Una pausa para el amor

Capítulo 4

Impotencia.

Robert.

Veo cómo el pie de Ana sangra; aquello me pone ansioso, más de lo que quisiera admitirlo.

No lo dudó ni un solo minuto cuando la levantó y salió con ella en brazos.

Dudo un instante, un breve instante, si tendría que llamar a Baba. Está claro que es una mejor idea, pero no importa. Tomó la decisión de llevarla por mi cuenta; no es nada grave.

Mi instinto puede más de lo que mi cerebro se digna a procesar.

De repente ya estoy conduciendo como loco al hospital.

—Robert. —La voz de Ana me saca de mis pensamientos; no puedo y ni quiero distraerme.

—En este momento no, necesitamos llegar al hospital lo antes posible.

Mi voz tiembla y me maldigo por lo mismo.

—No hemos traído ningún tipo de documentos.

Todo lo que me dice es cierto, pero también recuerdo que solo necesitamos una identificación y no quisiera parecer algún tipo de maniático, pero tengo una de ella, por cualquier emergencia. Y esta es una de ellas.

—No te preocupes por eso, sé cómo resolverlo.

—Eso espero.

Cinco minutos después, entró con ella en brazos; los medicamentos no tardaron en revisarla.

Yo tengo que esperar afuera, en lo que ellos sacan el trozo de vidrio.

No sé cuánto tiempo pasó en realidad, pero lo único de lo que tengo certeza es que cada minuto es tan largo como una hora.

Cuando llaman a sus familiares, no lo dudo un instante.

—Soy el novio.

—Sabe que ella es menor de edad.

Aquello me hace detenerme, pero ya no puedo decir lo contrario.

—Llamaré en estos momentos a su mamá.

Busco mi celular y no lo encuentro por ningún lugar.

—¿Podré hacer una llamada? —consulto sintiendo mis orejas arder.

El médico asiente y me lleva donde están las enfermeras; me otorga una llamada. Si le hubiera hecho caso a Ana, nada de esto estuviera sucediendo.

Escucho cómo pita, y mi corazón galopea en mi caja torácica; sé que tendré mi castigo del siglo, pero tengo que comportarme como el hombre que soy.

—Buenas noches. —Escuchar su voz hace que suelte todo el aire que estaba reteniendo.

—Baba, soy yo, Robert. —Es lo más tonto que puede haber dicho, pero ya no importa.

—¿Robert?

—Sí, necesito que vengas al hospital…

Ella no me deja terminar. —¿Qué te pasó?

Me masajeé la frente; sé que tendría que ser sincero, pero lo pienso y es lo único que puedo decirle.

—Necesito que vengas nada más; puedes decirle a Miguel que te traiga lo más pronto posible.

—¿Es algo grave?

—No. —Inmediatamente lo niego, Ana está fuera de peligro. —No es nada grave, solo ven.

Cuando se logra tranquilizar, anota la dirección y finaliza la llamada.

Media hora después, la veo entrar y lo peor de todo es que no viene sola.

Mis padres vienen con ella; aquello me hace abrir los ojos; fue lo primero que le pedí que no hiciera.

Los veo con esa mirada de preocupación y algo se me remueve en mi interior.

—Papás. —Los saludo, y miro a mi baba. —La herida es Ana, no es nada grave.

Inmediatamente lo aclaro, para que ella no se preocupe.

Ella rápidamente me pide dónde se encuentra y yo la llevo; mis padres se quedan hablando con el médico para ver la situación. Cuando todos estamos en silencio, una enfermera se acerca y lo que suelta me deja congelado en mi lugar.

—Ya puede pasar a ver a su novia.

Siento como si mi cara pierde el color; mis padres me voltean a ver y comprendo lo que su cara me quiere decir.

—Gracias.

Una vez que ella desaparece, volteo donde mis padres.

—Necesitaba verla, y no me dejaron, y pensé…

Mi padre levanta la mano para que me detenga.

—Comprendo tu preocupación, pero no puedes decir tal cosa, sabes cómo es la prensa y no podemos darnos ese lujo. —Se calla como midiendo lo próximo que me va a decir, pero una voz detrás de mí me hace tensar.

—El señor tiene razón, Robert, no puedes hacer ese tipo de comentario, no pueden relacionarte con la hija de una empleada doméstica.

—No es lo que quise decir, Ana. —dice mi padre con vergüenza; al menos tiene un poco de humanidad. —Solo…

—No se preocupe, comprendo demasiado bien —dice ella sonriendo, como si no la acabaran de ofender.

—Ana. —digo acercándome a ella; mi mirada se va al pie vendado. —Yo… —En realidad, ni sé qué decir, ella solo me mira.

—Es mejor mantener la distancia. —Aquello me rompe el corazón. —No quiero malentendidos.

Baba, solo baja la cabeza, y eso me hace sentir mal.

—Lo siento. —Creo que es lo único que puedo decir en este momento, no puedo ni tengo las palabras correctas para expresar lo que siento.

—No tienes de qué estar disculpándote. —Me reprende mi madre. —Ellas comprenden nuestra situación.

Situación.

Una situación, eso es lo más chistoso. Ellos son los que ofenden y quieren que todos los entiendan a ustedes.

—Las llevo.

—No, joven, no se preocupe, Miguel no está esperando.

—Baba.

—Está bien, mi niño. No te preocupes, muchas gracias a todos.

Mis padres asienten y todos salimos; las llaves en mi mano pesan, pero no puedo decir nada.

Veo cómo Miguel ayuda a Ana a subir; mis manos se cierran en puño para poder controlar lo que siento.

Subo a mi vehículo cerrando con más fuerza de lo normal la puerta. Enciendo y salgo como alma que lleva al diablo, sabiendo que Miguel tiene más posibilidades que yo.

Me hierve la sangre de solo imaginar que Ana le haga caso a Miguel que a mí, pero también soy consciente de que no estoy en el mejor momento para darle al frente a mi familia.

Primero tengo que tener el poder para poder pelear y demostrar.




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