Una Niñera para Tres

CAPÍTULO 34

Capítulo 34

Grace

La visión se hacía borrosa mientras conducía hacia la mansión de los Beckett. No había niebla, sólo mis lágrimas que no dejaban de correr. Necesitaba los brazos de Ethan, sólo eso: el refugio de su abrazo.

El amor me había hecho débil. En otro tiempo habría enfrentado sin más a un abusador como John Blackwell, pero esa noche me sentí vulnerable, mancillada e histérica.

Al llegar sequé torpemente mi rostro, apoyé la tarjeta en el lector para que se abriera el portón, e ingresé a los jardines. En cuanto aparqué le envié el mensaje.

—Estoy afuera.

A los pocos minutos la figura de Ethan se recortó en la puerta; entonces descendí de prisa del carro y corrí a sus brazos.

—¿Qué ocurrió? –me preguntó quedo, apretándome contra su pecho.

No respondí, solamente lloré.

—Ven –me dijo con ternura empujándome suavemente hacia adentro de la casa y guiándome hasta la cocina.

»¿Vas a decirme qué sucedió? –volvió a preguntar tendiéndome un vaso con agua.

Negué con la cabeza, en silencio. Él aguardó con paciencia, sin dejar de observarme.

Cuando dejé el vaso sobre la mesa y volví a buscar el refugio de sus brazos, entonces habló.

—Escucha, Grace –musitó sin soltarme–, no podemos seguir así.

Me aparté, alarmada.

—Sólo sé que debías estar trabajando –continuó sin levantar la voz– y estás aquí, en mis brazos, llorando. No eres sincera conmigo.

—Es que… no quiero sumarte preocupaciones.

—¿Qué somos tú y yo, entonces? No me haces partícipe de tu vida, en lugar de permitirme que te cuide, me cuidas tú como si yo fuera de cristal y no me permites traspasar el círculo de tu privacidad. Me niegas el permiso a acercarme demasiado.

Esquivé su mirada y busqué una silla donde derrumbarme.

Él se sentó frente a mí, dispuesto a no abandonar el tema.

—¿Lo único que compartimos es el lecho? ¿Lo único que nos une es el sexo, Grace? Porque no es sólo eso lo que quiero de ti. Quiero compartir mi vida contigo pero siento que no me dejas entrar a la tuya.

Cerré los ojos e inspiré hondo. Este hombre maravilloso no podía tener más razón. Tenía tanto miedo de volverme dependiente de él, que le ocultaba mis problemas creyendo que yo podría con todo.

Claro que tenía mis motivos. Toda mi vida había visto a mi madre resolver todas las dificultades sola -las suyas y las mías-. Cuando crecí y me independicé, teniendo un novio egoísta e inútil como Eric, seguí el camino que le había visto recorrer a ella. Pero la presencia de Ethan en mi vida era algo tan rotundamente diferente, que no lograba adaptarme.

En ese momento en que él abría su corazón y revelaba con tanta nobleza sus sentimientos y sus intenciones, decidí que, al menos, debía intentarlo.

—Son muchas cosas –comencé, lento y bajo, tratando de ordenar mis ideas–. En las escuelas no me fue bien. Algunas recibieron mis papeles, otras no, pero todas me dijeron que prefieren docentes con perfil bajo, que no estén envueltos en un escándalo mediático.

—Lo sospechaba –dijo él, molesto.

—Por eso hablé a la Agencia de Niñeras

»Además… le envié a mi madre mi documentación para que me busque trabajo en las escuelas de Sedona.

—¡¿En Sedona?! ¡¿Piensas dejarme, Grace?! ¡¿Y no pensabas decírmelo?!

—¡No! –me apresuré a responderle–. ¡No pretendo dejarte! ¡Podrías visitarme los fines de semana!... Pero tengo que ganarme la vida, Ethan, espero que me comprendas.

—¿Necesitas dinero? Sólo tienes que pedírmelo.

—Piensa en mi dignidad. No sólo necesito techo y comida, también merezco sentirme digna, sentir que puedo hacerme cargo de mí misma.

—No pedir ayuda puede ser un acto de orgullo, Grace, y el orgullo no es bueno. Tú sabes que puedes pedirme lo que sea.

—Lo sé, pero no es así como quiero obtener mis cosas, quiero ganármelas.

Él guardó silencio por un rato, probablemente analizando mis palabras y descubriendo otra faceta de mí que esperaba no lo desencantara.

—¿Y qué sucedió esta noche? –preguntó serio.

—Fui a casa de los Blackwell.

—¿De John Blackwell, el dueño de la empresa de turismo?

—El mismo. Tenían una cita con su mujer y yo debía cuidar de sus hijos hasta que regresaran por la mañana…

Me interrumpí, ya que me costaba decirlo, pero Ethan aguardó pacientemente a que continuara.

—Cuando la mujer subió a terminar de arreglarse, él… él…

—¿Qué hizo él? –inquirió ronco, apretando la mandíbula.

—Él… él me reconoció… por lo del video… –le respondí muy bajo–, me hizo una insinuación y luego… me tocó… –agregué bajando la cabeza, con las mejillas encendidas por la vergüenza y sin poder terminar la frase.



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En el texto hay: romance, amor, diferencia de edad

Editado: 05.01.2026

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