Capítulo 30
Grace
Cuando llegué a la acera, el coche de Ethan ya doblaba la esquina. Entonces regresé de prisa al apartamento, tomé la llave de mi nuevo carro, cerré mi casa y volví a salir.
Conduje llena de angustia rumbo a la mansión. Aún era temprano, por lo que tenía tiempo de hablar con él antes de llevar a las niñas a la escuela.
* * *
—Buen día, señora Hensley. ¿Está el señor Beckett en casa? –inquirí preguntando lo obvio.
—Hola, Grace –me respondió cariñosamente el ama de llaves–. Llegó hace un momento y se encerró en su despacho.
—Iré a hablar con él y luego despertaré a las niñas –le informé, y me dirigí directo a su despacho.
Tras golpear suavemente la puerta, entré.
Él volteó con gesto furioso, que suavizó de inmediato al verme, y, dejando sobre su escritorio el móvil que tenía en la mano, vino a mí y me envolvió con fuerza entre sus brazos.
—Intentaré solucionarlo –musitó en mi oído.
Luego se apartó lo suficiente como para acariciar mi rostro, en tanto me miraba con una mezcla de adoración y tristeza.
—Sólo espero no haber arruinado demasiado tu vida.
—Tú no puedes arruinar mi vida, Ethan, aunque te lo propongas. Eres demasiado noble para eso. Déjalos que hablen.
—Si fuera tan simple, los dejaría, pero estoy seguro de que traerá consecuencias. Acabo de hablar con mi abogado para presentar una demanda al canal, aunque el daño ya está hecho.
—No seas dramático, no es para tanto, tú sólo ocúpate de tu vida y de nosotros –susurré buscando sus labios.
Él me besó y luego me sonrió con tristeza.
—¿Y si tienen razón? ¿Y si de verdad eres muy joven para mí? ¿Y si de verdad te sientes condicionada por…?
—¡¡¡Ya!!! –lo interrumpí montando en cólera–. ¡Deja de decir estupideces! ¡Para empezar no soy una niña, soy una mujer, y si no puedes verme de esa manera es mejor que me dejes! Y para continuar… –dije bajando la voz pero aún con enfado– ¡ya no trabajo para ti, por si lo olvidaste!
»¡Voy a despertar a las niñas! –agregué al cabo, girando para marcharme.
—¡Aguarda! –dijo él tomando mi mano para detenerme.
Se acercó a mí, dejó un beso suave en mis labios y me soltó.
* * *
Tras dejar a las niñas en la escuela, me fui a la Oficina de Registros Académicos de la Universidad para solicitar una Carta de finalización de estudios; le hice unas cuantas copias, luego fui a mi apartamento y me senté a elaborar una lista de las escuelas que recorrería a partir del día siguiente.
Mis ahorros ya se estaban terminando y necesitaba conseguir pronto un trabajo o de lo contrario no podría pagar la renta y terminaría durmiendo en la calle. Molestar a mi madre no era opción, ella ya había hecho mucho por mí y era tiempo de que recuperara su independencia, por lo que debía arreglármelas sola. Pero ese lunes, con los nervios a flor de piel -que Ethan había logrado contagiarme-, no tenía la suficiente lucidez para presentarme en las escuelas.
Era consciente de que debía recuperarme pronto, de lo que no era consciente en ese momento, era de lo difícil que iban a ser nuestras vidas, porque si bien yo no era nadie, Ethan era una figura destacada en la sociedad de Flagstaff, y no lo iban a dejar en paz tan fácilmente.
* * *
—No iré esta noche, amor –dijo Ethan, pasadas las ocho, desde el otro lado de la línea–. Sólo déjame oír tu voz.
—¿Por qué no vendrás?
—Deben estar vigilando tu casa y te meteré en más problemas.
Corté la llamada, tomé mis llaves y bajé en busca de mi carro.
Conduje a toda prisa rumbo a la mansión. El portón de acceso ya estaba cerrado por la hora, pero yo aún conservaba la tarjeta, por lo que la apoyé en el lector y, en cuanto el portón se abrió, rodeé la fuente del jardín frontal y aparqué enfrente de la puerta principal.
Recién entonces volví a tomar mi móvil y le escribí un mensaje.
—Estoy afuera.
Cinco minutos después la puerta se abría silenciosa y la figura de Ethan se recortaba en la entrada.
Bajé de prisa, subí las escalinatas y me entregué a su abrazo. Luego, en silencio, él me condujo por las escaleras en penumbra hasta su cuarto.
Una vez adentro volvió a abrazarme y esta vez nos fundimos en un beso ansioso y cargado de angustia.
Nos dormimos vestidos y abrazados, y no es porque la proximidad de nuestros cuerpos no despertara la pasión, sino porque ésta se sentía derrotada por la angustia.
* * *
Ethan
Me despertaron los golpes en la puerta de mi cuarto. Salté de la cama, cubrí a Grace con el edredón y abrí.
—¿Grace está aquí? –preguntó Noah con tono molesto.
—¿Por qué lo preguntas?