El silencio de la biblioteca se prolongó durante horas, denso y pesado, hasta que el alba de Berlín comenzó a teñir de gris los enormes ventanales. Las palabras de Elena habían actuado como un impacto de alta velocidad en el blindaje del magnate, abriendo grietas profundas en su orgullo de acero.
A las ocho de la mañana, Alexander Von Bismarck se encontraba en la oficina presidencial de la torre corporativa de Bismarck Industries. El bullicio ruidoso de la capital alemana quedaba amortiguado por los cristales dobles, pero el verdadero caos rugía a puerta cerrada en el pecho musculoso del CEO.
Alexander se había despojado de su saco de sastre, quedando únicamente en su camisa blanca, cuyas mangas estaban rígidamente remangadas hasta los codos. Mantenía sus dedos largos entrelazados bajo la barbilla, con la mirada azul siberiana fija en un punto muerto de su escritorio de caoba. Su imponente anatomía de un metro con noventa y dos se sentía rígidamente tensa, devorada por un pánico primitivo que su mente corporativa no lograba procesar.
El Recuerdo del Deseo Posesivo
Hacía doce años, en los pasillos de la prestigiosa universidad donde se cruzaron sus vidas, Alexander era el heredero popular, descarado y arrogante que caminaba con la certeza de tener el mundo a sus pies. A sus 21 años, ninguna mujer se resistía a su estatus. Pero entonces la vio a ella.
Elena, con apenas 16 años, era una alumna prodigio de timidez dulce y una cortesía intelectual que a él lo fascinó de inmediato. Al principio, su inmadurez y soberbia lo empujaron a buscarla con el único objetivo de llevarse a la cama a la "nerd" brillante del campus, viéndola como un trofeo exótico que alimentaría su ego de león joven.
Sin embargo, Alexander recordaba perfectamente que la parsimonia de su plan se rompió en mil pedazos la primera vez que hablaron a solas. No era solo un capricho; se había enamorado con una fuerza posesiva e indomable de la pureza de sus ojos claros y de la brillantez de su mente analítica. La amaba, con una intensidad que lo asustaba.
Pero el destino se había cobrado su osadía de forma milimétrica. El embarazo inesperado de Elena a los 17 años desató un escándalo dinástico. Los patriarcas de la familia Bismarck intervinieron rígidamente, obligándolo a firmar un matrimonio por compromiso para proteger las acciones de la multinacional.
Alexander, atrapado en las redes de una responsabilidad para la que no estaba listo, sintió que le arrebataban su juventud, su libertad y sus años de rebeldía. Y en lugar de culpar a su familia o a su propia irresponsabilidad, su orgullo herido buscó el blanco más fácil: Elena. La castigó durante doce largos años con una cortesía fría, una indiferencia implacable y un desamor constante, convenciéndose a sí mismo de que ella era la cadena que lo ataba, obligándola a enterrar su intelecto en la mansión para mantener la opulencia y el estatus corporativo.
El Despertar del León
—"Fui un maldito cobarde", murmuró Alexander con una voz sumamente ronca, rompiendo el silencio sepulcral de la oficina.
Al escucharla anoche en la biblioteca, el velo de su arrogancia protectora se había desgarrado por completo. Elena tenía razón. Él se quejaba de su juventud perdida, pero ella se había convertido en madre a los 17 años, enfrentando sola un parto donde Lukas estuvo a punto de morir, sacrificando una mente brillante que pudo haber volado mucho más alto y con mayor sofisticación que la de él en el mercado armamentístico.
El veneno de los celos posesivos regresó a su anatomía al recordar al estudiante de la universidad pública, pero esta vez mutó en un temor real: el miedo absoluto a perderla. Elena ya no era la adolescente sumisa; era una mujer indomable que estaba dispuesta a reclamar su territorio intelectual con o sin él.
Alexander se puso de pie con total parsimonia, se colocó el saco de su traje de sastre y tomó las llaves de su auto. Sus ojos azules ya no destilaban el hielo del desamor, sino un fuego primitivo y correspondido por la necesidad de enmendar su pasado. Sabía que no podía detenerla, pero el león alemán estaba listo para bajarse de su pedestal de acero y demostrarle a la hermosa científica de la que se había enamorado que, esta vez, estaba dispuesto a ganarse su corazón a la antigua.