El presupuesto sobrevivió siete minutos.
Flavia apenas había terminado de presentar la propuesta para la gala cuando Gabriel tomó el documento y señaló la primera cifra que consideraba innecesaria.
—La clínica ya tiene iluminación —afirmó, deslizando la hoja hacia ella—. No necesitamos contratar una empresa para colocar más luces.
Flavia permaneció sentada al otro lado de la mesa de reuniones. Llevaban dos días trabajando en el evento y Gabriel continuaba examinando cada partida como si estuviera autorizando la compra de un equipo quirúrgico.
—La iluminación de la clínica sirve para que nadie tropiece en los pasillos —respondió, girando nuevamente el presupuesto—. La de la gala debe crear un ambiente.
—Los patrocinadores saben por qué están allí. No necesitan que oscurezcamos un salón y lo llenemos de luces de colores para recordarlo.
—No propuse luces de colores. Propuse una iluminación cálida que dirija la atención hacia los espacios importantes.
Gabriel recorrió con el dedo las siguientes partidas.
—Decoración, música, montaje audiovisual. Todo esto incrementa el presupuesto sin mejorar la atención de un solo niño.
Flavia cerró la carpeta que tenía delante. Había escuchado variaciones de aquel argumento desde el comienzo de la reunión y empezaba a sospechar que Gabriel consideraba decorativo cualquier elemento que no pudiera utilizarse dentro de un quirófano.
—La gala no es una consulta médica —explicó, procurando que la paciencia no abandonara su voz—. Si reúne a cien personas en un salón blanco, les sirve una cena y les presenta una lista de necesidades, algunas harán una donación por compromiso. Si consigue que comprendan lo que la unidad pediátrica representa para las familias, aportarán porque querrán formar parte del proyecto.
—No convertiré el dolor de los pacientes en un espectáculo.
Flavia dejó las manos sobre la mesa y lo observó antes de responder. La dureza de Gabriel no provenía del dinero. Temía que la campaña utilizara a los niños que pretendía proteger.
—Tampoco yo —aclaró—. No quiero exhibir diagnósticos ni colocar a las familias delante de un grupo de desconocidos. Los niños pueden participar mediante dibujos, mensajes o aquello que quieran compartir. Nadie tendrá que mostrar su rostro ni contar su historia.
Gabriel levantó la vista del presupuesto.
—¿Y considera que eso será suficiente para conmover a los patrocinadores?
—Considero que un dibujo hecho por un niño puede explicar mejor el valor de la unidad que veinte minutos de cifras —respondió Flavia. Su índice se detuvo sobre el costo del montaje audiovisual—. Usted puede presentar los resultados médicos. Yo haré que quienes lo escuchen recuerden por qué importan.
Gabriel volvió a revisar la propuesta. Esta vez no tachó la partida.
—Reduzca el costo de la iluminación y mantenga el montaje.
—Puedo solicitar una segunda cotización, pero no sacrificaré la calidad solo para demostrar que sé gastar menos.
—No necesito que me demuestre nada.
—Entonces deje de revisar mi trabajo como si esperara encontrar una estafa entre las flores.
La mandíbula de Gabriel se tensó. En lugar de responder desde la irritación, apartó el presupuesto y entrelazó las manos sobre la mesa.
—Estoy acostumbrado a controlar dónde termina cada recurso de la clínica.
—Y yo estoy acostumbrada a conseguir que un evento produzca más de lo que cuesta —replicó Flavia, bajando también el tono—. Si quiere que haga mi trabajo, tendrá que permitirme hacerlo.
La reunión continuó durante otra hora. Ajustaron proveedores, eliminaron una recepción innecesaria y conservaron los elementos que Flavia consideraba indispensables. Ninguno obtuvo exactamente lo que quería, pero el presupuesto comenzó a parecerse a un proyecto que ambos podían defender.
Flavia regresó a su oficina convencida de que aquella sería la discusión más agotadora del día.
Se equivocó.
A media tarde recibió una notificación del banco. La Clínica Santa Aurelia había adelantado una parte importante de los honorarios acordados por la gala, aunque el contrato establecía que el primer pago se realizaría después de aprobar definitivamente a los proveedores.
Revisó la transferencia dos veces. Después llamó al departamento administrativo de la clínica.
La respuesta confirmó lo que ya sospechaba.
Gabriel había autorizado el adelanto.
Lo encontró en su despacho, inclinado sobre unos informes. Él levantó la mirada al verla entrar sin llamar y comprendió el motivo antes de que Flavia colocara el teléfono frente a él.
—Ordenó que adelantaran el pago.
Gabriel cerró el informe y retiró los lentes que utilizaba para leer.
—La clínica realizó un anticipo sobre un servicio que su empresa ya está prestando.
—No estaba previsto en el contrato.
—Podemos incorporar la modificación. No cambia los honorarios ni le entrega dinero que no le corresponda.