Flavia regresó a la clínica con la propuesta cubierta de anotaciones.
Había utilizado las últimas veinticuatro horas para revisar cada cláusula, separar la contratación de Valdés Eventos del acuerdo personal y señalar cualquier frase que pudiera permitir que Gabriel o la clínica intervinieran en su empresa.
Josefina los esperaba en una sala de reuniones. Gabriel llegó unos minutos después, todavía vestido con el uniforme quirúrgico y con una expresión cansada.
Flavia colocó el documento sobre la mesa.
—Antes de comenzar, quiero dejar algo claro: Valdés Eventos organizará la gala como una empresa contratada por la clínica. El pago corresponderá únicamente a ese trabajo.
Gabriel tomó asiento frente a ella.
—Eso fue lo que propuse.
—Lo dijo durante una conversación. Yo necesito que figure por escrito.
Josefina extendió la mano para recibir el documento.
—Flavia separó la propuesta en dos acuerdos —explicó después de revisar las primeras páginas—. Uno corresponde a la organización de la gala y el otro a las apariciones públicas.
—No quiero que Pablo pueda acusarme de recibir dinero por fingir una relación —aclaró Flavia, observando a Gabriel—. Tampoco aceptaré que la clínica aumente los honorarios para ayudarme con las deudas.
—Los honorarios serán los habituales para un evento de estas características —respondió él, sin discutir—. Puede compararlos con los contratos anteriores de la clínica.
La facilidad con la que aceptó la primera condición sorprendió a Flavia. Había llegado preparada para defender cada palabra y encontró a un hombre dispuesto a examinarla sin convertir la reunión en una batalla.
—También eliminé la cláusula que permite modificar las actividades según las necesidades de la campaña.
Gabriel buscó el párrafo señalado.
—La campaña puede sufrir cambios.
—Entonces deberán consultarme antes de incluirme en ellos. No aceptaré que una mañana me informen que debo abandonar mi trabajo para posar en una fotografía.
—Podemos establecer un aviso mínimo de cuarenta y ocho horas —propuso Josefina mientras realizaba una anotación.
—Excepto en una emergencia real —añadió Gabriel—. Si un patrocinador modifica una actividad por una causa justificada, necesitaremos cierta flexibilidad.
Flavia meditó la condición.
—De acuerdo, siempre que Josefina confirme que se trata de una emergencia y no de una mala planificación.
—Acepto cargar con esa responsabilidad —intervino la directora, conteniendo una sonrisa—. Continuemos antes de que empiecen a negociar también qué se considera una catástrofe.
Flavia pasó a la siguiente página.
—Ninguno podrá tomar decisiones en nombre del otro. Si un periodista pregunta por nuestra vida privada, responderemos lo acordado o evitaremos la pregunta.
—Me parece razonable —concedió Gabriel.
—Eso incluye no anunciar viajes, celebraciones ni planes que me involucren.
Gabriel levantó la vista del documento.
—No tengo intención de organizarle la vida.
—Hace unos días me acusó de acercarme a su hija antes de permitirme explicar por qué llevaba su tarjeta.
—Y reconocí que me equivoqué.
La respuesta la hizo guardar silencio. Gabriel no buscó excusas ni intentó suavizar lo sucedido. Simplemente aceptó su responsabilidad.
—Precisamente queremos evitar nuevos errores —continuó Flavia, bajando un poco la tensión—. Si alguno considera necesario cambiar la historia que sostendremos, deberá consultarlo con el otro.
—Quedará por escrito —confirmó Josefina, incorporando la modificación.
Gabriel avanzó hasta la sección siguiente.
—Aquí prohíbe cualquier contacto físico fuera de las apariciones públicas.
—No veo por qué tendríamos que tocarnos cuando no haya nadie mirando.
—No cuestiono la condición. Quiero que definamos qué considera una aparición pública.
Flavia cruzó los brazos.
—Cenas, presentaciones, fotografías y actividades con patrocinadores.
—¿Y si alguien nos encuentra al entrar o salir de la clínica?
—Dependerá de la situación.
—Una cláusula no puede depender de la situación —señaló Gabriel, golpeando suavemente el papel con un dedo—. Necesitamos una definición precisa.
Josefina observó a Flavia.
—La prensa puede aparecer en cualquier lugar. Si se apartan bruscamente al ver una cámara, parecerá que están fingiendo.
Flavia comprendía el problema, pero no estaba dispuesta a concederle a Gabriel libertad para tocarla cada vez que creyera haber visto a un periodista.
—El contacto deberá ser imprescindible para mantener la apariencia —decidió—. Tomarnos de la mano, posar juntos o un abrazo breve. Nada más.