Flavia cerró el sobre con los ahorros de Carolina y se lo extendió de inmediato.
—No puedo aceptar tu dinero.
La niña mantuvo las manos detrás de la espalda.
—Todavía no le expliqué todo lo que necesito.
—El problema no es la explicación. Yo organizo bodas, no busco novias ni convenzo a las personas para que se enamoren.
—Usted convenció al novio para que regresara.
—Lo ayudé a tranquilizarse. Él ya estaba enamorado de la mujer con la que iba a casarse.
—Entonces tiene experiencia.
Flavia contuvo una sonrisa. Carolina tenía una respuesta preparada para cada objeción y, por la manera decidida en que sostenía su mirada, no pensaba marcharse sin obtener lo que quería.
—Encontrar una novia para tu papá no es un trabajo que puedas encargarle a una desconocida.
—Después de conocerlo dejará de ser una desconocida.
—Eso no funciona de esa manera.
—Podría hablar con él antes de decidir.
La propuesta llegó acompañada de una expresión tan seria que Flavia debió recordarse que conversaba con una niña de nueve años y no con una clienta especialmente persistente.
Miró la tarjeta colocada sobre los billetes.
Doctor Gabriel Santoro.
Debajo aparecían el nombre de la clínica y sus datos profesionales. Flavia recordaba haber visto aquel apellido en el programa de la presentación realizada en el otro salón del hotel.
—¿Tu padre está aquí?
—Está hablando con personas importantes. Lleva toda la tarde hablando con ellas.
—Entonces iremos a buscarlo y le devolverás esto.
Carolina miró el sobre, pero no se movió.
—Es mi dinero.
—Precisamente por eso debes guardarlo. Encontrar una novia no es algo que se compre con los ahorros.
—Mi abuela Elena dice que todo trabajo debe pagarse.
—Tu abuela Elena tiene razón, pero primero debe existir el trabajo y yo no he aceptado ninguno.
Flavia tomó a Carolina de la mano y la condujo hacia la recepción. No pensaba dejarla deambulando sola mientras localizaba a su padre. Bastantes problemas había resuelto durante aquella jornada como para añadir una niña perdida a la lista.
La recepcionista las atendió con una sonrisa profesional.
—Busco al doctor Gabriel Santoro. Participaba en la presentación de la campaña para la nueva unidad pediátrica.
—La presentación terminó, pero el doctor continúa atendiendo a la prensa. Puede encontrarlo en el corredor del salón principal, junto al área de conferencias.
—Muchas gracias.
Cuando comenzaron a caminar, Carolina tiró suavemente de la mano de Flavia.
—Cuando lo conozca, no se deje engañar por su cara.
—¿Qué tiene su cara?
—Parece estar enojado incluso cuando no lo está.
—Es una excelente recomendación para una futura novia.
—También sabe cocinar.
—Eso mejora considerablemente sus posibilidades.
—Aunque casi nunca tiene tiempo.
—Y volvemos al principio.
Carolina frunció los labios, como si acabara de comprender que vender las virtudes de su padre sería más difícil de lo esperado.
Al llegar al corredor, Flavia no necesitó preguntar cuál de todos los hombres era Gabriel Santoro. Permanecía frente a un panel con el nombre de la campaña, rodeado de periodistas, médicos y patrocinadores.
Era alto, de hombros anchos y expresión contenida. Respondía las preguntas con seguridad a pesar de las cámaras, las voces superpuestas y las personas que esperaban para hablar con él.
Carolina había descrito bien su rostro. No parecía enojado, pero tampoco daba la impresión de ser un hombre fácil de abordar.
Flavia decidió esperar a una distancia prudente.
—¿Falta mucho? —preguntó la niña.
—Tu padre está trabajando. No podemos interrumpirlo frente a las cámaras.
—Siempre está trabajando.
No había reproche en su voz, sino una resignación demasiado habitual para una niña. Flavia prefirió no hacer preguntas. En cuanto devolviera el dinero, aquella familia dejaría de ser asunto suyo.
La entrevista concluyó varios minutos después. Gabriel se despidió de uno de los patrocinadores y entonces vio a su hija.
Su expresión cambió de inmediato.
—Carolina, ¿dónde estabas? Te dije que permanecieras con la asistente de la organización.
—Ella estaba muy ocupada con el teléfono.
Gabriel recorrió la distancia que los separaba y dirigió la mirada hacia Flavia.
—¿Quién es usted?
Ella abrió la boca para presentarse, pero él ya había visto el sobre y su tarjeta profesional sobre los billetes.