Londres, 1816.
Hazel volvió a soñar.
Era infame, era tan tortuoso y, por más increíble que pareciera, muy extraño. Esta vez ya no era solo que, gracias al beso robado de aquel caballero, un destino terrible se desataría si continuaba frecuentando a ese hombre a tal punto de casarse con él, sino que aquella muerte súbita sería en una persona muy especial para ella…, y esa persona, a quien nunca le había visto el rostro, por fin dejó enseñar cómo eran sus ojos: azules. Un azul atormentado que la perseguía mientras pedía por ayuda, porque ella pudiese hacer algo para detener el sangrado que lo hacía perder cada vez más la vida. Hazel no supo a quién pertenecía aquellos ojos; al principio pensaba que podría tratarse de un hombre, pero en cuanto aquella figura comenzó a distorsionarse hasta no saber si era un hombre o una mujer, es que temió que se tratara de su querida Casandra, pues era la única que poseía tal color en sus iris.
Como si le pesaran los párpados, muy apenas consiguió abrirlos para darse cuenta que el sol ya estaba en lo alto y que debía ser muy tarde como para continuar recostada en la cama. Su mano restregó uno de sus ojos con pereza. Tras una trágica boda —y que sospechaba que sería anulada por no haber sido consumada—, una vez su padre la tranquilizó al tirarle agua sobre el rostro, se encerró en su habitación sin permitir que nadie fuera a molestarla, por lo que se encontraba hecha un desastre: el horroroso vestido blanco ahora estaba arrugado y con manchas de tinta al haber escrito en un cuaderno lo sucedido con respecto a su pesadilla; su cabello de seguro debía estar enredado; y ni hablar de la pintura que llevaba en sus ojos, la cual era tan oscura que de seguro ahora daba miedo. Debía parecer una novia fantasmagórica en esos momentos.
Escuchó un siseo que la hizo voltear el rostro hacia el mueble donde yacía una jaula de vidrio. Obsidiana la saludaba como cada mañana y parecía ansiosa por moverse y comer. Sus ojos viraron hacia el reloj de la pared: era la hora en que soltaba a su serpiente para que fuera a cazar alguna rata que Sibila u Ofelia traería en cualquier minuto.
—Sólo espera un momento —murmuró apartando la mirada hacia el techo—. Aún no quiero moverme.
La serpiente siseó en respuesta, pero Hazel no le prestó atención.
Se sentía irritada, enfadada y tan cansada que ya no tenía energía ni para levantarse de la cama. Durante el año anterior, se dedicó a invertir su tiempo en buscar alguna idea que pudiese cambiar su destino, y parecía haber rendido sus frutos cuando conoció a Ian Crawford, quien pese haber sido alguien de lo más desubicado e irritable, descubrió que podría soportarlo cuando hicieron el trato en el que, una vez casados, ambos continuarían con sus vidas…; pero no dio resultado.
Crawford estaba muerto.
Y todo comenzó por culpa de esa noche, de aquel beso en el balcón…
Cerró una vez más sus ojos cuando un hormigueo comenzó a recorrerle el cuerpo desde la punta de sus dedos hasta sentirlos en sus labios, esos que fueron tocados por el único hombre quien una vez fue importante para ella. “Esto no puede estar pasando” se regañó “Se supone que él no es importante”.
El recuerdo de aquel beso que le había sido robado, ocurrido en la noche del primer concierto de Casandra, provocó que se sentara de manera precipitada en la cama. Apenas se filtraba un rayo de luz que ingresaba por la ventana, iluminando muy apenas aquella habitación de paredes y muebles pintados de negro, pero que dejaba apreciar aquel objeto que todavía seguía guardado donde lo había dejado hace unos años: en el estante donde exhibe su colección de botellitas de venenos, un libro olvidado se encontraba allí. Había llegado en conjunto con un libro de cuentos para no dormir que su madre le había regalado en aquel entonces —y que de seguro Lady Allen no se percató de ello—, pero aun así decidió leerlo a sus doce años.
Se trataba de un romance oscuro, de esos donde el protagonista, aquel Caballero Oscuro, lo daba todo de sí mismo por la dama por quien sus entrañas latían en su pecho al arder con pasión, con ese amor que te hacía desear arrancarte el corazón para dejar de sufrir y anhelar a ese amor imposible que nunca sería tuyo por más que lo intentaras. Era algo más trágico que esos romances que ahora están de moda, pero a una Hazel que apenas conocía el género, se le hizo de lo más melancólico y divino por ese entonces. Una lectura más de su vida. No obstante, todo cambió el día en que James trajo a un amigo para luego viajar juntos a Somerset a visitar al joven que sufrió el accidente por un incendio.
Tenía los ojos tan oscuros como su cabello y la piel pálida que contrastaba con aquella aura que llevaba consigo. Se veía misterioso, de mirada profunda pero que revelaba una herida en el alma. Él era exactamente como aquel Caballero Oscuro del libro, y Hazel se sintió tan extraña que no supo poner un nombre a esos sentimientos que despertaron en ella...; pero el embrujo no duró demasiado. Tan pronto se percató en que no era más que otro de esos jovencitos que creían que ella no era más que una bruja fea, juró que Eric Gallagher nunca volvería a tropezar en su camino más allá de ser el hermano de una de sus mejores amigas. Dejó al olvido aquel libro, consiguió vengarse y continuó con su vida como si nada hubiera sucedido.
Pero el idiota la besó. Lo arruinó todo tal como aquella visión que la llevaba meses torturando había predicho, y ella no pudo detenerlo.
De haber sabido que el Vizconde Ian Crawford moriría más pronto que un ratón, habría buscado otra manera de alejarse del marqués y de aquel fatal destino.
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Editado: 14.03.2026