Una pausa para el amor

Capítulo 13: La Reconstrucción del Imperio Familiar

El regreso en la camioneta blindada se mantuvo en una parsimonia diferente. Ya no existía el silencio ruidoso del desamor o la incomodidad, sino una expectación sutil que flotaba en el aire mientras el vehículo cruzaba las calles otoñales de Berlín. Al cruzar el umbral de la mansión Von Bismarck, la atmósfera del hogar se sentía notablemente cambiada.

A puerta cerrada en la gran sala de estar de mármol negro, el peso de la culpa terminó de romperse. El pequeño Leon jugaba tranquilamente en una alfombra, ajeno a las emociones de los mayores, mientras Elena se despojaba de su abrigo blanco marfil con total sofisticación.

Fue Mia, de 7 años, quien rompió la distancia física. Con los ojos claros empañados en lágrimas, corrió hacia su madre y se abrazó con fuerza a su cintura.

—"Perdóname, mamá", sollozó la niña, con una timidez dulce y una tristeza real. —"Ayer en la escuela me di cuenta de lo mala que fui. No sabía que habías dejado tus estudios por cuidarnos, ni que eres tan inteligente. Eres la mejor mamá del mundo y no quiero que te vuelvas a sentir mal por nuestra culpa".

Lukas, de 12 años, se acercó con pasos lentos. El orgullo arrogante del colegio de élite se había disipado por completo de su rostro, dejando ver la vulnerabilidad del niño que casi pierde la vida al nacer.

—"Yo también lo lamento mucho, mamá", murmuró Lukas, con la voz rota y abrazándola con un cariño profundo que sanaba las heridas del comedor. —"Vi cómo te admiran todos en la universidad. Papá nos contó lo que pasaste en la clínica cuando yo era un bebé... Siento haber sido tan egoísta. Estoy muy orgulloso de que seas mi mamá".

Elena sintió un impacto de alta velocidad directo al corazón, pero esta vez fue de pura felicidad. Con sus dedos largos, acarició el cabello de sus dos hijos mayores y los estrechó en un abrazo cariñoso que selló el perdón definitivo en el hogar.

El Plan del León Alemán

Desde el umbral de la estancia, Alexander Von Bismarck observaba la escena en un silencio sepulcral. Su imponente anatomía de un metro con noventa y dos se apoyaba rígidamente contra el marco de madera, habiéndose quitado ya el saco de sastre azul marino. Una amabilidad profunda y un destello de alivio cruzaron sus ojos azules siberianos al ver a su familia unida.

Sin embargo, Alexander sabía perfectamente que su propia redención apenas comenzaba. Haberla defendido en el Club Hípico era solo el primer paso milimétrico; aún tenía que curar doce años de cortesía fría, desamor y soberbia corporativa. Elena lo había perdonado como padre de sus hijos, pero él necesitaba recuperar a la mujer, a la hermosa e indomable científica que le aceleraba el pulso.

Al caer la noche, a puerta cerrada en su despacho privado, el magnate dejó de lado los balances financieros de Bismarck Industries. Con una parsimonia inusual, tomó su teléfono personal y llamó a su asistente ejecutivo.

—"Cancela todas mis juntas presenciales fuera de Berlín para las próximas tres semanas", ordenó Alexander, su voz barítono, grave y profunda, resonando con una determinación implacable. —"Y quiero que contactes al florista de la corte de Potsdam. Necesito un arreglo diario de orquídeas blancas entregado en la Universidad Humboldt a las cuatro en punto de la tarde. Asegúrate de que no lleve el sello de la empresa, sino una nota manuscrita".

Alexander colgó, se recostó en su silla de roble y miró hacia el ventanal. El león alemán estaba listo para dejar de ordenar y empezar a conquistar. Si Elena iba a asistir a la universidad pública todos los días, él se encargaría de que todo el campus supiera que el hombre más poderoso de Alemania estaba dispuesto a cortejarla a la antigua para ganarse el derecho de estar a su altura intelectual.




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