Londres, 1816.
A la hora del crepúsculo, y siendo la última sepultura del día, el funeral de Lord Ian Crawford se celebró como un evento dramático por parte de los Allen pese a que no se encontraban contentos con el hecho de encargarse del fallecido que tantos problemas les había traído en tan poco tiempo. Trajeron una pequeña banda que tocaron una melodía de lo más deprimente mientras los que asistieron sostenían una vela que daba un toque estremecedor ahora que cada vez se acercaba la noche a reemplazar aquel fatal día. Si alguien lo viese desde lejos sospecharía que aquello parecía un ritual y no un funeral como cualquier otro. Sin embargo, esta vez los Allen no dijeron ni realizaron gran cosa como ocurría en otras ocasiones: ni Vladimir ni Morgana se acercaron al ataúd a mostrar sus respetos; Charles resoplaba de aburrimiento preguntándose si aparecería algún espectro ahora que anochecía como relataban algunas leyendas urbanas; Casandra regañaba a James debido a que no paraba de consultar cuánto tiempo más faltaba para poder marcharse de allí; y Hazel tan solo miraba al frente bajo su velo oscuro que ocultaba su rostro, observando a cada persona que le daba sus últimas palabras al difunto vizconde.
Una de estas personas era la infame Marquesa de Winchester, que dejaba caer lágrimas a la vez que limpiaba su nariz con un pañuelo de una manera repugnante. Hazel jamás había compartido una conversación con esa anciana —no antes del juicio, al menos—, pero si recordaba haberla visto en reuniones que hacía la madre del vizconde, que había fallecido hace unos dos años por tuberculosis, por lo que no le extrañaba que fuera una de esas damas que se jactaban de su buena reputación y, por ende, solía mirar mal a cada persona que no estuviese a su altura. Le parecía irónico que incluso a ellos, los Allen, los incluyese en esa lista siendo que su padre era un duque, un rango mayor al de esa señora, y que aquel título muy pronto pertenecería a James, pero no le sorprendió. Desde que era pequeña, Hazel sabía que su familia no era muy querida en casi ninguna parte de Inglaterra, por no decir en todo el país.
—Usted no debió marcharse. No usted que ha sufrido mucho en esta vida —lloró la anciana hacia el ataúd, como si aquel hubiese sido su propio hijo—. ¿Qué será de su hermana cuando se entere? Oh, Dios, ¿por qué no has venido, Amanda? —una vez más, sonó su nariz con fuerza. Amanda Crawford, hermana menor del vizconde, había desaparecido del mapa en cuanto su esposo, el decrépito Conde de Portland, se la llevó a vivir a Cheshire, por lo que era en escasas ocasiones que la marquesa podía comunicarse con ella y aún más escasas eran esas veces en que recibía respuesta por parte de la joven, así que no podía entender cómo incluso en un momento tan importante como ese, el funeral de su hermano, fuese desplazado como algo tan poco relevante como para que ella no asistiera—. Al menos el hogar de los Crawford quedaría en buenas manos y no en las… de esa… mujer… —miró con molestia la figura de la joven viuda que estaba vestida de negro de pies a cabeza, sosteniendo una vela que iluminaba de manera tétrica su rostro y sin decir ninguna palabra para destacar el buen hombre que había sido el difunto vizconde. Sospechaba que esa bruja ni siquiera había llorado por la pérdida de su esposo, lo que la indignaba más al recordar que salió impune de todos los cargos en su contra y ahora estaba libre rondando por la ciudad como si nada hubiese sucedido.
La Marquesa de Winchester se limpió sus últimas lágrimas sin apartar sus ojos de esa Viuda Negra y se marchó sin siquiera dar sus condolencias. Solo esperaba que pudiesen encontrar a algún pariente cercano que pudiese heredar el título para que así Lady Crawford, aunque siga siendo la vizcondesa —a menos que anulen el enlace—, no pueda apoderarse de todo.
Hazel chasqueó la lengua con desprecio, ya no aguantaba ver las ridiculeces de esa anciana por una familia que, estaba segura, apenas se acordaba de ella. Ni siquiera recordaba que Ian la hubiese mencionado en algún momento.
—Esta será la última vez que hablaremos de ti —masculló irritada hacia el ataúd luego de que las personas se marcharan una vez quedaron completamente a oscuras. Algunos le dieron el pésame por cortesía, mientras que otros solo la ignoraban como la marquesa, pero la joven no se mostró vulnerable en ningún momento—. Descansa todo lo que quieras, querido, porque en cuanto me muera me encargaré de molestarte por el resto de la eternidad. Así que espero que esta sea la última vez que me traigas problemas —solo la vela que ella sostenía se apagó como respuesta, no obstante, lejos de asustarse, Hazel levantó las comisuras de sus labios en una mueca burlona dirigida hacia el que suponía era el espíritu de su difunto esposo—. Buen intento.
Se marchó para alcanzar a los demás y, en cuanto llegaron hacia donde estaban los carruajes esperándolos, Hazel sintió que alguien la detenía por el brazo. No se alteró ya que sabía que la única que lo hacía con tal delicadeza era Lilian y no Casandra, que acostumbraba a ser un poco más brusca debido a la energía que la caracterizaba. Volteó preguntándole qué sucedía, curiosa por saber que parecía inquietar a la joven como para estar jugando con los dedos sobre la falda de su vestido oscuro que ocultaba su vientre de varios meses de embarazo.
—Sé que no es momento para decirte esto, pero ya es tiempo que, con Andrew, volvamos a Somerset —le comentó nerviosa por no saber las reacciones de su amiga.
Hazel iba a responder con calma, pero Casandra, pese a estar más apartadas de ellos por estar con su nueva familia, padre y Lord Andrew, chilló de espanto por las palabras de Lilian.
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Editado: 04.04.2026