Una Perfecta Imperfección

CAPÍTULO V

Los domingos deberían ser días de trabajo sin interrupciones.

Esa era la teoría.

La práctica era que llevaba cuarenta minutos intentando revisar los contratos del proyecto Aldenmoor, una expansión comercial en el norte que llevaba tres semanas esperando mi firma, y en ese tiempo Leni había entrado a mi estudio exactamente cuatro veces con cuatro razones distintas: que si quería jugo, que si había visto su muñeco verde, que si sabía que los pingüinos no podían volar, y la última, simplemente para pararse en el marco de la puerta y mirarme en silencio hasta que levantara la vista.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada —dijo, y se fue.

Volví a los contratos.

Aldenmoor era un proyecto sólido. Márgenes conservadores, terreno ya adquirido, permisos en orden. El tipo de inversión predecible que no generaba sorpresas ni resistencia local. Lo firmé y lo pasé a la carpeta de enviados.

El siguiente expediente era Velmire Norte. Lo abrí, revisé las proyecciones, anoté dos observaciones y lo cerré.

Tenía otros tres documentos pendientes.

Leni entró por quinta vez.

—¿Cuándo terminas?

—Cuando pueda concentrarme.

Se sentó en el sillón del rincón, cruzó los brazos y me observó con esa paciencia calculada que había heredado de quién sabe quién.

—Puedo esperar —anunció.

—Bien.

—Aquí.

—Ya veo.

Intenté volver a los documentos. Duré aproximadamente seis minutos antes de que el peso de su mirada se volviera clínicamente insoportable.

Cerré la carpeta.

—¿Adónde quieres ir?

Su cara cambió por completo.

—¿Al parque con el lago?

—Bien.

—¿Y podemos darle pan a los patos?

—Si encontramos pan.

—Hay pan en la cocina. Yo vi.

Por supuesto que ya había planeado todo.

Pasamos dos horas en el parque. Leni le dio pan a los patos con una seriedad y una metodología que superaba la de algunos de mis empleados. Cada trozo calculado, cada lanzamiento medido, asegurándose de que todos recibieran su parte equitativa.

—Ese de atrás no ha comido —me señaló.

—Los patos se organizan solos.

—Ese no. Ese necesita ayuda.

Se agachó y lanzó un trozo específicamente hacia el pato rezagado con una puntería sorprendente para alguien de cinco años.

El pato comió.

Leni me miró con una expresión que claramente decía ya ves.

No dije nada.

Caminamos por el sendero del lago después, ella tomada de mi mano y saltando cada tercer paso como si hubiera una regla invisible que solo ella conocía. Habló durante todo el trayecto de cosas que iba viendo: un perro muy grande, una señora con sombrero rojo, una nube que según ella tenía forma de cocodrilo aunque yo no vi ningún cocodrilo.

En algún punto dejé de escuchar las palabras y solo escuché el tono, ese ritmo constante y liviano que tenía su voz cuando estaba contenta.

Era un domingo. Tenía tres expedientes sin terminar.

No me importó tanto como debería.

De regreso en la mansión, Leni se quedó dormida en el auto antes de llegar. La cargué hasta adentro con esa lentitud que exige no despertar a alguien que pesa menos de lo que uno recuerda. La dejé en mi cama porque su cuarto quedaba al fondo del pasillo y estaba completamente dormida, con La Señora Pepita apretada bajo el brazo como si incluso inconsciente supiera que no podía soltarla.

La tapé.

Apagué la luz pequeña del buró.

Cerré la puerta con cuidado.

Pietro y Hugo llegaron cerca de las nueve. Rafael apareció diez minutos después. Los recibí en la sala de la planta baja, lejos del pasillo donde dormía Leni, y el mayordomo sirvió sin que nadie tuviera que pedirlo.

La conversación empezó donde siempre empieza cuando no hay trabajo de por medio.

—Camille me escribió —anunció Pietro.

—¿La del edificio de enfrente? —pregunté.

—La misma. Quiere tomar café la próxima semana.

—Un café —dijo Hugo—. Qué logro tan monumental.

—El sarcasmo no te va a conseguir ningún café, Hugo.

—No necesito cafés.

—Todos necesitan cafés. Algunos solo no lo saben todavía.

Hugo tomó su vaso sin responder. Pietro lo interpretó como victoria.

—¿Qué tan lejos llegaste con ella? —preguntó Hugo de repente, con esa curiosidad directa suya que aparecía sin aviso.

Pietro sonrió.

—Lo suficiente como para querer el café.

—Eso no dice nada.



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En el texto hay: enemiestolover, enemies to lovers.

Editado: 23.05.2026

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