Una pausa para el amor

Extra capitulo 18: Celos

—"Aún recuerdo tu cara el día que me encontraste en la cafetería del campus con Julian y los muchachos", murmuró Elena con una amabilidad cariñosa, mirándolo de reojo con una chispa indomable en sus ojos claros. —"Parecías un león a punto de desatar una rigidez violenta en medio de una universidad pública".

Alexander soltó una risa sumamente ronca, una vibración barítono, grave y profunda que resonó contra el pecho de Elena. Sus brazos anchos se tensaron sutilmente alrededor de ella, movidos por el eco de una posesividad que todavía le quemaba la sangre al recordarlo.

—"No me mires así, Elena. Tenía motivos de sobra para querer borrar la parsimonia de ese lugar con mis propias manos", admitió el magnate alemán, fijando su mirada azul siberiana en ella con una honestidad desarmada.

La Anatomía de la Inseguridad

Alexander se acomodó en el asiento de roble, permitiendo que su mente analítica regresara a las semanas previas a la confrontación en la cafetería. Para un hombre de un metro con noventa y dos, acostumbrado a dirigir Bismarck Industries con un control milimétrico, verse desarmado por adolescentes de veintiún años había sido el golpe más bajo a su orgullo corporativo.

—"Cuando Hans me dio tu ubicación GPS por primera vez, mi arrogancia protectora me hizo pensar que estarías en alguna boutique sofisticada", confesó Alexander a puerta cerrada, entrelazando sus dedos largos con los de ella. —"Pero saber que estabas en la Humboldt, rodeada de mentes hambrientas de conocimiento, desató un pánico primitivo en mi pecho musculoso".

El magnate rememoró los días en que Elena regresaba por las noches a la mansión. Ya no mostraba la sumisión o la timidez dulce del pasado; sus ojos claros brillaban con una cortesía intelectual y una dignidad blindada que él no lograba descifrar. Sabía que ella estaba floreciendo, pero lo que lo volvía loco era saber dónde y con quién lo hacía.

Fuego a Puerta Cerrada

—"Me encerraba en mi despacho a puerta cerrada y me ponía a calcular tu horario", continuó Alexander con un marcado acento alemán que delataba la intensidad de su frustración pasada. —"Pensaba en esos estudiantes jóvenes de la universidad pública. Tipos sin las responsabilidades de una multinacional, sin los errores del pasado que yo cargaba sobre mis hombros".

Los celos posesivos del magnate se alimentaban de la imaginación. Imaginaba a los compañeros de clase de Elena mirándola con la misma admiración pura que él había sentido a los 21 años, cuando se enamoró de la hermosa alumna prodigio de 16.

—"Me consumía la rabia de pensar que algún chico de veintiún años, brillante y ambicioso, estuviera sentado a tu izquierda compartiendo tus gráficos matemáticos", admitió con una rigidez violenta en la mandíbula. —"Que pudiera hacerte reír con la parsimonia y la libertad que yo te arrebaté a los diecisiete años con un matrimonio por compromiso. Sentía que cualquiera de esos universitarios tenía el derecho de admirar tu inteligencia, un derecho que yo mismo había pisoteado con mi desamor durante doce años".

El Quiebre en la Cafetería

Elena lo escuchaba en un silencio sepulcral, conmovida por la vulnerabilidad del hombre que siempre se había mostrado como un muro de acero infranqueable.

—"El día que decidí cancelar mis juntas y conducir hasta el campus, ya no era el CEO de una empresa tecnológica", susurró Alexander, buscando los labios de Elena con una amabilidad profunda. —"Era un hombre aterrorizado. Cuando crucé el umbral ruidoso de la cafetería y vi a ese estudiante, Julian, sosteniendo al pequeño Leon de forma tan cariñosa mientras tú le sonreías... sentí un impacto de alta velocidad en el pecho".

Recordó perfectamente cómo la anatomía de Julian palideció cuando él le exigió que le entregara a su hijo. Ver a su esposa luciendo tan joven, hermosa e indomable, rodeada de hombres que devoraban cada una de sus palabras de física avanzada, le había provocado una furia primitiva.

—"Quería recordarle a cada uno de esos muchachos, con toda mi sofisticación descarada, que tú llevabas mi apellido", concluyó Alexander, rodeando la cintura estrecha de Elena y apegándola a su pecho musculoso con una posesividad correspondida. —"Pero la verdad era otra, mi hermosa científica. No tenía miedo de ellos. Tenía miedo de que al comparar mi frío palacio de hielo con la vitalidad de esos jóvenes, decidieras que el imperio de los Von Bismarck ya no era lo suficientemente grande para albergar tu brillantez".

Elena sonrió con total sofisticación, anulando la distancia física al besarlo con una pasión indomable que disipó el último rastro de aquellos celos de alta velocidad, recordándole al león alemán que su mente analítica siempre le había pertenecido a él.

El aire en el salón principal de la mansión se sentía denso, impregnado de una complicidad que solo los años y las verdades desnudas podían otorgar. Elena se encontraba sentada de lado en el diván, con su largo cabello castaño cayendo con total delicadeza sobre sus hombros, mientras Alexander, despojado de la rigidez de su saco de sastre, mantenía sus dedos largos entrelazados alrededor de un vaso de cristal.




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