Celos.
Robert.
La veo bajar del vehículo, todavía permanezco en este hasta que ella se va perdiendo de mi vista.
Todavía no puedo creer lo que hice por celos, los malditos celos.
Sé que le reclame, le dije lo que sentía aunque ocultando una gran parte de mí obsesión por ella.
No puede ser, todavía no puedo creer que estoy por cumplir diez ocho años y no soy capaz de expresar lo que siento.
Todavía puedo sentir mi corazón latir en mi sien, no puedo creer todo lo que dije, trato de relajar mi expresión, no puedo entrar a casa con la cara de pocos amigos.
Respiro profundo y tomo mi mochila y veo que Ana a dejado la de ella.
Al parecer mi exigencia la saco de sus casillas aunque no me lo dio a demostrár.
Tomo ambas mochilas y las llevo dentro, voy directo a la cocina donde se que la puedo encontrar.
Cuando estoy cerca escucho risas de felicidad, que hasts cierto punto se me contagia.
No tengo idea porque me quedo aqui parado, ¿esperando no se qué? Pero me quedo.
Al parecer no soy tan normal como mis padres creen.
Suspiró, solo dejo su mochila y me retiro, es todo lo que tengo que hacer.
Estaba por abrir la puerta cuando escucho como mi nana le pregunta a Ana, me detengo, porque necesito escuchar.
—¿Le contaras a Robert? Ustedes son como hermanos. —Hay un gran silencio dentro, como si Ana la costará responder a esa simple pregunta.
—No. —aquello hace que mi corazón se acelere y no del buen modo.
Todos menos yo quieren que los sepan, porque todos están reunidos en la cocina, con la maravillosa noticia, solo yo de tonto estoy aquí parado.
Sin dudar doy media vuelta y regreso para ir a mi habitación, no puedo ir exigiendo las cosas, y peor obligarla a que haga lo que no quiere.
Dejo la mochila donde corresponde y no dudo que lo mejor será tomar una ducha, para ayudarme a que todos mis pensamientos se vayan.
Dejó que el agua se resbale por mi cuerpo, todavía siento el calor que sentí cuando la vi con él.
No puedo y ni quiero imaginar que pasará una vez que yo ya no me encuentre.
Cuándo ella se quede sola y pueda hacer lo que quiera.
Sin pensarlo le doy un puñetazo a la pared, por pura frustración, soy consciente de nuestra posición, no me van a permitir llegar a algo serio y no estamos en la edad para eso.
Suelto un suspiro, cierro la ducha, para ir a cambiarme y bajar a comer algo.
Me coloco una playera azul oscuro y un jogger blanco, voy descalzo a buscar lo que necesito para distraerme, voy a ocupar mi mente, para dejar de pensar en Ana y los malditos celos que me provoca, cada vez que alguien del sexo masculino se acerca a hablarle.
Nada tiene sentido, tendría que verla como la hermanita pequeña, como alguien que no puedo, ni debo tener pensamientos erróneos, pero no puedo evitarlo.
Y no hay mejor decisión que irme a estudiar en el extranjero, antes era una opción, ahora es un hecho.
Voy bajando las escalera0s de dos en dos, necesito llegar antes que alguien se atreva a cruzar mi camino.
Cuando llego al último escalón me detengo, pues al frente de mi está Ana con Orlando, nuestro jardinero, entre cierro mis ojos, para ver que pasa.
Me detengo a ver su interacción, todavía no puedo creer que ella le sigan encantado hacer ese tipo de tareas, pero lo que en realidad me molesta, es que esté cerca de él.
Será que a él si le contó lo que a mí se negó hacerlo con tanta convención.
La veo a podando arboles y veo las nuevas flores que serán la nuevas consentidas de mi madre. Ellas van a estar hermosas, pero no por el cuidado de mi madre, sino porque Ana estara atenta a lo que ellas necesiten.
Es su trabajo.
Claro que sé que es parte dé.
Pero eso no quiere decir que me quite la incomodidad que siento.
Veo como ellos siguen, no veo nada inapropiado, pero solo parpadeo un microsegundo, cuando la mano de Orlando busca la de Ana.
Puedo ver la incomodidad en todo su cuerpo.
Sin pensarlo me muevo para llegar donde están, y sin pensarlo suelto; — ¿Qué está pasando aquí?
Veo como Orlando quita inmediatamente la mano donde la tenía y Ana se levanta por inercia propia y viene hacia mí.
—Nada, señor. —dice él, limpiando sus manos en el uniforme. —Solo le explicaba algo a Ana, ¿verdad?
Ana solo me mira y asiente, lo que me hace enfurecer.
—Yo vi lo contrario, y espero no se repita, por tu bien.
Orlando baja la mirada y asiente. —Lo siento señor y Ana disculpame si te incomode.
Ana no dice nada, pero la veo alejarse y no dudo que vaya con baba.
Pero conociéndola no dirá nada de lo que pasó, al quedarme con Orlando aprovecho para darle su advertencia. —te vuelves a meter con ella y date por muerto.
El hombre palidece y yo entro para ocuparme de algunos asuntos.