Una Novia para mi Papá

Capítulo 3 —Un momento familiar

Durante un instante, los flashes desaparecieron.

Gabriel continuaba sujetando a Flavia por la cintura mientras ella mantenía una mano apoyada sobre su hombro y la otra contra su pecho. El tacón seguía enganchado en la cinta decorativa, pero ninguno parecía recordarlo. Tampoco prestaban atención a Carolina, que los abrazaba con la satisfacción de quien acababa de demostrar que su plan era perfecto.

Flavia levantó la mirada y se encontró directamente con los ojos de Gabriel.

Todo lo demás quedó suspendido.

Las voces de los periodistas, los pasos del personal y el ruido del salón parecieron alejarse. Flavia sintió la firmeza de la mano que la sostenía y el calor del cuerpo masculino contra el suyo. Gabriel tampoco apartó los ojos. La irritación que había dominado su encuentro unos minutos antes dio paso a un desconcierto silencioso.

Se conocían desde hacía menos de media hora y ya se habían acusado, provocado y enfrentado. Sin embargo, en aquella cercanía inesperada, ninguno parecía dispuesto a iniciar otra discusión.

—¡Doctor Santoro, mire hacia aquí!

La insistencia del periodista quebró el momento.

Otro flash los obligó a parpadear. Flavia volvió a ser consciente de la mano sobre su cintura, de la posición comprometida en la que se encontraban y de la cantidad de cámaras apuntándolos.

Gabriel aflojó los dedos, pero no la soltó por completo. El tacón de Flavia seguía atrapado y apartarse de golpe habría terminado exactamente como él acababa de evitar: con ella en el suelo.

Ambos giraron el rostro hacia los periodistas.

—¿Desde cuándo mantienen una relación?

—¿Carolina ya conocía a la nueva pareja de su padre?

—Doctor Santoro, ¿puede confirmar que están juntos?

—Señorita, ¿cómo se conocieron?

Flavia abrió la boca para desmentir aquella absurda interpretación. Gabriel hizo lo mismo, probablemente con idéntica intención, pero ninguno alcanzó a pronunciar una palabra.

—El doctor Santoro no hará declaraciones en este momento.

Josefina apareció entre los periodistas y se colocó frente a ellos, bloqueando parcialmente el paso. Levantó una mano para pedir que bajaran las cámaras, aunque los flashes continuaron iluminando el corredor.

—Comprendan que este es un momento familiar —añadió con una seguridad impecable—. Les pedimos respeto y consideración.

Las preguntas se multiplicaron al escucharla.

—¿Está confirmando la relación?

—¿La señorita forma parte de la familia?

—¿La clínica sabía que el doctor Santoro tenía pareja?

Josefina no retrocedió.

—No estoy confirmando nada. Estoy pidiéndoles que respeten a las personas que tienen delante. Hay una niña de nueve años a la que están asustando con tantos flashes.

Carolina no parecía asustada en absoluto. Continuaba abrazada a los adultos y sonreía con una felicidad imposible de disimular. Incluso miró directamente hacia una de las cámaras, como si entendiera que aquel momento merecía quedar debidamente registrado.

Josefina la observó de reojo y endureció su expresión para no echarse a reír. La niña no colaboraba demasiado con su improvisada estrategia, pero los periodistas bajaron momentáneamente el volumen de sus voces.

—Por favor, retrocedan —insistió—. No habrá declaraciones ahora.

Se volvió hacia Gabriel y Flavia.

Ellos habían dejado de mirar las cámaras y volvían a observarse directamente a los ojos, atrapados otra vez en aquella extraña pausa que ninguno parecía comprender.

Josefina contempló la escena durante un segundo. Después puso una mano sobre el hombro de Gabriel, la otra en la espalda de Flavia y los empujó hacia la puerta del salón de conferencias.

—Los dos, adentro.

—Josefina… —alcanzó a protestar Gabriel.

—Muévete antes de que decidan transmitir la boda en directo.

Carolina entró detrás de ellos. Josefina atravesó la puerta en último lugar y consiguió cerrarla antes de que los periodistas pudieran seguirlos. Las preguntas quedaron al otro lado, amortiguadas por la madera, aunque todavía podían oírse los golpes y las voces reclamando una declaración.

El silencio dentro del salón duró apenas un momento.

Flavia consiguió liberar el tacón, se apartó bruscamente de Gabriel y lo empujó con ambas manos contra el pecho.

—¿Qué mierda se cree que está haciendo?

Gabriel dio medio paso hacia atrás. La sorpresa en su rostro fue tan auténtica que durante un instante pareció olvidar la presencia de las cámaras al otro lado de la puerta.

—De nada.

—¿De nada?

—Solo evité que cayera y tuvieran que colocarle una prótesis de cadera. Habría sido una lástima.

Flavia lo miró con incredulidad. Gabriel hablaba con seriedad, como si acabara de emitir un diagnóstico perfectamente razonable.




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