Debido a una inesperada tormenta que arruinó el paseo de los Lethood y obligó a los Gallagher a quedarse hasta nuevo aviso, Eric comenzó a crear una nueva rutina para mantener su mente ocupada. Como no se encontraba en su casa, no podía encargarse de sus asuntos requeridos como marqués —aunque sabía que su administrador de confianza le ayudaría con ello—, por lo tanto, pasó sus tardes y noches con la compañía de Andrew, su madre y hermana, hasta que sentía que debía tomar un respiro y alejarse para estar solo por unas horas. Cuando eso sucedía, era el momento en que se animaba a recorrer la biblioteca para admirar la cantidad excesiva de libros variados que poseían, entre ellos, sobre Astronomía.
Nunca fue un hombre de lecturas, no hasta que descubrió que eso podía ayudar a olvidarse de sus problemas, por lo que comenzó a adquirir varios tomos de distintos temas en los que destacaba: economía, ciencias, historia universal, filosofía, algunas estrategias de juego como el ajedrez o esgrima y, como novelas, las historias de Lilian. Sin embargo, nunca se había interesado por saber qué había más allá de las estrellas hasta que, por aburrimiento, le pidió a un sirviente que sacara un libro al azar que estaba en una estantería alta y entonces descubrió un mundo nuevo.
Junto a la chimenea de la biblioteca, Eric se pasaba la mayor parte del tiempo aprendiendo sobre los asteroides recién descubiertos como Juno en 1804; los distintos planetas más cercanos a la Tierra: Mercurio, Venus, Marte, Júpiter, Saturno y Urano; o sobre las distintas constelaciones que adornaban los cielos cada noche. Pronto se sorprendió cuando le nació el deseo de tener un telescopio para admirar el cielo y aquel universo desconocido para él. Fue cuando se dio cuenta del por qué le gustaba tanto admirar las estrellas en esos momentos en que necesitaba un poco de calma, era una decepción que el mal clima le impidiese visualizar esas pequeñas luces parpadeantes que ahora estaban cubiertas por las nubes.
Como la tormenta aún no se marchaba, sus días en aquella casa pasaban así: acompañaba a Lilian en sus prácticas de piano, sintiéndose orgulloso por sus logros; leía un libro mientras su madre se sentaba a su lado para bordar en el salón; jugaba un poco con el pequeño Anthony e incluso estaba aprendiendo a pasar tiempo con el bulldog que lo acompañaba a todas partes. Esa tarde, sin embargo, ya sentía que la monotonía lo estaba amargando otra vez cuando Andrew, una vez más, perdió en el ajedrez. Suspiró, y al alzar la mirada se encontró con la pequeña colección de 4 espadas de esgrima que con James le regalaron a Andrew en esos días donde aún podían combatir un duelo a modo de diversión.
—¿Te gustaría un duelo como en los viejos tiempos? —la pregunta de Andrew provocó que lo mirase mal.
—Oh, por supuesto, sólo deja que me levante y te de una paliza con mi pierna inexistente —respondió con sarcasmo a lo que el duque suspiró y se encaminó a su escritorio para buscar su cuaderno de bocetos y carboncillos.
—Podrías hacerlo —respondió para sorpresa de Eric—. Pero eso depende de tí y de tus ganas de vivir.
El escuchar el tono de Andrew, como si ya estuviera cansado, y notar su desinterés en el tema al verlo apartarse de su lado para comenzar a dibujar, provocó un vacío en el estómago del marqués. Sabía que esto iba a pasar algún día, que las personas a su alrededor se aburrirían de él, pero, aunque Eric sabía que se lo merecía, le dolía de igual manera. Apartó la mirada, volviendo a sentirse como un estorbo mientras se cuestionaba si valía la pena desear que las cosas nunca hubieran sucedido como pasó para así recuperar sus ganas de vivir, cuando lo cierto era que cada vez sentía que se hundía en un pozo que le decía que no volver a despertar era la mejor opción.
—... ¿Qué fue lo que realmente pasó, Eric? —al no oírlo más, Andrew alzó la mirada del papel para encontrarse a su amigo nuevamente perdido en sus pensamientos. El duque se debatió en sí mantener su infinita paciencia con él o en si debería hacerlo hablar de una vez por todas. Al desear ver un progreso en su amigo, es que decidió brindarle la confianza para que Eric pudiera desahogarse—. No quiero que me mientas. Sé que pasó algo en la guerra luego de que me marchara, algo que te pesa en el alma y no se trata sobre lo sucedido con tu pierna.
Eric quiso reír. Andrew podía ser tímido con las mujeres o con cualquiera que lo mirara fijamente preguntándose qué ocultaba bajo la máscara que cubría medio rostro, pero cuando se trataba de conversaciones serías, era el más observador… y podría ser el más comprensivo si lo que Eric mantenía en secreto no fuera algo grave. Tan grave que lo consumía por dentro…
—Tienes razón. Sí sucedió algo —para su sorpresa, le confirmó al duque su pesar. No sabía si era por desear quitarse ese peso que lo hundía en la miseria, pero aunque no confesaría su verdad, si le dio un indicio a Andrew que hubo algo más durante esos días de pelea—. Fue terrible…, y no tengo perdón de ello.
Incluso, a veces, se imaginaba que ni siquiera James le perdonaba el obligarlo a embalsamar el cuerpo de su padre para poder llevarlo de regreso a Londres. Le aliviaba saber que, mientras él deseaba vomitar al recordar aquel día, el pelirrojo todavía le hablaba y no contaba su secreto. Esperaba que su esposa, Casandra, lo hubiese hecho olvidar de tal crimen cometido, porque no sabía qué haría si un día James le recriminaba por todo y confesaba lo que había hecho… ¿sería finalmente abandonado? ¿Sería ese el punto en que se habría convertido en un monstruo de peor calaña que Thomas Gallagher?... ¿o ya se había convertido en ese monstruo?
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Editado: 04.04.2026