Una pausa para el amor

Extra capitulo 19:Celos Juveniles

—"Sé que ya me hablaste de tus celos cuando regresé a las aulas", murmuró Elena con una amabilidad cariñosa, entornando sus ojos claros con una chispa indomable. —"¿Pero qué hay de nuestra época, Alexander? ¿Qué hay de esos meses en los que yo tenía dieciséis años y tú me perseguías por todo el campus? No me vas a decir que el gran heredero de los Von Bismarck no sentía que el suelo le temblaba cuando otros estudiantes se acercaban".

Alexander soltó una risa sumamente ronca, una vibración barítono, grave y profunda que delató de inmediato el impacto directo a su orgullo. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, dejando que su anatomía de un metro con noventa y dos se recortara contra la luz tenue de la estancia.

Fuego en el Aula Magna

—"¿Quieres que admita mi locura de los veintiún años, Elena?", preguntó con una parsimonia letal, aunque sus ojos azules siberianos destilaban una amabilidad profunda. —"Está bien. La verdad es que en ese entonces, mi mente analítica se desconectaba por completo cada vez que un estudiante de tu facultad se atrevía a respirar cerca de tu mesa de trabajo".

Alexander recordó con una nitidez milimétrica el segundo semestre de ese año ruidoso. Él era el estudiante popular de último año, el hombre que manejaba los hilos de los clubes universitarios y a quien los profesores trataban con la sofisticación debida a su estatus corporativo. Pero toda esa seguridad se desmoronaba en un milisegundo cuando caminaba hacia la facultad de ciencias exactas.

—"Tú eras una alumna prodigio, la 'nerd' brillante de dieciséis años que resolvía teoremas en el pizarrón mientras los demás se quedaban en blanco", continuó Alexander, y su acento alemán se marcó rígidamente al revivir la frustración. —"Y lo que me volvía loco, lo que despertaba unos celos posesivos e indomables, era que estabas rodeada de chicos que compartían tu mismo lenguaje".

Los Rivales del Mismo Nivel

Elena sonrió, recordando la parsimonia con la que él solía aparecer en los laboratorios, interrumpiendo las sesiones de estudio con su imponente presencia.

—"Había un tipo... un estudiante de física avanzada de tercer semestre", rememoró Alexander, apretando el vaso con una rigidez violenta que delataba que el recuerdo aún le quemaba la sangre. —"No recuerdo su maldito nombre, pero recuerdo que pasaba horas a puerta cerrada contigo en los cubículos de la biblioteca, discutiendo sobre el espacio de Hilbert. Él tenía tu misma edad, compartía tus mismos intereses y no cargaba con el peso de un imperio armamentístico sobre sus hombros".

Alexander confesó que, en más de una ocasión, utilizó su autoridad y el estatus de su apellido para reprogramar las reservas de los cubículos de la biblioteca pública solo para dejar a ese estudiante fuera del alcance de Elena. Se paraba en el pasillo ruidoso, con sus hombros anchos bloqueando la entrada, observando a través del ventanal blindado cómo el joven intentaba explicarle un concepto a Elena, sintiendo una furia primitiva que su mente corporativa no lograba procesar.

—"Me consumía la idea de que pudieras encontrar más atractiva una mente analítica de tu misma edad que toda la opulencia y el poder que yo podía ofrecerte", admitió el magnate con una cortesía fría que se derretía ante la honestidad del momento. —"Él te hablaba de estrellas y partículas; yo solo sabía hablarte de contratos y juntas en Frankfurt. Sentía unos celos puros y desastrosos porque tu brillantez intelectual encajaba con ellos de forma natural, mientras que conmigo, siempre levantabas esa dignidad blindada y esa timidez dulce que me mantenía al margen".

La Marca del Territorio

Elena se levantó del diván con total parsimonia y sofisticación, acortando la distancia física hasta detenerse justo frente a él. Con sus dedos largos, tomó el vaso de la mano de Alexander y lo dejó sobre la mesa, obligándolo a mirarla.

—"Por eso aparecías con ese auto deportivo ruidoso justo afuera de mis clases de cálculo, ¿verdad?", preguntó ella con voz suave, provista de una cortesía intelectual que lo desarmaba.

—"Aparecía allí para recordarle a cada uno de esos universitarios jóvenes que, aunque compartieran tu intelecto a puerta cerrada, tú salías de ese campus conmigo", sentenció Alexander con una arrogancia protectora implacable, rodeando la cintura de Elena con sus brazos anchos y estrechándola contra su pecho musculoso. —"Era un león defendiendo su territorio antes de tener el derecho de llamarlo suyo. Fui un arrogante, un posesivo... pero desde los veintiún años supe que ninguna otra mente en este mundo iba a gobernar la mía de la forma en que tú lo haces".

Elena anuló el último espacio físico entre los dos, sellando con un beso indomable y correspondido una verdad que, doce años después, ya no necesitaba de celos ni de imperios para mantenerse firme.




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