Una Promesa entre Sombras (prejuicios #3)

CAPÍTULO 3

Londres, 1809.

Los pasos enérgicos y el jadeo desesperado de alguien agitado resonaban por los pasillos vacíos del segundo piso. Apenas había regresado de su internado en Eton, como solía hacer cada año, y no podía creer que había llegado en un mal momento como ese, pues desde que apenas se abrieron las puertas de la casa es que los gritos de una evidente discusión se escucharon de una manera imposible de ignorar.

Su madre nuevamente le pedía disculpas a su padre por la dificultad que padecía Lilian.

Pasando por el cuarto de la marquesa, que mantenía las puertas abiertas en su totalidad, vio a su madre llorar mientras suplicaba de rodillas ante el marqués que le gritaba improperios por no haberse desecho del estorbo de aquel hogar. Estuvo dispuesto a ingresar para detener aquel alboroto con grandes probabilidades de acabar mal, pero Frank, un mayordomo fiel al lord, se apareció tras suyo y le cerró la puerta justo cuando la discusión parecía ponerse más acalorada.

—Lo lamento, señorito Eric —dijo el hombre que había seguido al muchacho apenas lo vio llegar—. Pero el marqués ordenó que nadie se atreviera a interrumpirlo en este momento.

—¿De qué carajo me habla? —a esas alturas, ya no le importaba ser maleducado— ¡Mi madre…!

—Es una conversación privada entre el marqués y la marquesa —Frank endureció el gesto—. Su hermana, como siempre, ha enfadado a su padre. No lo haga usted también siendo que apenas está de regreso.

—¿Lilian…? —al recordar que su padre solía castigarla y que solo se calmaba cuando su hijo favorito regresaba del internado, se espantó tanto que creyó lo peor— ¿C-cómo está ella?

El mayordomo desvió la mirada y tal silencio solo le provocó aún más temor del que ya tenía. Como el hombre no se apartaba de allí, cual perro guardián del marqués, Eric no perdió tiempo y fue corriendo hasta la habitación de su hermanita. Del cuarto vio salir a Rose, la doncella y niñera de la señorita, con un gesto tan preocupado que ni siquiera lo notó llegar cuando ya se marchaba apresuradamente hacia la cocina, llevando consigo una bandeja con una jarra y varios retazos de tela. Pálido al ver en ellas unas pequeñas manchas rojas, es que no se molestó en tocar y tan solo abrió la puerta de manera abrupta. La alcoba estaba en penumbras, con la cama deshecha y apenas unos finos rayos solares que se colaban a través de las cortinas para iluminar la estancia. Avanzó unos pasos oyendo a alguien intentar sin éxito cubrir su sollozo, y cuando estuvo cerca del armario, se encontró en un rincón a su hermana que estaba en el suelo con las manos cubriendo su boca mientras lloraba, en un evidente gesto de horror apenas lo vio parado frente a ella.

—Lilian, con que aquí estás —intentó abrazarla, pero la niña chilló aterrada y se alejó arrastrándose sin quitarle la mirada de encima. El corazón de Eric se apretujó, impactado por la situación, y volvió a acercarse siendo cauteloso esta vez—. Lily, pequeña… Ya pasó, él no está aquí.

—V-ve… v-vete —tartamudeó la señorita Gallagher, de tan solo trece años, cubriéndose la boca al escucharse a sí misma. Eric se agachó con lentitud y cuando sus dedos tocaron la tela del vestido, es que Lilian volvió a gritar del más puro terror— ¡N-No! ¡Por f-f-favor n-no!

El joven, asustado por no saber qué hacer, se alejó y caminó de un lado a otro mientras la escuchaba sollozar. Al ver la puerta de la habitación abierta, la cerró para evitar a ojos curiosos fisgonear la escena. Se quedó un momento allí, con los ojos cerrados y contando hasta diez para intentar volver a acercarse a ella, sin embargo, una verdad que él por mucho tiempo quiso ignorar, se reveló ante sí apenas se cruzó con su propio reflejo en el espejo del tocador de Lilian: su cabello, sus facciones, sus ojos…

Él era la viva imagen de Thomas Gallagher.

Y por ello, su hermana estaba tan aterrada de él.

Con incomodidad, apartó sus ojos de su reflejo y volvió a agacharse con lentitud. Estando de cuclillas, le habló con dulzura haciéndole entender que él era Eric, no el marqués, consiguiendo que el sollozo poco a poco se detuviera; pese a esto, Lilian no le permitió abrazarla. No quería que la tocara ni que se acercara más, no cuando el rostro de su hermano le recordaba al de su padre y que, tal como el marqués, podría enfadarse. Eso sería una pesadilla que no estaba segura de soportar. Todavía recordaba la lección de esa tarde: debía leer un versículo de la Biblia, pero, como era de temer, no pudo ni decir la primera palabra de manera eficaz. Thomas Gallagher, hastiado con ella, no soportó escucharla por más de dos segundos cuando castigó sus manos con una regla de madera antes de ordenarle leer otra vez. Lilian lo intentó con todas sus fuerzas sin éxito alguno y el marqués, furioso por la hija tan estúpida que Annette decidió conservar, la agarró del cabello y con fuerza la golpeó una y otra vez en las pantorrillas hasta que la marquesa se apareció e intervino. El marqués, molesto por la intromisión, llevó a su mujer a la habitación y Rose cargó como pudo a la señorita para recostarla y hacerle unas curaciones.

Recordó que en ese momento deseó con todas sus fuerzas que su hermano volviera cuanto antes, aun sabiendo que se asustaría al ver el parecido con su padre, pero era el único que podía mantener la paz en aquel infierno.

No esperó que regresara más cambiado. Estaba más alto y con el cabello rebelde, más parecido al marqués de lo que incluso Eric podría soportar.




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