Una novia para mi tío

Capítulo 5

Mariana

 

—Les dejo la carta, si necesitan algo más, estaré en la barra, con permiso —trate de hablar con calma, no quería estar nerviosa delante de él.

Por suerte no dijeron más y fui a mi lugar a esperar más pedidos.

—Hola Nina —me saluda Tania, mi compañera de trabajo.

—Hey Tania, ¿cómo estás? —la saludo y pienso que tal vez ella puede reemplazarme en la mesa del gato ese.

—Bien, hoy me toca hacer caja, así que será una noche relajada —por rebelde estaba pagando este karma, no dije nada y volví a mi banqueta, a esperar que los clientes me busquen.

Hasta que ellos me solicitaron al levantar su mano. Con una sonrisa fingida fui a su mesa.

—Quiero un whisky Nina —me pide el amigo del engreído, anote en mi tableta su pedido.

—Yo quiero una soda dietética —me sorprende con lo que quiere.

—¿Es broma Jeremy? —le cuestiona su amigo.

—¡No! Ya dije, quiero una soda, mañana tengo que trabajar —se excusa.

—¿Van a querer algo más? —consulto ates de cerrar el pedido de la caja.

—Sí, trae dos whiskys y cancela la soda, yo pago todo —me ordena el hombre y me entrega su Black card.

—Muy bien, ya regreso con su orden, con permiso —me retiré y al llegar a la barra ya estaban preparando su orden.

—Cobras el pedido que te envié —le entregue a Tania el sobre donde estaba la tarjeta y espero todo.

—¡Qué suerte Nina! —me dice de repente y no le entendí.

—¿Suerte? A qué te refieres.

—Al par de guapos que te tocó atender, además seguro están forrados en dinero —me dice al entregarme el sobre con la tarjeta que acaba de pasar para cobrar.

—Tania, esos hombres son imposibles, además lo que tiene de lindo, es solo eso.

—No me molestaría tener un suggar dady.

—Sí, fuera lindo, tampoco me molestaría.

—Acaso eres ciega Nina, esos dos están para un trío o te presto uno si quieres.

—Mejor me voy a mi realidad —recojo los vasos en la bandeja y los llevo a la mesa de ese par.

Al llegar coloco todo de manera ordenada y cuando me estoy retirando me detiene el hombre que estaba con Jonás.

—¿Necesita algo más?

—¡Sí! Tu número —me pide y sonreí, si bien no me gustaba que me lo pidan, pero como quería hacer la guerra a mi jefe, esta noche será la excepción.

—¡Oliver!, deja a la Mariana en paz.

—¿Mariana? ¿Nina? ¿Cómo te llamas? ¿Y por qué Jonás sabe tu nombre? —me cuestiona y miro fijo al engreído.

—Pregúntele a él, al parecer sabe mucho sobre mí —dije y me fui, ya que no quería seguir aquí cerca de él.

La noche se hizo eterna y todo debido a la presencia de Jonás Romanov, quien solo me fastidia la vida.

 

Jonás

 

Oliver se había propuesto ser un imbécil, pero no podía impedirle que la seduzca, puesto que ella estaba sola y él también, aunque tenía que ser buen amigo y decirle que era una loca.

Bebí una copa de whisky y nos fuimos, teníamos trabajó al día siguiente y no podía darme el lujo de faltar o llegar tarde. Por más que fuera el dueño del bufete.

En la mañana siguiente pase por casa de Jeremy, tenía que hablar con la babysitter sobre lo ocurrido anoche y alejarla de Oliver.

—Buen día, Jonás, ¿Qué haces aquí tan temprano? —se sorprende al verme Bethany.

—Vine a desayunar contigo y de paso vamos juntos al bufete, estoy cuidando a mi cuñada, ¿está mal?

—Por supuesto que no, pero tengo mi auto.

—¡Es cierto! —me hago el bobo y llevo mi mano a la cabeza a lo que Beth se ríe.

—Eres un mentiroso, sé que te gusta Nina, ya me contó Dulce —me dice en voz baja y me río en una sonora carcajada.

—Qué cosas dices Beth, seguro te bajo el azúcar, por eso dices eso.

—No es broma, es lo que veo, no te hagas tonto.

—Mejor desayunamos —le pido y lo hacemos, conversamos de temas referidos al bufete y lo agradezco.

—Me voy a cambiar, ya va a ser hora de ir saliendo —Beth se levanta de su lugar para subir a su habitación.

—Ve tranquila, aquí te espero.

—Ya te dije que tengo mi coche, puedes ir si quieres.

—¿Me estás corriendo?

—Sabes que no, pero quédate si quieres.

Bethany se va y me quedo solo en la sala, hasta que llega la babysitter, quien al verme bloquea sus ojos, al parecer el odio era mutuo.

—¿Qué tanto me mira? —me ladra como si fuera una perra con rabia.

—¡Buen día! ¿No?

—No se me antoja saludarlo —me desafía con su respuesta.

—¿Por qué tan mala? Acaso te hice algo o quieres algo de mí.

—¿Qué? —cuestiona indignada.

—Pues sí, yo sé que soy irresistible, pero no hagas la guerra, cariño, si tú y yo podemos hacer algo más.

—Ya quisieras, antes muerta que contigo.




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