Somerset, 1816.
Cuando los Lethood por fin dieron señales de vida al enviar una carta a los Gallagher informándoles de su regreso a Bradley House e invitándolos un almuerzo familiar, Eric por fin se decidió a acercarse a su madre, ya que, debido a lo acontecido hace unos días, la dama continuaba herida por lo que trataba de evitar hablar con su hijo para no molestarlo. El marqués, como era de esperar, estaba tan avergonzado que prefirió otorgarle su espacio antes de ir a disculparse, aún con el temor de advertir nuevamente esa mirada de terror en los ojos de la marquesa.
Aquella mañana, un día un poco más frío que el anterior pese a los rayos de sol que tímidamente se asomaba entre las nubes, Eric terminó de alistarse con ayuda de un sirviente a quien designó como su ayuda de cámara, el joven Samuel, dejándolo ir apenas lo ayudó a sentarse en su silla de ruedas. Una vez a solas, miró hacia el cielo esperando que el clima no empeorara y con un suspiro para darse ánimos aquel día —como diariamente lo hacía—, tomó la carta de su mesa de noche dispuesto a salir de su habitación para reunirse con su madre.
—¿Qué? —habló con cierta brusquedad cuando escuchó el ladrido del perro. El bulldog, desde la cama oscura que Eric mandó a traer para el animalito, lo miraba con las orejas bien paradas, como si estuviese pidiendo explicaciones del por qué su dueño se marchaba sin él—. ¿No que estabas durmiendo? No molestes, solo voy a comer algo.
Iba a marcharse, pero el perro volvió a ladrar. Eric suspiró y, mirándolo, solo hizo un movimiento de cabeza accediendo a que el bulldog lo siguiera. Este obedeció de inmediato, saliendo de la habitación antes que su dueño.
—Después de usted, su majestad —mencionó con sarcasmo viéndolo caminar con una ligera cojera por el pasillo—. Alguien que sea tan amable y me de paciencia —pidió continuando con su camino, aunque una ligera y casi imperceptible sonrisa apareció en su rostro al recordar que el día anterior, cuando se encontraba tan mal por lo sucedido, se sintió reconfortado cuando el perrito se volvió a acercar a él como si lo hubiese perdonado, por lo que Eric dejó de ignorarlo y se la pasó jugando en el jardín lanzando la pelota favorita del can.
No se había dado cuenta que necesitaba ese momento de paz hasta que el bulldog, quien no gustaba de estar con otras personas que no fuese él, volvió a aparecer y a desear su compañía.
No obstante, era cierto que aún no le encontraba un nombre y que todavía dudaba en si sería buen dueño ya que apenas estaba aprendiendo a cuidar de un animal. Es más, se preguntaba si realmente lo estaba cuidando cómo se debía ya que muy apenas interactuaba con su mascota. Tenía pensado hablar sobre aquel tema con Andrew ahora que lo iba a visitar, pues, al contrario que él, su amigo si tenía experiencia con los animales y era probable que aceptaran al bulldog si Eric consideraba que no estaba capacitado para ello. Al menos con Andrew sabía que el bulldog estaría protegido.
Al llegar al comedor, lo primero que vio fue a su madre desayunando sola con una lentitud que de inmediato supo que la mujer continuaba sin ánimo, algo no extraño considerando la manera en la que él, erróneamente, se había comportado hace un par de días.
—Buenos días, mamá —saludó manejando su silla hasta posicionarse en la cabecera de la mesa.
Annette lo miró de reojo y, con una cucharita, continuó removiendo el té antes de dar un pequeño sorbo.
—Mi lord, buenos días —el tono de la dama le indicaba que todavía pretendía mantener la distancia, algo que le provocó una punzada de culpabilidad—. ¿Su humor permite sostener una conversación o debo retirarme como la última vez?
El bochorno causó que las mejillas de Eric enrojecieran. Sí que había lastimado a su madre.
—Lo lamento —se disculpó con sinceridad—. Sé que mi comportamiento no fue el adecuado y no hay excusa que pueda justificarlo, sin embargo, he de confesar que…, que aun me cuesta aceptar mi realidad. Aquel día por un instante me olvidé que ya no puedo caminar, por ello caí de manera tan absurda —se mordió la mejilla por un segundos antes de alzar la mirada hacia la mujer que le dio la vida—. Madre…, le ruego que me disculpe por tan deshonroso comportamiento. Usted no tenía nada que ver con mi enfado.
La marquesa pensó en las palabras de su hijo y suspiró con pesadez dejando la cucharita de lado, debatiéndose en si debía o no continuar la conversación hacia aquel tema en particular. Sus ojos volvieron hacia su hijo y al percatarse de aquella mirada devastadora, sin esperanza alguna, sin ese brillo que antes poseía, le dio a entender que ella debía hablar aunque a él no le gustara. Tenía que animarlo, tenía que hacerle entender que la vida no se estancaba, que podía seguir pese a todo, pero…
—Eric, las cosas no pueden continuar así. Tienes una vida por delante, no puedes dejar que lo sucedido en la guerra te persiga para siempre.
…Pero al pronunciar esas palabras, Annette se sintió la mujer más hipócrita de Inglaterra. Le daba consejos a su hijo cuando ni siquiera ella podía olvidar su desastroso matrimonio y aun mantenía pesadillas de Thomas usándola una y otra vez. ¿Cómo una mujer lastimada a tal punto en que no podía ni aceptar los sentimientos de otro hombre podía hacerse la valiente, fingir una sonrisa, todo con tal de animar a su hijo que cada día caía en la tristeza?
Al no oír respuesta, se preguntó si fue demasiado en hacerle aquella sugerencia. Un presentimiento le decía que algo malo debió sucederle, porque estaba segura que el perder la pierna no pudo haberlo dejado en tal estado depresivo. Era una sensación que no se le iba y que crecía cada día en que lo veía más amargado, más callado y reservado, pero Eric nunca hablaba. Nunca deseaba contar más de lo que ya de por sí se sabía.
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Editado: 04.04.2026