Capítulo 36
Ethan
La ansiedad ahuecaba mi estómago cuando intenté escudriñar su expresión para descubrir si estaba disgustada conmigo. Pero sólo pude notar la sorpresa.
Tras ese primer instante en que los dos nos miramos en silencio, Grace se apartó de la entrada para darme paso.
Al fondo de la sala, su madre me observaba con una sonrisa que no lograba descifrar.
—Hola, Ethan. Bienvenido.
—Hola, Margaret. Muchas gracias.
—¿Quieres… ? –comenzó Grace.
—No, gracias. Sólo quiero hablar contigo –respondí nervioso, volteando a verla.
—Los dejo –dijo Margaret, desapareciendo luego por la puerta que conectaba con su tienda.
—Vine a decirte que te amo, Grace –solté sin más–, y que ¡lamento tanto no haber podido protegerte de todo el mal que me rodea!
»Si quieres terminar nuestra relación lo entenderé, sólo te pido que me lo digas de frente. Dime que no me amas y me marcharé de tu vida para siempre, pero no me dejes así, sin ninguna explicación, por favor.
—No quiero dejarte –replicó ella con un hilo de voz.
Solté el aire que había contenido hasta ese momento sin saberlo.
—¿Me amas?... –continué, un poco más calmado– Porque yo estoy loco por ti, tan loco que ya no me reconozco. Por primera vez a mis 40 años no sólo quiero enfocarme en ser un buen padre, sino también en ser un buen esposo, sólo para que no te vayas, para hacerte feliz y que permanezcas a mi lado… Porque te necesito, Grace, te necesito en mi vida, y no sólo por el sexo -que por supuesto es excelente-, sino por ti, por tu compañía, por cada instante a tu lado.
Ella vino a mí y, sin decir palabra, tomó mi rostro entre sus manos y me besó.
Eso podía significar sólo una cosa: que me perdonaba, y que aceptaba ser parte de mi vida. Entonces la envolví en mis brazos, la apreté contra mi pecho y me perdí en su boca.
—Te amo, Ethan Beckett, con toda tu locura incluída –musitó sobre mis labios.
—Puedo cambiar por ti, si me lo pides.
—No quiero que cambies ni un ápice. Me enamoré de ti por cómo eres, ¿por qué querría cambiarte?
Esa era mi Grace, la mujer más pura y luminosa que había conocido en mi vida, la que me había robado el corazón y la cordura, y de la que no quería volver a separarme.
* * *
Grace
¡Cuán feliz me sentí ese día! No podía imaginar un sentimiento más exaltado que el que me invadió cuando Ethan me abría su corazón y me decía que me amaba.
Me entregué a sus brazos y me dejé mimar por ese hombre que valía oro y que yo había tenido la fortuna de encontrar en mi camino.
—Nunca vuelvas a ocultarme tus problemas, amor –musitó en mi oído–, siempre podremos resolverlo todo si lo hacemos juntos.
Asentí en silencio, debía reconocer al fin que esconder las angustias para protegerlo terminaba lastimando a ambos.
Ese día volvimos a las montañas rojas de Sedona, y esta vez recorrimos el parque tomados de la mano y con nuestros corazones conectados en la misma sintonía.
A la noche, mamá nos invitó a cenar y no nos permitió marcharnos hasta el día siguiente.
—Las niñas deben echarte de menos –le dije a Ethan de camino a Flagstaff.
—También te echan de menos a ti –replicó mirándome de soslayo.
—Debimos haber regresado ayer.
—¡Pero tu madre se veía tan feliz con tu compañía! Deberíamos visitarla más a menudo.
Sonreí. Él comenzaba a hablar de nosotros como un equipo, y eso me agradaba.
—Por cierto, creo que no tendrás problemas con la Agencia de Niñeras, seguramente volverán a llamarte.
—¿Crees que los Blackwell no me denunciaron?
—Estoy casi seguro de que no lo hicieron. Al menos creo habérselo dejado claro a ambos.
—¿Qué hiciste, Ethan?
—Nada que no se mereciera ese infeliz. En realidad merecía más, pero no podía arriesgarme a terminar en prisión, por mis hijos.
¡¿Hasta cuándo este hombre seguiría enamorándome?!
—Recuérdame esta noche que te recompense por ello –musité.
—Me encanta la idea –dijo con una sonrisa pícara.
—Quería pedirte que no dejes de presentarte en las escuelas –dijo más tarde–. Sigue intentando, Grace, estoy seguro de que en algún momento reconocerán tu talento y te darán el trabajo.
—Lo intentaré –le respondí con cierta desconfianza pero con la infinita ternura que me inspiraba su fe en mí.
Más tarde, cuando entrábamos a Flagstaff, dijo de pronto:
—Ahora debo encarar una tarea difícil.
—¿Qué tarea?
—Hablar con mis hijas de nosotros. Aaron lo sabe, pero ellas no. ¿Me ayudarías?