Una Promesa entre Sombras (prejuicios #3)

CAPÍTULO 9

Llegó el día en que las campanas resonaban sin parar en aquella iglesia que encierra a toda alma que se acercó para presenciar el tan esperado acontecimiento de la temporada: el de un marqués lisiado que apenas podía mantenerse de pie con ayuda de una prótesis y el de la conocida bruja que, hasta hace poco, no había sido más que la viuda que traía la mala suerte sobre sus hombros por perder a cada hombre que decidiera contraer matrimonio con aquella joven, ¡Dios salve al Marqués de Bristol y lo libere de toda desgracia!

O eso era lo que los rumores manifestaban.

Lo cierto es que a Hazel no le quedaba de otra que hacer oídos sordos y verlo a él. Nada más que a él. Y no era que decidiera ignorar a los chismosos que se colaron en la celebración, sino que literalmente ella no podía dejar de verlo. Con su rostro pálido, una rosa roja en su pecho que contrastaba con un traje que combinaba con su vestido, y sus labios finos profesando una promesa en medio de sus votos sin apartar en ningún momento sus oscuros ojos de los suyos, sostuvo entre sus firmes y largos dedos el anillo más hermoso que ella hubiera visto jamás: una joya de plata ennegrecida cuyo diseño evoca alas de murciélago desplegadas, abrazando una gema roja en forma de lágrima que capturaba la luz tenue del lugar, desprendiendo destellos de un precioso tono escarlata muy propio de su estilo.

Deslizando el anillo por el dedo de la que se convertiría en su marquesa, Lord Gallagher selló aquel juramento como un pacto que iba desde lo más profundo de su ser. Entreabrió los labios, deseoso por decirle cualquier cosa, pero la emoción que sentía en su pecho lo mantenía tan abrumado que no pudo hacer más que callar y acariciar la fina y delicada mano de la que era, ahora, su esposa. Y a través de ese contacto, bajo la mirada de los presentes, le hizo saber que él iba muy enserio con aquel matrimonio: era una promesa que la protegería de aquel infernal mundo que se había desquitado con ella sin siquiera conocerla, esperando que el amor floreciera en medio de esa oscuridad que los hacía ocultar demasiados secretos delicados como para ser revelados.

Era un hecho: Hazel cayó en el embrujo de aquel Caballero Oscuro, que no supo cómo no pudo desistir de casarse con él. Lo cierto es que Eric Gallagher tenía la mirada más hechizante que ella hubiera visto, una que guardaba historias difíciles de narrar tras sus ojos tristes, pero que le atraía junto a ese encanto misterioso que él desprendía, ¿cómo es que todavía podía ser como aquella jovencita ilusa de antaño que deseaba huir para resistir a esa oscura atracción? ¿cómo es que pudo mentirse a sí misma con que aquel hombre no le causaba nada?... ¿Era realmente tan aburrido y desabrido cómo lo había descrito en todo ese tiempo?

El poder de una mirada… ¿cómo decirle a su corazón delator que se detuviera cuando parecía ser que algo los conectaba sin mencionar ni una sola palabra?

Sin apartar sus ojos de los suyos, el marqués alzó la mano de su esposa y posó su boca en el dorso, en un beso tan ardiente que ella, inconscientemente, rozó con sus dientes su labio inferior en un gesto que el hombre sólo pensó que en cualquier momento esa pelirroja endiablada lo devoraría, y no estaba seguro de poner resistencia de su parte.

Los aplausos no se hicieron esperar, y solo fue entonces que Hazel consiguió la manera de salir de aquella extraña burbuja en donde no existía nadie más. Se encontró con sus invitados, quienes le daban sus felicitaciones y la aceptaban como la nueva Marquesa de Bristol, por lo que, junto a Eric, se vieron obligados a realizar una pequeña reverencia como un agradecimiento por asistir a la ceremonia.

Sin embargo, al alzar la mirada, algo cambió.

Ya no había iglesia, ni boda, ni invitados, ni siquiera estaba Lord Gallagher a su lado; en su lugar, el ambiente había sido reemplazado por el de una pequeña casa maltrecha de madera, con un pequeño pasillo que dirigía a tres puertas, estando dos de ellas abiertas: en la que se encontraba de pie y otro a final del corredor. Por la oscuridad del lugar y por el silencio abrumador, se dio cuenta que estaba en pleno campo en medio de la noche, o tal vez en un bosque, no importaba demasiado porque de todas maneras Hazel experimentaría el peor terror de su vida.

Con una vasija en manos y temblorosa hasta la muerte, trató de caminar con el cuidado de no provocar tanto ruido, atenta a cualquier peligro que existiera. El sonido parecido al de un machete golpeando contra una mesa en la planta de abajo la detuvo y le provocó cubrir su boca con una mano, aterrada por si el jadeo o el latido de su corazón fuera suficiente para alertar al quien sea que se encontrara en el primer piso. Miró a sus espaldas y, al no visualizar a nadie, continuó arrastrando sus pies hasta que por fin cruzó el pasillo y llegó a la tercera habitación.

Allí, Hazel pudo visualizar a dos siluetas que estaban acurrucadas en un rincón. Ignorando los ruidos de machetazos lo mejor que podía, avanzó hasta que pudo inclinarse para llegar a la altura de la silueta mayor, a quien apenas podía distinguir debido a la oscuridad, sin embargo, apenas tocó su hombro y esta se exaltó por el susto, es que pudo observar un par de ojos azules que lloraban… y que ella conocía muy bien.

—No despierta —susurró la silueta, señalando a la persona que sostenía entre sus brazos.

Hazel, temblorosa y demasiado nerviosa como para hablar correctamente, alzó un dedo para posarlo sobre sus labios a modo de silencio antes de, con cuidado, mover la pequeña silueta. Este, apenas percibió el movimiento, soltó un diminuto quejido y, asustado, se removió casi con brusquedad porque no deseaba que lo tocaran. Odiaba que lo hicieran, sobre todo personas que le eran desconocidas.




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