Para empezar, su esposo estaba muerto.
Es una manera un tanto ruda de decirlo, pero no es sino la más cruda realidad que se estaba viviendo en esos momentos.
Una verdad tan dura, tan desagradable como cuando el sol está más intenso que aquellos días nublados. Por mucho que fingiera que lo que estaba ante sus ojos no estaba sucediendo, lo cierto es que ese hombre al que le había confiado su destino ya no respiraba. Por primera vez, Hazel Allen estaba petrificada y sin saber cómo reaccionar.
Desde que fue capaz de tener conciencia sobre sí misma, una verdad extraña se manifestó en ella: cada vez que dormía, podía saber lo que ocurriría en un futuro cercano. Podría resultar poco creíble decirlo con tanta casualidad, como si estuvieras bebiendo el té con tus amigas o invocando a tus difuntos parientes en familia, sin embargo, seguía siendo una verdad imposible de ignorar… o de revelar.
La primera pesadilla que recuerda haber tenido fue la de su madre estando a la espera de su hermano menor. Sucedió a sus seis años, y todavía recordaba aquella tarde en que, mientras intercambiaba las cabezas de sus muñecas, comentó en tono aburrido la existencia de un parásito en el estómago de su madre. Lady Allen, quien se encontraba leyendo el diario de su tía tatarabuela que fue perseguida en la Caza de Brujas de Pendle, bajó el libro y la observó con las cejas arqueadas por la impresión.
—Me parece que te has equivocado, mi pequeña calabaza —dijo entonces—. No me he tragado ninguno de esos parásitos que usan las mujeres para ser más bellas. No lo necesito.
Hazel, dejando una muñeca degollada de lado para mirarla, frunció el ceño y repitió:
—Madre, hay un parásito creciendo dentro de usted —señaló el estómago de la duquesa—. Nacerá, será una molestia y, para mi espanto, me llamará hermana. Me siento decepcionada. James ya es un fastidio, ¿por qué ha decidido torturarme con la llegada de otro mocoso?
El Duque de Bedford, Vladimir Allen, tras ingresar del jardín junto a su sudoroso primogénito después de una tarde entrenando en la esgrima, se mostró curioso por el gesto sorpresivo de su maravillosa esposa y la cara de desagrado del monstruito que señalaba a su madre.
—¿Qué sucede aquí?
Una gran sonrisa brotó de los labios rojos cual carmín de Morgana Allen, que de inmediato volteó hacia su esposo y le tendió una mano. Vladimir la besó sin más demora.
—Mi querido Vlad —dejó el libro de lado y posó la otra mano en su vientre. El duque entendió de inmediato lo que significaba—. Nuestra hija lo ha predicho, ¿entiendes lo que quiero decir?
—Oh, mi diosa vampiresa —la miró con fulgor—, ¿es cierto?
Morgana sonrió coqueta y, al responder, el duque la sostuvo por la nuca y le plantó el más apasionado beso, como si no la hubiera visto en años. La dama, por supuesto, no se negó ante tal muestra de afecto y se reclinó contra el respaldo del mueble para mayor comodidad. El pequeño James hizo una mueca de asco y cubrió los ojos de su hermana, pero Hazel estaba tan acostumbrada que simplemente ignoró a sus padres y siguió jugando con María Antonieta, una de sus muñecas preferidas.
—¿Qué…? ¿qué pasa aquí? ¿por qué celebran? —balbuceó James sin comprender, pero en cuanto sus padres hicieron oídos sordos, es que exclamó irritado— ¡Padre, madre, ya basta! ¡Hazel está aquí!
—A mí no me metas —replicó la niña, que colocaba la muñeca en su guillotina de juguete, ignorando a sus progenitores.
—James, no seas gruñón. Deberías ser como tu hermana —rio Vladimir que contento y chispeante, pasó por encima del desastre de juguetes torturados para alzar a su hija en brazos— ¡Así que tenemos una pequeña brujita en la familia! ¡Me siento tan orgulloso! ¡Nos has dado honor, calabacita!
—No me llame bruja —se quejó Hazel al mismo tiempo que Morgana aplaudía con orgullo.
James no daba crédito a lo que veía. Sus padres estaban tan locos que incluso lo volvían loco a él mismo y dudaba que algún día pudiese tener suficiente cordura como para ser considerado alguien normal por la sociedad o, al menos, para sus compañeros de Eton. Juró nunca casarse y, si lo hacía, se aseguraría de hacerlo con una dama tan normal como para ser una pareja respetada y no una de desquiciados como lo son sus padres.
Al preguntar por qué felicitaban a su hermana, es que su padre le contó la espeluznante noticia que lo hizo gritar molesto.
—¡No puede ser! ¡¿otro?! —cuestionó sin poder evitarlo— ¡¿Es que acaso son irresponsables?! ¡¿Cómo van a tener otro hijo en estas condiciones?! —dijo en un tono exagerado, como si olvidase que eran una de las familias más estables económicamente hablando. Vlad, impactado, dejó a su hija en el suelo, quien tenía la intención de buscar sus juguetes cuando James la sostuvo con firmeza por los hombros— ¡Dime que es una broma, Hazel! ¡Dime que es una maldita pesadilla! —la zarandeó desesperado.
Hazel lo empujó y arreglándose el vestido azul medianoche para estar impecable, tal como le enseñó su madre, respondió:
—Es una maldita pesadilla, James —su hermano palideció, más de lo que por sí ya era—. Ojalá fuera una broma. Habría sido divertido ver tu sufrimiento de haber sabido la cara de horror que pondrías, pero desgraciadamente es la verdad. En unos meses, tendremos un hermano.
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Editado: 28.02.2026