Una Perfecta Imperfección

CAPITULO II

Capítulo 2


​El sol ya se filtraba con fuerza a través de las cortinas de mi habitación, tiñendo todo de un tono dorado y cálido que, desafortunadamente, anunciaba lo peor.

​Abrí un ojo con pereza y lo primero que captó mi vista fue el reloj sobre la mesa de noche. Abrí el otro de golpe.

​—¡No puede ser! —exclamé, sentándome de un tirón en la cama.

​Tarde. Tardísimo.

​El sonido de unos pasos firmes y pesados resonó en el pasillo de madera justo antes de que la puerta de mi habitación se abriera. Ahí estaba él, con su habitual sombrero, su camisa de franela arremangada y esa mirada que mezclaba diversión con un ligero reproche. Mi abuelo.

​—Vaya, miren quién decidió unirse al mundo de los vivos —dijo con su voz ronca y profunda, apoyándose en el marco de la puerta—. Pensé que los gallos ya habían hecho suficiente escándalo, Isis, pero veo que tu cama tiene una gravedad especial hoy.

​—¡Me quedé leyendo hasta tarde, abuelo! —me excusé rápidamente mientras saltaba de la cama y buscaba desesperadamente mis botas de trabajo—. Te juro que puse la alarma, pero creo que mi teléfono también se durmió.

​Mi abuelo soltó una carcajada limpia y negó con la cabeza, acomodándose el sombrero.

​—El campo no entiende de alarmas telefónicas ni de lecturas nocturnas, jovencita. Las vacas ya están protestando en el corral y el gallinero es un caos. Te espero abajo en cinco minutos, o me comeré tu porción de panqueques.

​—¡No te atrevas! —grité mientras él ya se alejaba por el pasillo, riendo.

​Me vestí a la velocidad de la luz: unos jeans cómodos, una playera sencilla y mis fieles botas llenas de barro y tierra del campo. Me recogí el cabello en una coleta rápida y bajé las escaleras casi corriendo. En la cocina, el aroma a café recién hecho y panqueques me devolvió el alma al cuerpo. Agarré un panqueque dandole un mordido y salí detrás de mi abuelo hacia el aire fresco de la mañana.

​El aire de Rosenfeld siempre tenía ese olor a pino, tierra húmeda y libertad que ninguna gran ciudad podría replicar jamás.

​—Bien, ya que decidiste despertar al mediodía, te toca la peor parte —bromeó mi abuelo, entregándome uno de los baldes para la leche—. Ve con las vacas mientras yo termino de acomodar las pacas de alfalfa en el granero.

​—Hecho. Pero que conste que sigo siendo la favorita de Margarita —le respondí, guiñándole un ojo mientras caminaba hacia el corral.

​El trabajo en la granja era duro, pero había una paz inmensa en él. Mientras ayudaba a mi abuelo a alimentar a los animales y a limpiar los establos, no podía evitar sentir un orgullo profundo por nuestra tierra. El apellido Rosenberg significaba algo aquí; éramos parte de las raíces de este pueblo, de su tranquilidad y de su historia.

​—¿Viste los periódicos locales de hoy? —preguntó mi abuelo unas horas más tarde, mientras cargábamos unas cajas de verduras frescas en la camioneta. Su tono de voz había cambiado, perdiendo el humor de la mañana.

​—No, no he tenido tiempo. ¿Pasó algo malo?

​Mi abuelo suspiró, limpiándose el sudor de la frente con un pañuelo.

​—Los rumores de la ciudad son ciertos, Isis. Un grupo empresarial de Noirvelle, esos del tal Volkov, ya tienen los permisos para empezar a construir aquí en cinco semanas. Quieren cambiar todo el pueblo. Hoteles lujosos, centros comerciales… quieren convertir nuestras montañas en un negocio de cemento.

​Me detuve en seco, sosteniendo una caja entre mis manos. Una oleada de indignación me recorrió por completo.

​—No pueden hacer eso —dije con firmeza, apretando los dientes—. Este es nuestro hogar, no el patio de juegos de un montón de ejecutivos estirados que solo piensan en dinero.

​Mi abuelo miró hacia las montañas que rodeaban Rosenfeld, con una expresión seria y preocupada.

​—Esa gente de ciudad no entiende de tradiciones, hija. Solo ven números. Y dicen que ese señor Volkov no se detiene ante nada cuando quiere algo.

​Dejé la caja en la camioneta con más fuerza de la necesaria y miré en la misma dirección que mi abuelo. Mi mente ya estaba trabajando a mil por hora. Podían tener todo el dinero del mundo en Noirvelle, pero este era nuestro territorio.

​—Pues va a tener que aprender a detenerse —murmuré para mí misma, con la determinación encendiéndose en mi pecho—. Porque en Rosenfeld no se lo vamos a poner nada fácil.

El sonido metálico del portón de la granja rechinando nos hizo voltear a mi abuelo y a mí. Tres siluetas familiares caminaban por el sendero de tierra, interrumpiendo la tensión que la mención de VOLKOV Group había dejado en el aire.

​Eran mis tres mejores amigas.

​—¡Alerta roja, pueblo de Rosenfeld! —la voz dramática de Scarlett resonó antes de que siquiera cruzara el límite del corral. Venía agitando los brazos, con una intensidad que delataba que traía noticias frescas—. ¡Isis Rosenberg! ¡Suelta ese panqueque ahora mismo porque el chisme del siglo acaba de aterrizar en mis manos y vas a colapsar!

​—Scarlett, por favor, vas a espantar a las gallinas y apenas logramos que pusieran huevos hoy —murmuró Nora a su lado. Caminaba con su usual paso tranquilo, acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja con total elegancia, aunque sus ojos delataban una mezcla de emoción y preocupación.



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En el texto hay: enemiestolover, enemies to lovers.

Editado: 23.05.2026

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