposible, sorprendemente comodo. Nunca en sus 28 años de vida había dormido tan bien como entre esos brazos.
Al cruzar el pasillo, vio la luz del despacho encendida bajo la rendija de la puerta y decidió no molestarlo. En ese instante tomo la decisión de pedirle disculpas y hacer algo bueno por él. Cocinaría la cena.
Pero como tomar decisiones, mucho más de forma impulsiva, no era su fuerte. Aquello no iba a ser coser y cantar.
Encontro que esa cocina estaba bien abastecida. No recordaba haber visto tanta comida junta fuera de un supermercado. Para alguien que había tenido que sobrevivir con una comida diaria desde niña, incluso compartirla, aquello era algo abrumador. Todo para una única persona le parecia una locura.
La cocina nunca fue lo suyo, así que tampoco iba a volverse loca haciendo platos grandiosos porque no sabía y no le gustaba. La Sra Alman intentó enseñarle varias veces pero siempre terminaba mal, nunca se enfado pero Emily se sentía hundida y como un fracaso. Así que se decidio por una sopa de lata y un pollo frito.
Saco los ingredientes y leyó las instrucciones. Calentar y servir. Simple y sencillo como ella necesitaba.
Busco entre los armarios hasta encontrar un cazo, puso los tres dedos de agua que indicaba y lo puso en el quemador del fogón.
Aquella cocina era con gas, así que ahí encontro el primer problema con el que se cruzo. Había visto cocinas con gas antes, la mayoría de los restaurantes en los que trabajo las usaban pero jamás las encendio. Sabía que necesitaba una cerilla o un mechero para prender el fuego. Encontro una caja de cerillas en un lateral y las uso para encenderlo, necesito 6 cerillas y un olor a gas importante. Pero lo consiguió y se sintio bien con eso.
De pronto noto una presencia, cerca, como si presintiera el peligro y apoyo la cabeza en su pierna. Emily no pudo evitar acuclillarse para acariciar aquel enorme perro tan bonito. Siempre tuvo debilidad por los animales, parecía que eran los únicos seres que la toleraban y nunca le hacían daño. El perro solo con su presencia la reconfortaba.
Puso lata dentro del cazo con agua y la dejo allí calentando mientras se centraba en el pollo.
-Sabes grandote, eres un perro muy hermoso y seguro que tienes a todas las perras en kilometros a la redonda enamoradas. Con lo bonito que eres, seguro que eres un Don Juan- a mi mente vino la imagen de otro hombre atractivo y fuerte muy gruñon que tambien imaginaba que no tendría problemas para tener mujeres alrededor.
Mientras cortaba el pollo en tiras y lo empanaba, iba hablando con el animal. Emily siempre había estado sola así que pronto aprendio a llenar los silencios con charlas. Cuando el silencio solo sirve para dejar claros los abusos, hablar en voz alta sirve para enmascarar aquellos sonidos que no quieres ni puedes evitar.
Seguía con su tarea, cuando noto que la lata se movia. No sabia si aquello debia ser así. Seguramente sí pero a ella aquello le inquietaba. Bajo el fuego al minímo puesto que aún no había llegado ni a la mitad del tiempo indicado en las instrucciones.
Se agacho buscando una sarten para hacer el pollo cuando un pitido la paralizo, estaba poniéndose en pie cuando un estruendo hizo vibrar toda la casa, o así le pareció.
Fuego.
Líquido rojo ardiendo por todas partes y Emily intentaba entre su dolor apagar el fuego que empezaba a subir por la campana, estaba a punto de echar una olla de agua cuando una enorme mano echo un trapo sobre la llama y así, sin más, todo se apago.
Emily ardía de dolor pero sobretodo de humillación y terror. Casi había quemado la casa. Vio la lata a unos pasos de ella, parecia que hubieran hecho diana con ella. De forma inconsciente se agacho para recogerla del suelo y tirarla pero en cuanto sus dedos la rozaron un grito salio desde dentro dejandola caer de nuevo.
Algo dentro de ella se rompio. Cayo al suelo cual muñeca de trapo y unos sollozos la desgarraron por dentro. Todo lo vivido. Todo el miedo. El dolor. La incomprensión estalló en ese mismo instante. Frente a un hombre que seguramente estaba a escasos segundos de tirarla a la calle como la basura que se sentía.
Tantos años luchando por demostrar que no era lo que siempre le han hecho creer para darse cuenta que igual sí lo era. No merecia vivir. Malgastar el oxígeno del mundo con su asquerosa respiración como decía su madre de acogida.
No había llorado en años, desde que le enseñaron la lección en una de sus primeras casas de acogida.
Ahora, no podía parar.
-¿Estas herida?- oía una voz de fondo pero se negaba alzar la cabeza. No podía.
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Editado: 16.08.2026