Una pausa para el amor

Capítulo 7: Territorio en Disputa

La parsimonia de la cafetería universitaria se quebró en un milisegundo ruidoso cuando la masiva silueta de Alexander Von Bismarck cortó la luz de la entrada. Su sola presencia, provista de una sofisticación descarada y una rigidez militar, congeló las risas de los estudiantes a puerta cerrada. El hombre más poderoso de Alemania caminó hacia la mesa con pasos largos y firmes, haciendo que el piso de madera crujiera bajo sus botas de diseñador.

Elena levantó la vista y sus ojos claros se cruzaron con la mirada azul siberiana de su esposo. Un destello de sorpresa cruzó su rostro, pero de inmediato recuperó una cortesía fría y una dignidad blindada que Alexander jamás le había visto en la mansión.

—"Alexander", murmuró Elena con una voz suave pero sumamente firme, sin mostrar una sola pizca de la timidez dulce del pasado.

El magnate alemán no respondió. Se detuvo frente a la mesa, irguiendo su anatomía de un metro con noventa y dos, remarcada por el impecable traje de sastre gris oscuro. Sus ojos se fijaron primero en Julian, el joven estudiante que aún sostenía al pequeño Leon en sus brazos de manera cariñosa.

—"Dame a mi hijo", sentenció Alexander. Su voz barítono, grave y profunda, resonó con un marcado acento alemán tan cortante que Julian palideció de inmediato, entregando al niño con total parsimonia ante el temor que imponía el CEO de Bismarck Industries.

Leon, al sentir los brazos anchos y el conocido aroma amaderado de su padre, se abrazó a su musculoso pecho con una inocencia ajena a la tensión. Alexander acomodó a su hijo menor con una arrogancia protectora implacable, pero sus celos posesivos seguían fijos en los compañeros de su esposa.

Fuego Frente al Intelecto

—"¿Quién es este hombre, Elena?", exigió Alexander, ignorando por completo la presencia de los otros universitarios, marcando su territorio con una rigidez violenta. —"¿Qué clase de juego es este? Dejas la casa por las tardes para meterte en una cafetería pública".

Julian, intentando mostrar valentía, intervino: —"Señor, solo estábamos repasando el modelo cuántico para el examen de mañana. Elena es la mente más brillante de la facultad, nos está ayudando a...".

—"No te di la palabra", lo cortó Alexander con una parsimonia letal, fijando sus ojos de hielo en el joven, haciendo que el silencio en el lugar fuera sepulcral. —"Los asuntos de mi esposa se discuten a puerta cerrada".

Elena se puso de pie, irguiendo su hermosa silueta con una parsimonia decidida. Su gabardina crema acentuaba su porte elegante, y la chispa indomable de su mirada demostró que ya no era la adolescente de 17 años que se había encogido ante el heredero popular de la universidad.

—"Ellos son mis compañeros de clase, Alexander, y les debes respeto", dictó Elena con una cortesía intelectual que le asestó un impacto de alta velocidad al orgullo del magnate. —"Y este no es un juego. Es mi vida. La vida que decidí recuperar".

El Laberinto del Orgullo

Alexander sintió una extraña e invisible opresión en el pecho musculoso. Ver a su esposa rodeada de hombres jóvenes que admiraban su mente analítica —esa misma mente que él había obligado a sepultar en la mansión tras un embarazo de alto riesgo y un matrimonio por compromiso— le provocó una furia primitiva. No era solo el miedo a perder el control de su hogar; era el descubrimiento de que Elena ya no lo necesitaba para brillar.

—"Nos vamos a la mansión. Ahora", ordenó Alexander, dando media vuelta con pasos firmes hacia la salida, cargando a Leon de forma sumamente posesiva.

Elena miró a sus compañeros con una mueca de disculpa cariñosa, guardó sus cuadernos de física con dedos largos y firmes, y lo siguió con total dignidad. El león alemán creía haber ganado la batalla al sacarla del campus, pero al subir a la camioneta blindada, la distancia física y el silencio ruidoso entre ambos demostraron que la verdadera guerra por el corazón de Elena Winter acababa de declarar su primer frente.

El portazo de la pesada entrada de roble resonó en cada rincón de la mansión Von Bismarck. Alexander caminó con zancadas largas por el pasillo de mármol negro, llevando al pequeño Leon en brazos de manera sumamente posesiva. Elena lo seguía a una distancia física prudente, manteniendo su gabardina crema cerrada y una parsimonia que denotaba que no tenía intenciones de ceder ante la tormenta que se avecinaba a puerta cerrada.




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