Una pausa para el amor

Capítulo 6

un hasta pronto.

Ana.

Podría quedarme aquí viéndolo dormir, pero sé que si nos descubren. Mi mamá y yo terminaríamos en la calle, una vez que Robert se fuera.

Es posible que nos hagamos de la vista gorda, pero tengo muy clara la posición que tenemos en esta familia.

—Lo siento por ser de mundos tan diferentes. —Digo dejando un beso en su mejilla.

No lo dudo y busco mi ropa que está en el suelo esparcida.

Siento el dolor en medio de mis piernas, por la actividad que tuvimos anoche.

No me arrepiento de nada de lo que sucedió; estaba plenamente consciente de lo que hacía y por qué lo hacía.

Esto era lo que quería y lo obtuve; me quedaré con el hermoso recuerdo.

Aunque la promesa que nos hicimos solo fuera producto de sentimientos rezagados, que por fin pudieron salir a la luz y me tacharan de oportunista, como toda familia rica, despreciando a los que tienen menos que ellos.

Antes de que el sol saliera, yo me estaba dando una ducha para poder despejar un poco la mente.

Hoy él se iría y nuestro destino cambiaría; ya no van a necesitar una nana.

Esto se sabía desde que lo enviaron tan lejos para seguir sus estudios; ya no nos quieren aquí y nosotras no podemos hacer nada para impedirlo.

Tampoco le vamos a decir a Robert qué pasará; una vez que él se vaya, nuestras maletas también están hechas para partir.

Mi beca sigue, pero no hay un trabajo que me ayude a conseguir lo que voy a necesitar, y aunque lo tengamos, tendremos que pensar qué necesitamos.

No podemos darnos el lujo de desperdiciarlo.

Aunque nuestra casa sea mil veces más humilde que la de ellos, estaremos juntas con mi mamá, y eso es lo importante.

Me visto con un vestido amarillo debajo de las rodillas, con mangas cortas.

—Es la última vez que lo verás; no vayas a detener lo que sientes. —Digo viéndome al espejo.

Salgo con mis pies temblorosos; no voy a negar que mi mente me traiciona, mandándome imágenes de lo que pasó ayer.

Respiro profundo y sigo mi camino como si nada hubiera pasado, pero en mi descuido choco con un pecho firme, y me encuentro con su mirada enojada.

—¿Por qué no me despertaste? —El reclamo me llega de manera abrupta.

—Tenía que salir, ¿sabes que no podía darme el lujo de que tus padres nos descubrieran, verdad?

Él me mira y al parecer no está de acuerdo conmigo.

—Quería que… —El color de su cara cambia a un rojo intenso. —No me iré hoy, quiero tenerte en mi cama una vez más.

Llevo mis manos a su boca, por su imprudencia.

—Robert. —Quita mis manos de su boca y me mira con picardía.

—Ya lo decidí, quiero que pasemos el día juntos.

—No podemos. —Al parecer mi negativa no le gustó demasiado.

—Podemos inventar cualquier cosa.

Es un riesgo, lo sé, pero también quiero esto. Lo que me impide es lo que sucederá hoy.

—No podemos, tienes que irte. —Digo tratando de convencernos que es una mala idea.

—Ya habla con mis padres al despertar, y a ellos les parece buena idea que tenga una despedida con mi amigo, «una noche de chicos». —Me mira con esos ojos de cachorro que odio; yo no tengo una excusa válida para salirme así, por así.

—Robert.

—Amor. —Aquello me paraliza y, al parecer, él ni cuenta se da de cómo me llamo. —Recuerda que no nos vamos a poder ver por muchos meses, y quiero que me recuerdes para siempre.

Lo que me dice me cala hasta lo más profundo de mi ser.

Sé que es una idea tonta, y que me puede costar demasiado caro, pero es cierto, posiblemente es la última vez que lo mire.

Y no quiero desaprovechar ni un instante que pueda pasar a su lado.

—Déjame ver qué puedo hacer.

No es una promesa, es un tal vez. Porque tengo que idear un plan, y es así como cambia mi vida. Hoy pensé que sería el último día en la mansión.

Y he aquí, pensando ahora, ¿cómo salir sin que sospechen qué pasa?

Suspiró y él aprovecha para acercarse y besarme. Y yo con gusto lo recibo.

Siento como una de sus manos se mueve más abajo de mi cintura y lo detengo; aquí nos pueden ver e ir con el chisme.

—Te enviaré dónde me puedes recoger. —Digo, separándome de él.

Unos minutos después estoy desayunando en la cocina, esperando qué excusa inventar, pero mi mamá entra y me llama para que vaya con ella.
No lo dudó ni un segundo en dejar lo que estaba haciendo para seguirla.

—Ana, he hablado con Robert. —Siento como la sangre abandona toda mi cara. —Me ha pedido un favor, no estoy segura de hacerlo, por eso quiero que seas sincera conmigo.

Quería negarme, pero tampoco podía soltar la verdad a la primera.

—¿Qué favor te pidió? —Necesitaba saber qué había hablado Robert con mi mamá.
Ella solo me miró como si estuviera en un conflicto. —Me pidió permiso para que ustedes salieran a despedirse, por los viejos tiempos… —Hace una pausa, esperando mi reacción; como pude, traté de mantener mi rostro inexpresivo.

Ella prosiguió: «Sabes lo que sus padres nos advirtieron: no tratar de meternos en su mundo.»

Yo asiento porque es la verdad y lo comprendo.
—¿Y qué le dijiste? —preguntó y siento cómo mis manos sudan.

—Que le daría una respuesta después del desayuno.

—Quiero ir con él.

Ya no lo quiero ocultar más; tarde o temprano se dará cuenta y es mejor que lo sepa de mi boca.

—Está bien, pero una vez que salgamos de esta casa, tendrás que ser sincera conmigo.

Yo asiento y la abrazo. —Te prometo contarte todo.

Regresamos a la cocina, hasta que ella me apresura a irme, ya que se supone que mi tía me espera en el centro de la ciudad.

Le pide el favor a Miguel de conseguirme un taxi y minutos después estoy sentada con los nervios a flor de piel.




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