Una Novia para mi Papá

Capítulo 1 —La boda que casi no fue

Todo empezó a derrumbarse cuarenta minutos antes de la ceremonia.

Flavia Valdés atravesó el vestíbulo del hotel con el teléfono pegado al oído, una carpeta bajo el brazo y la sensación de que aquel día había comenzado muchas horas antes de que saliera el sol. A su alrededor, empleados uniformados transportaban bandejas, acomodaban centros de mesa y se apresuraban a cumplir instrucciones que ella llevaba semanas repitiendo.

La boda más importante de la temporada debía ser impecable.

No solo porque los invitados pertenecían a algunas de las familias más reconocidas de la ciudad ni porque habría fotógrafos esperando registrar cada detalle. Valdés Eventos necesitaba que todo saliera bien. Una celebración como aquella podía generar nuevas contrataciones, recomendaciones y, con un poco de suerte, el dinero suficiente para mantener la empresa a flote durante algunos meses.

—Necesito que vuelvas a revisar la disposición de las mesas —indicó al coordinador del hotel—. La familia de la novia no puede quedar frente a la del novio. No después de la discusión que tuvieron durante el ensayo.

—Las cambiamos esta mañana.

—Entonces asegúrate de que nadie haya decidido volver a moverlas. Hoy todos parecen tener iniciativa y ninguno tiene sentido común.

Terminó la llamada que mantenía con el encargado del sonido y consultó la hora. Debía subir a la habitación de la novia, comprobar que el maquillaje estuviera terminado y verificar que el novio hubiera llegado al salón preparado para la ceremonia.

No alcanzó a dar tres pasos.

El proveedor de las flores apareció frente a ella con el rostro tenso y una factura doblada entre las manos.

—Tenemos que hablar.

La frase bastó para que Flavia comprendiera que no se trataba de una conversación que pudiera aplazar.

—Si es por las flores de las mesas, ya pedí que retiraran las que llegaron dañadas.

—No es por las flores. Es por las facturas pendientes.

Flavia dejó escapar el aire lentamente.

—Este evento está pagado.

—Este evento sí, pero hay trabajos anteriores que no. Hablé con Pablo varias veces y siempre encontraba una excusa. Después dejó de responder mis llamadas.

Escuchar aquel nombre le provocó la misma presión desagradable en el pecho que había aprendido a disimular durante las últimas semanas. Flavia sostuvo la carpeta con más fuerza, pero conservó la serenidad.

—Pablo ya no administra la empresa.

—Eso no elimina la deuda.

—No he dicho que la elimine. Estoy revisando todas las cuentas y voy a pagar cada factura legítima, pero no puede venir el día de una boda y amenazar con retirar la decoración.

—Puedo hacerlo. Las flores todavía me pertenecen.

Flavia miró hacia el salón. Los arreglos ya estaban distribuidos sobre las mesas y junto al corredor por el que debía avanzar la novia. Retirarlos en ese momento destruiría la ceremonia y, probablemente, también a Valdés Eventos.

—Si se lleva esas flores, no cobrará más rápido —dijo sin elevar la voz—. Arruinar esta boda tampoco hará aparecer el dinero que Pablo dejó de pagarle. Permítame terminar el evento. Mañana revisaré personalmente sus facturas y estableceremos un plan.

El hombre la observó durante unos segundos.

—Eso mismo prometía él.

—Yo no soy Pablo.

—La empresa sigue llevando su apellido.

—Lleva el mío —corrigió Flavia—. Valdés Eventos. Y mientras yo esté al frente, no desapareceré para evitar una deuda.

El proveedor bajó la vista hacia la factura. Su enojo no se había desvanecido, pero al menos dejó de mirar las flores como si estuviera calculando cuánto tardaría en llevárselas.

—Tiene hasta mañana.

—Mañana hablaremos.

Flavia todavía no había terminado de respirar cuando una de las asistentes se acercó corriendo.

—Tenemos un problema con la novia.

—¿Qué ocurrió?

—No encuentra al novio.

Flavia cerró los ojos durante un instante.

—Por supuesto que no.

Subió a la habitación y encontró a la novia sentada frente al espejo, todavía con el vestido abierto en la espalda. Lloraba con tanta fuerza que la maquilladora sostenía una esponja sin atreverse a acercarse.

—Se fue —aseguró la mujer—. Sabía que iba a hacerlo. Anoche estaba extraño y ahora nadie sabe dónde está.

Flavia se agachó frente a ella.

—Todavía no sabemos si se fue.

—No está en su habitación y no responde el teléfono. ¿Qué otra explicación puede haber?

—Muchas. Puede estar asustado, puede necesitar unos minutos o puede haber salido a respirar. Antes de decidir que la abandonó, permítame encontrarlo.

—La ceremonia comienza en media hora.

—Entonces tengo veintinueve minutos para traerlo de vuelta y uno para asegurarme de que entre caminando por sus propios medios.




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