Una Novia para mi Papá

Capítulo 10 — El lugar de una muerta

La visita no era familiar.

Gabriel se lo había aclarado a Flavia al invitarla y ella se lo recordó a sí misma antes de atravesar la puerta de su casa. Elena quería conocerla lejos de las cámaras y ambos necesitaban decidir cómo manejarían las expectativas de Carolina después del compromiso que él había anunciado sin consultarle.

Flavia llegó con una carpeta que contenía el calendario de la campaña, los documentos de la gala y la copia del contrato firmado entre la clínica y Valdés Eventos. Esperaba aprovechar la tarde para resolver asuntos concretos. Hablar de trabajo resultaba mucho más sencillo que sentarse ante la madre de Gabriel fingiendo que planeaba casarse con su hijo.

Elena la recibió sin hostilidad, aunque la observó con la atención de quien no se conformaría con una sonrisa correcta.

—Gracias por aceptar venir —dijo mientras la guiaba hacia la sala—. Necesitaba conocerla sin periodistas alrededor ni personas felicitándonos por una boda que nadie sabe cuándo ocurrirá.

Flavia dejó la carpeta sobre una mesa lateral.

—Yo tampoco sé cuándo ocurrirá —respondió, lanzando una mirada hacia Gabriel—. Parece que el novio todavía no ha tenido tiempo de comunicarme los detalles.

Él soportó la indirecta sin intentar defenderse. Permanecía cerca de la ventana, con las mangas de la camisa dobladas hasta los antebrazos y una seriedad que no había abandonado desde la llamada de Clara.

—Eso es precisamente lo que intentaremos resolver hoy —señaló Gabriel—. No la fecha de una boda, sino lo que diremos a partir de ahora.

Carolina entró corriendo antes de que Flavia pudiera contestar. Llevaba varias hojas entre las manos y se sentó a su lado en el sofá.

—Hice cuatro vestidos, pero este es el mejor porque tiene bolsillos —explicó, extendiendo el dibujo sobre las piernas de Flavia—. Papá todavía no compró el anillo porque quiere que tú lo elijas.

Gabriel desvió la mirada hacia Elena. Su madre respondió con una elevación inocente de las cejas.

—Yo no le dije eso —se defendió Elena—. Solo comenté que algunas parejas eligen el anillo juntas.

Flavia examinó el dibujo. Carolina había añadido un velo enorme, zapatos rosados y dos bolsillos desproporcionados a los costados del vestido.

—Es una excelente idea que tenga bolsillos —comentó—. Las novias siempre necesitan guardar algo y nadie recuerda darles dónde hacerlo.

La niña sonrió, satisfecha de haber encontrado apoyo.

—Podrías guardar un pañuelo y dulces. También el teléfono, por si papá llega tarde.

—Tu confianza en mí resulta conmovedora —murmuró Gabriel, acercándose.

La expresión de Carolina perdió parte de su alegría cuando advirtió que los adultos no compartían su entusiasmo.

—No van a decirme otra vez que todavía tienen que hablar, ¿verdad?

Gabriel se sentó frente a ella y apoyó los antebrazos sobre las piernas.

—Tenemos que hablar porque casarse es una decisión importante. Lo de anoche ocurrió muy rápido y todavía no hemos acordado qué haremos.

—Pero dijiste que Flavia era tu prometida —insistió la niña. Sus dedos comenzaron a doblar una esquina del dibujo—. Lo escucharon todos.

Flavia sintió la mirada de Gabriel sobre ella. Cualquier respuesta podía profundizar una ilusión que después tendrían que destruir.

—Lo que tu padre intenta explicar es que no habrá una boda inmediata —intervino con cuidado—. Los adultos también necesitamos tiempo para organizar algunas cosas, aunque yo sepa organizar bodas.

Carolina consideró la explicación y después alisó el papel que había arrugado.

—Entonces puedo seguir haciendo vestidos. Solo son dibujos.

—Puedes hacer todos los que quieras —le aseguró Flavia, devolviéndole la hoja—. Pero no tienes que decidir nada por ahora.

El sonido del timbre evitó que la conversación avanzara. Gabriel se puso de pie de inmediato. No esperaba a nadie y Clara no le había comunicado la hora de su llegada.

Elena reconoció la tensión de su hijo y siguió con la mirada sus pasos hacia la entrada.

Clara apareció acompañada por una maleta. Apenas cruzó la puerta, buscó a Carolina y se detuvo al descubrir a Flavia sentada en la sala.

Su atención pasó del dibujo del vestido a la carpeta de trabajo y después se clavó en Gabriel.

—Veo que no perdiste el tiempo —comentó. Su mano permanecía cerrada alrededor del asa de la maleta—. Vine a buscar a Carolina. Prepararé sus cosas y nos marcharemos antes de que oscurezca.

Gabriel no se movió para permitirle el paso.

—Carolina no irá contigo.

Clara abrió los labios, sorprendida por la negativa inmediata.

—Necesita alejarse unos días de este espectáculo. Pensé que, después de lo ocurrido anoche, comprenderías que lo mejor es mantenerla fuera de todo esto.

—Puedes estar preocupada y puedes pedirme pasar tiempo con ella —respondió Gabriel. Su voz no se elevó, pero la firmeza con que ocupaba la entrada impidió que Clara avanzara con la maleta—. Lo que no puedes hacer es presentarte en mi casa y anunciar que te llevas a mi hija.




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