La credencial llevaba el nombre de Pablo.
Flavia volvió a mirar la pantalla de la tableta. Debajo del registro de acceso aparecían la hora y la terminal desde la que se había activado el sistema. Todo parecía preciso, salvo lo único que importaba: quién había estado allí.
—Necesito una copia de ese registro y las grabaciones de las cámaras —pidió Gabriel al técnico. Había recuperado su tono de trabajo, pero todavía mantenía una mano cerrada a un costado.
—Seguridad está reuniendo todo —respondió el hombre—. Les enviaré también el informe de la activación.
Cuando el técnico salió, Gabriel tomó su teléfono. Flavia le cubrió la pantalla con la mano antes de que marcara.
—No digas que fue Pablo delante del personal.
Él levantó la vista. La chaqueta seguía sobre los hombros de Flavia y algunas gotas caían desde su cabello hasta el piso.
—Su credencial abrió la terminal.
—Una credencial con su nombre —precisó ella—. Quiero saber cómo se utilizó. También quiero saber si fue él. Son dos cosas distintas.
Gabriel dejó el teléfono sobre la mesa. El cuidado con que ella separaba lo que sabía de lo que sospechaba le impidió responder desde la rabia.
—Tienes razón. Pediré que conserven las pruebas y revisen las cámaras. Nada más por ahora.
Flavia asintió y se encaminó hacia la puerta. Gabriel dio un paso para seguirla, pero ella ya había salido de la sala auxiliar.
En el salón, el personal había apartado las consolas y comenzaba a retirar manteles empapados. Una de las pantallas permanecía apagada. Debajo, los dibujos que iban a proyectarse durante la gala se habían mojado antes de que alguien consiguiera proteger la documentación.
Flavia se quitó la chaqueta para recoger varios papeles. Los extendió sobre una mesa seca y comprobó cuáles podían conservarse.
—Necesito una lista de los equipos que estuvieron conectados cuando empezó el agua —indicó al responsable técnico—. No prueben ninguno hasta que se hayan secado y alguien confirme que es seguro hacerlo.
El hombre llamó a sus compañeros. Flavia pasó a la decoración, después a los documentos y finalmente al montaje. A medida que anotaba las pérdidas, dividía las tareas entre quienes todavía permanecían allí. Nadie volvió a preguntarle qué debían hacer.
Gabriel la ayudó a mover dos cajas lejos de la zona mojada. Cuando regresó por una tercera, Flavia estaba sola frente al plano del salón.
—Puedo ocuparme del traslado —ofreció él, deteniéndose a su lado.
—Ya están separando lo que hay que llevar —respondió ella. Marcó con el bolígrafo una esquina del plano—. Si puedes confirmar que el espacio de almacenamiento sigue disponible, nos servirá.
Gabriel observó su perfil. No había enojo en su voz, pero tampoco quedaba la cercanía de hacía unos minutos. Le había dicho que el beso no cambiaba el acuerdo antes de darle tiempo siquiera a apartarse de sus labios. Ahora comprendía que había hablado para tranquilizarse a sí mismo.
—Flavia, lo que dije antes…
—Lo entendí. —Ella dejó el bolígrafo junto al plano y lo miró por fin—. No tienes que explicarme nuestro contrato después de besarme.
Él abrió la boca, pero un miembro del personal llegó con el inventario preliminar. Flavia tomó las hojas y volvió al trabajo. Gabriel permaneció un instante junto al plano antes de llamar para confirmar el espacio que ella le había pedido.
La respuesta de la clínica llegó cuando ya habían retirado los equipos del suelo. Hasta que seguridad aclarara el uso de la credencial, Valdés Eventos no podría continuar el montaje ni acceder por su cuenta al salón.
Gabriel recibió la comunicación en presencia de Flavia y se la transmitió sin rodeos.
—La administración ha suspendido el acceso de tu empresa mientras revisan lo ocurrido.
Ella tardó un momento en contestar. Miró las cajas alineadas junto a la salida y después el salón que todavía necesitaba horas de trabajo.
—¿Cuánto tiempo?
—No han establecido un plazo. Quieren recibir el informe de seguridad antes de permitir que continúe el montaje.
Flavia apretó las hojas del inventario. La gala seguía teniendo fecha, los proveedores seguían esperando respuestas y el bloqueo de las cuentas no había desaparecido. Podía sentir cómo cada dificultad empujaba a la siguiente.
—No voy a discutir que controlen los accesos —dijo al fin—. Pero necesito presentarles una forma de seguir trabajando mientras investigan. Si esperan a resolverlo todo, no llegaremos a tiempo.
Gabriel guardó el teléfono.
—¿Qué necesitas para prepararla?
La pregunta le permitió tomar aire. Él no había ofrecido anular la suspensión ni hablar en su nombre.
—El registro del personal que estuvo aquí, las credenciales vigentes y el inventario completo de daños. Después prepararé un plan de montaje con acceso supervisado.
—Conseguiré que te entreguen la información de la clínica que necesitas —respondió Gabriel—. La propuesta tendrás que defenderla tú.