Londres, 1818.
Pese a que ya han transcurrido dos años desde el fatal acontecimiento sucedido en la residencia de la familia Allen, lo cierto es que aún perduraban personas que juzgaban tal tragedia y continuaban esparciendo un rumor que provocaba que ningún hombre, en su sano juicio, pretendiera a la Viuda Vizcondesa de Hereford, aun cuando las riquezas de la joven pudiesen ser la tentación para cualquier posible candidato. La verdad absoluta de tal asunto, es que nadie quería morir gracias a la mala suerte que cargaba Lady Crawford, que bastó con una sola vez que se casara para demostrar que no estaba hecha para el matrimonio como cualquier dama en su posición debería haber estado.
Lo insólito es que, aún cuando estuvo de luto, la joven caminaba por las calles exhibiendo sus atuendos negros con una descarada dignidad que desencadenaba la duda sobre si alguna vez tuvo afecto por el difunto vizconde como había afirmado durante el juicio, puesto que no parecía lamentar la muerte, sino celebrar que por fin podía utilizar aquellas prendas que, no solo eran exclusivas para el luto, sino que además eran de un diseño tan innovador como seductor.
Era una descarada. Una inmoral descarada.
“La peor de todas las mujeres”, era lo que muchos afirmaban cada vez que la observaban, como en ese momento, que en conjunto con la Sra. Allen, estaban sentadas en una cafetería como quien hubiese asistido a una salida casual sin importarle nada más.
—Esto se está convirtiendo en algo engorroso —mencionó Casandra con incomodidad al sentirse observada.
Hazel le dio la razón. Ambas habían acordado reunirse aquel día con Lilian en un agradable lugar para conversar, ahora que su querida amiga había regresado del campo, pero mientras esperaban a que la duquesa apareciera en el local, nadie se les había acercado en toda la hora que llevaban allí sentadas para tomarles el pedido. Parecían una exhibición para aquellos que osaban ignorarlas como si les hubiesen hecho algo que causara esa actitud tan descortés. Le parecía una situación inaudita, si Hazel hiciera hincapié en la posición social a las que ambas pertenecían: ella como la hija de un duque y su amiga como la esposa del heredero al ducado de Bedford, convirtiéndola así en una futura duquesa como lo era Lilian. Sin embargo, de alguna manera estaban acostumbradas: Casandra, si bien estaba en constantes reuniones con la cantante Charlotte para participar en un concierto como pianista, todavía seguía siendo mal vista debido a su ceguera; y pese a que existieron algunos escándalos durante el año anterior, Hazel no podía zafarse del suyo pese a que ya había ocurrido hace un par de años.
En eso, arqueó una ceja al escuchar a la rubia reírse de una manera que rozaba la histeria.
—¿Y ahora qué sucede? —preguntó desconcertada.
—Es que es evidente que Lilian no llegará a nuestra cita —se rio Casandra debido a los nervios— ¿por qué mejor no nos retiramos? Tal vez a ella le surgió un percance y no tuvo tiempo de avisarnos.
La pelirroja suspiró cansada y volvió a escrutar con la mirada al resto de los clientes que las observaban con disimulo y murmuraban entre sí. No era una situación que la dejara histérica de los nervios como le sucedía a Casandra, pero si creyó que una salida con sus amigas sería mucho más agradable de lo que estaba siendo hasta el momento.
—Esperemos unos diez minutos. Ya no es propio de ella faltar a una de nuestras reuniones como lo era hace unos años, por lo que debe tener buena explicación para el retraso —dijo Hazel a lo que la rubia asintió mordiéndose la mejilla para no reír de los nervios—. Diez minutos… —susurró de nuevo, esta vez para darse paciencia a sí misma.
Cruzó miradas con una jovencita que atendía unas mesas, quien se sobresaltó y regresó a la cocina volviendo a ignorarla una vez más. Entrecerró los ojos, pero no mencionó nada. La realidad de las cosas, es que Hazel ya estaba bastante hastiada de aquella actitud miedosa —y ridícula— que la gente mantenía con respecto a los Allen o, más específicamente, a ella en particular.
Hazel siempre supo que al salir de aquel tribunal, sin importar el resultado de aquel juicio, sería castigada de igual manera. Aunque no pensó que perduraría por bastante tiempo.
No era su culpa lo que le sucedió a Ian. No era su culpa el haber aceptado ser su esposa cuando se supone que era lo que se debía hacer en dicha sociedad, pero tal parecía que todavía existían personas que estaban del lado de la Marquesa de Winchester y creían que el resultado del juicio debió haber sido otro, por lo que en venganza se inventaron aquel rumor que la convirtió en una completa villana de la que cualquier hombre debería escapar para no morir en sus manos.
Era una estupidez. Una completa estupidez.
Y todo por haber querido con todas sus fuerzas desviar el curso de aquella visión de la que, por fortuna, llevaba descansando al menos tres meses. Era un hecho: sería una bruja, viuda o lo que quisieran, pero si aquella pesadilla había abandonado su atormentada mente por las noches, es porque al menos lo sucedido logró alejar para siempre a Lord Gallagher de la ecuación. Y con ello, cualquier posibilidad de que Casandra, la persona poseedora de esos ojos azules, fuera aquella que moriría por su culpa.
No le importaba que el mundo la odiara si con ello podía mantener a su amiga a salvo. Y aunque no se manchó las manos con deshacerse de Crawford, soportaría las malas lenguas en su contra si con ello había desaparecido por fin de su mente aquellas visiones que tanto la habían torturado.
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Editado: 18.04.2026