Una nueva sonrisa

Capitulo 1

Recuerdo que lo que más amaba de mí era mi cabello.

Dorado, largo y sedoso.

Y también lo que más odiaba.

Cada mañana las sirvientas tardaban una eternidad en peinarlo. Tiraban de él, lo trenzaban, lo adornaban con cintas y flores hasta que parecía digno de una princesa de cuento.

Yo odiaba los cuentos.

—Ya está, alteza —anunció una de las sirvientas.

Observé mi reflejo en el espejo.

El vestido era perfecto.

El peinado era perfecto.

La habitación era perfecta.

Todo en mi vida parecía perfecto.

Qué lástima que no lo fuera.

Mis ojos se desviaron hacia el escritorio.

Sobre él descansaban decenas de cartas.

Cartas de admiradores.

Algunas venían de nobles.

Otras de comerciantes.

Incluso había algunas de jóvenes campesinos que soñaban con conquistar el corazón de la princesa.

Tomé una.

La observé unos segundos.

Después la dejé donde estaba.

No tenía ganas de leer promesas de amor escritas por personas que ni siquiera me conocían.

Una princesa podía tenerlo todo.

Y aun así no tener nada.

—Es hora, alteza.

Asentí.

Una sirvienta me ayudó a levantarme y salí de la habitación.

Los pasillos del castillo estaban cubiertos de retratos.

Reyes.

Reinas.

Príncipes.

Personas que alguna vez habían llenado aquellas salas con risas y conversaciones.

Ahora eran solo pintura sobre una pared.

Mientras caminaba, mi mirada se detuvo brevemente en uno de ellos.

Mi madre.

Aceleré el paso.

No quería pensar en ella.

No hoy.

Cuando llegué al balcón principal, los gritos comenzaron.

Mi pueblo.

Siempre mi pueblo.

Las enormes puertas se abrieron.

Miles de personas esperaban abajo.

Cuando me vieron, estallaron en vítores.

—¡Princesa Luna!

—¡La queremos!

—¡Larga vida a la princesa!

Sonreí.

Una sonrisa perfecta.

La misma que llevaba años practicando.

Después de mi viaje a Dinamarca, todos parecían más emocionados que nunca.

Creían que pronto encontraría esposo.

Creían que el reino tendría un futuro asegurado.

Creían muchas cosas.

Levanté una mano.

Poco a poco el ruido se apagó.

—Buenos días, mi querido pueblo —dije con dulzura.

Los aplausos resonaron inmediatamente.

—Gracias por vuestro cariño y vuestra lealtad. Siempre me esforzaré por convertirme en la reina que este reino merece.

Más aplausos.

Más gritos.

Más sonrisas.

Cuando terminé, saludé por última vez y regresé al interior del castillo.

La sonrisa desapareció de mi rostro en cuanto las puertas se cerraron.

Por fin.

Respirar volvía a ser posible.

Seguí caminando por los pasillos hasta detenerme frente a una enorme puerta de madera oscura.

La habitación de mi padre.

La abrí apenas unos centímetros.

Lo vi acostado en la cama.

Pálido.

Débil.

Luchando por permanecer con nosotros.

Un nudo se formó en mi garganta.

Mi padre era una de las pocas personas que aún me quedaban.

Y cada día parecía alejarse un poco más.

Cerré la puerta antes de que pudiera verme.

No quería que notara mi preocupación.

Ni mi miedo.

Continué caminando hasta llegar a las escaleras principales.

Los sirvientes corrían de un lado a otro preparando el gran banquete por mi regreso.

Después de mi visita a Dinamarca, mi padre había tomado una decisión.

Si el príncipe danés no había logrado conquistarme, organizaría un baile.

Uno enorme.

Con nobles de distintos reinos.

Según él, aún podía encontrar el amor verdadero.

Como si fuera tan sencillo.

Yo no quería encontrar marido.

No quería enamorarme.

No quería entregar mi corazón a nadie.

Ya había perdido suficientes personas.

No pensaba arriesgarme a perder más.

Tan concentrada estaba en mis pensamientos que no noté que uno de los listones de mis zapatos estaba suelto.

Hasta que mi pie resbaló.

Y el mundo desapareció bajo mis pies.

Sentí el vacío.

El vértigo.

El terror.

Vi mi vida pasar frente a mis ojos.

Mi padre llorando sobre mi tumba.

El reino entrando en caos.

Mi abuela decepcionada incluso después de mi muerte.

No.

No podía morir así.

No podía morir joven.

Y mucho menos por unas escaleras.

Entonces unos brazos me sujetaron.

Todo ocurrió demasiado rápido.

Un tirón.

Un golpe.

Y ambos terminamos en el suelo.

Durante unos segundos permanecí inmóvil.

Viva.

Seguía viva.

Parpadeé varias veces antes de levantar la vista hacia mi salvador.

Y entonces lo vi.

Unos ojos azules brillantes.

Un rostro sorprendentemente atractivo.

Y sobre su cabeza...

Un gorro de bufón.

Me quedé congelada.

Mi salvador era un bufón.

Un maldito bufón.

Lo observé horrorizada.

Él me devolvió la mirada.

—¿Se encuentra bien, princesa?

Mejor mátenme.

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