Una pausa para el amor

Capítulo 5

Último día.

Ha pasado un mes exacto desde que Ana salió herida, pero lo que ha marcado un antes y un después es la distancia que hay entre nosotros dos.

He visto cómo mi nana se ha apretado y comprendo, no soy tonto; no quieren problemas con mis padres.

Ella está cada vez más distante y mis días aquí están contados; mis padres prometieron que seguiría trabajando aquí una vez que yo me fuera, y espero que cumplan con su promesa.

No voy a negar que me da miedo que un día no sepa de ellas, por mi familia.

Suspiro; en estos momentos estoy atado de pies y manos. Quisiera poder tener el poder para poder salir de las ataduras de mis padres.

Primero mis estudios y luego veré cómo voy acomodando todo.

Miro mi tesis en la que estoy trabajando un mes; es lo que falta para entrar a la universidad. Luego de ahí todo será llevadero.

Voy contando cada día como si fuera el último, pero es lo que es.

Sé que con Ana todo está perdido; cada día nuestra distancia se hace más y más grande.

Hoy estoy aquí para defender mi tesis; luego de esto solo faltarán quince días, si no menos. Miro a todos los presentes y, con la seguridad que me caracteriza, tomo el micrófono.

Presento como si esto fuera la negociación de mi vida, y puede que lo sea.

—Señor, en este caso podemos ver que el crecimiento es de un cinco por ciento en los últimos dos días. —Todos me miran asombrados; he venido trabajando en este proyecto en los últimos dos años, y puedo decir que ya estoy viendo los frutos de cada noche sin dormir.

Sigo con mi explicación, hasta que mis ojos se encuentran con los suyos; por un microsegundo el tiempo parece detenerse. Me recompongo en tiempo recorod.

Vino, y eso es lo importante.

Cumplió su promesa, algo que nunca me imaginé que haría luego de nuestro distanciamiento, pero aquí está y no puedo evitar que una sonrisa se forme en mis labios.

Termino con mi presentación y no dudo en ir a buscarla, pero cuando me acerco, puedo ver que el asiento que ella ocupaba esta vacio.

Vacío, todavía me cuesta creer que se fuera.

Aunque el pecho sigue caliente, de que ella no me dejó solo. —Es lo que importa. —Me trato de autoconsolar.

El tiempo se pasa volando cuando en realidad quiero que pase como el caminar de un oso peresozo.

No está en mi poder, pero ahora que mi viaje es mañana, puedo sentir la presión que conlleva alejarme de las personas que más quiero.

Escucho cómo tocan la puerta de mi habitación.

—Pase. —Me imagino que es mi madre.

—Robert.

Su voz me hace levantarme de mi escritorio; de todas las personas que creí que podrían ser, por la mente nunca se me pasó ella.

—Ana… —Hasta la voz me tiembla; la miro y veo su rostro teñido de un rojo intenso.

Eso la hace ver adorable, pero me sorprende que esté aquí, en mi habitación, luego de que me estuviera aplicando la ley de hielo por tanto tiempo.

—Lo siento. —Ella y sus malditas disculpas.

—Tú dirás.

Ella se queda en silencio, como si pensara con claridad lo que está a punto de hacer, y eso me intriga más.

—Solo quería despedirme, y… —Ahora es capaz de verme a los ojos y lo que veo no me gusta para nada, veo duda e incluso miedo.

—¿Y?

Me extiende una pequeña caja, y eso hace que mi corazón se vuelva loco. —Gracias. —Digo tomando su obsequio, pero a la hora de abrirlo ella me detiene, y puedo asegurar que si su cara lo permitiera, se pondría más roja.

—Cuando estés en tu nueva residencia abrelo.

Su petición es una orden para mí.

—¿Me darás un abrazo?

Ella me mira y asiente; sin dudarlo, se abienta a mis brazos y yo la sujeto con fuerza. Quisiera detener el tiempo en este preciso momento.

Ella se aleja solo un poco; podría jurar que unos centímetros, para verme mejor. Yo solo bajo un poco la cabeza para quedar a su altura.

—Yo voy a extrañarte. —Me dice tan bajito, que creo que escuché mal.

—Créeme, no serás la única. Yo te voy a extrañar más de lo que te imaginas.

No lo dudo ni un solo momento; sé que no tendría que hacerlo. Mi educación no me lo permitiría, pero es lo que quiero.

Solo por este momento dejo que mi instinto gane.

Y uno mis labios con los de ella; ella en el instante se pone rígida, como si no supiera qué hacer.

Muerdo su labio inferior y ella me da el acceso que necesito.

Pero al ser un poco más baja que yo, no dudo en suspenderla y ella, por instinto, enrolla sus piernas en mi cintura.

Se siente tan bien tenerla así.

Nos separamos en busca de aire y la encuentro toda colorada; es obvio lo que hemos despertado en nuestros cuerpos.

—Robert.

—Moría de ganas por besarte. —Ella suelta una risita baja.

—Yo también. —Esa pequeña confesión hace que mi ritmo cardiaco se dispare.

—Me has gustado desde… —Hago memoria, y no recuerdo exactamente cuándo comenzaron. —¿Desde siempre?

Ella se ríe como si no pudiera creer lo que estoy diciendo. —Desde siempre es mucho tiempo, pero ahora puedes bajarme.

Todavía la sostengo en mis brazos; con cuidado la bajo hasta dejarla tocar el suelo.

—¿Y ahora qué? —Aquella pregunta me hace regresar a la realidad.

Yo, mañana vuelo para empezar la universidad y a ella le faltan años para terminar la secundaria.

—La verdad, no lo sé. —Digo alejándome solo un poco de ella y tomando su cintura para que ella no se distancie de mí. —Quisiera pedirte que me esperaras, que lucháramos por lo que sentimos, pero sería muy egoísta de mi parte.

Ella solo se dedica a mirarme, y lo que responde me hace sonreír. —¿Y si yo quiero?

—Sería la más loca y exquisita promesa; sabes que el tiempo decidirá todo, y que posiblemente mañana puedas cambiar de opinión, y lo aceptaría, pero no me vayas a pedir que renuncie sin antes haber luchado.

—Lo prometo.

Terminamos sellando nuestra promesa con un beso, y ese beso terminó con ella en mi cama, envueltos entre las sábanas.




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