Jeremiah.
Nueva York nunca me pareció tan brillante como esta tarde. El tráfico de la Quinta Avenida, que normalmente me hace querer estallar la bocina, hoy me parecía hasta melódico.
Miré de reojo la cajita de terciopelo que descansaba en el asiento del pasajero y una sonrisa risueña se me escapó.
Ese diamante me había costado una fortuna, pero Tiffany se merecía eso y más. Ella era mi puerto seguro, la mujer que me esperaba con una sonrisa después de mis jornadas de doce horas en Farrell Enterprises.
—Hoy es el día, Jeremiah —me dije a mí mismo, tamborileando los dedos sobre el volante.
Había salido temprano de la oficina. Dejé a mi socio y mejor amigo, Caleb, a cargo de una reunión importante.
Él me había guiñado un ojo al salir, dándome ánimos.
"Ve por ella, tigre, te lo mereces", me dijo.
Realmente tenía suerte; tenía al mejor amigo del mundo y a la mujer ideal.
Llegué al edificio, saludé al portero con una propina generosa —estaba tan feliz que quería que todo el mundo lo estuviera— y subí en el ascensor privado directo al ático.
Me imaginaba todo: ella saliendo de la ducha, yo hincando la rodilla, el champán helado esperando en la nevera...
Abrí la puerta con cuidado, tratando de no hacer ruido. Quería que fuera una sorpresa total.
—¿Tiffany? —llamé en voz baja, dejando las llaves en la entrada.
No hubo respuesta, pero escuché un ruido extraño que venía de nuestra habitación. Como un jadeo. Mi primer pensamiento fue de preocupación. ¿Se sentía mal? ¿Se había caído?
Caminé rápido por el pasillo. Noté algo extraño en el suelo: una chaqueta de hombre. Me quedé paralizado. Esa chaqueta... yo conocía esa marca, ese corte. Era la de Caleb. ¿Qué hacía él aquí si se suponía que estaba en la oficina cubriéndome?
Un frío repentino me recorrió la espalda. Mis pies pesaban como si fueran de plomo mientras me acercaba a la puerta entornada de nuestra alcoba. El corazón me golpeaba las costillas con tanta fuerza que me dolía.
Empujé la puerta suavemente, esperando encontrar cualquier explicación lógica. Pero la lógica murió en ese instante.
—¡No, por un demonio! —el grito salió de mi garganta como un rugido herido.
El mundo se hizo pedazos frente a mis ojos. Mi prometida, la mujer con la que iba a envejecer, estaba bajo el cuerpo de Caleb. Mi amigo, mi hermano. En mi propia cama.
El tiempo se detuvo. Vi a Tiffany saltar, cubriéndose con las sábanas que aún olían a nuestro amor de la noche anterior. Vi a Caleb ponerse de pie, pálido, temblando, con la culpabilidad goteándole por los poros.
—Jeremiah... no es lo que parece... —balbuceó él.
—¿No es lo que parece? —repetí, con ironía—. Te dejé en la oficina para que me cuidaras las espaldas mientras yo venía a pedirle matrimonio, ¡y lo que estabas haciendo era esto!
Saqué la caja de terciopelo del bolsillo. La abrí para que vieran el anillo brillando, una joya que ahora me parecía basura.
—Iba a darte mi vida, Tiffany —le dije, mirándola a los ojos. Ella solo podía sollozar, incapaz de articular palabra—. Y tú, Caleb... te di todo. Mi confianza, mi amistad, mi dinero.
—Fue un error, Jere. Estábamos celebrando que hoy por fin le pedirías... —intentó decir Caleb, pero no lo dejé terminar.
—¡Lárguense! —rugí. El dolor se transformó en una rabia ciega. Sentía ganas de destrozar la habitación, de prenderle fuego a todo lo que ellos habían ensuciado—. ¡Fuera de mi casa ahora mismo! ¡Los dos!
—Jeremiah, por favor, hablemos —pidió ella, tratando de estirar la mano hacia mí.
—Si me tocas, no respondo —le advertí con tanta rabia que la hizo retroceder—. Caleb, mañana no te quiero en la empresa. No quiero que existas para mí. Váyanse antes de que cometa una locura.
Los vi salir a toda prisa, humillados, recogiendo su ropa del suelo como los cobardes que eran. Cuando la puerta principal se cerró, me desplomé contra la pared. El anillo rodó por el suelo, perdiéndose debajo de un mueble.
La rabia era un nudo en mi garganta que me impedía respirar.
Mi teléfono sonó rompiendo el vacío de la casa. Era mi padre. Tardé varios segundos en contestar.
—Hola —mi voz sonaba como si hubiera tragado cristales.
—Jeremiah, malas noticias con el grupo Al-Fassi. Se niegan a firmar el contrato a menos que vayas personalmente a Fez. El vuelo sale en dos horas. ¿Estás con Tiffany? Dale mis saludos.
Cerré los ojos con fuerza, apretando el aparato contra mi oreja hasta que me dolió la mano.
—No, no estoy con ella —respondí, poniéndome de pie—. Prepara el jet, papá. Me voy a Marruecos. Y reza para que ese país sea lo suficientemente grande para hacerme olvidar que alguna vez tuve un corazón.
Hubo un silencio del otro lado de la línea. Escuché a mi padre carraspear, claramente descolocado.
—¿Jeremiah? ¿De qué hablas? ¿Pasó algo con la propuesta de matrimonio? —Su voz pasó de la autoridad a la pura confusión—. No me digas que Tiffany dijo que no...
Editado: 19.01.2026