Una Promesa entre Sombras (prejuicios #3)

CAPÍTULO 10

Antes que todo, de haber alguna lectora que ya es madre, me gustaría desearles un felíz día en este día especial, aunque a decir verdad se les debería celebrar y consentir todos los días porque ustedes dan todo de sí y eso debemos valorarlo. Por esto mismo hoy publico hasta ahora el capítulo, ya que estuve casi todo el día con mi mamá (además que en la semana se me fue la luz por culpa de la lluvia y no pude avanzar); así que también les pido disculpas por la tardanza, pero aquí estamos.

Debo informar que en este capítulo probablemente noten algunas cositas con respecto a un personaje y a cómo es percibido por otros, pero debemos recordar que es 1818 y en ese año NO existía un concepto como tal para poder describirlo. De hecho se miraba bastante mal en la sociedad al punto de ser denigrado (pasaba lo mismo con discapacidades como la ceguera, por ejemplo. Recordemos que los abuelos maternos de Cass querían deshacerse de ella por esto mismo). Por esto los mantengo al tanto. No mencionaré a qué me refiero para no dar spoilers y puedan leer con tranquilidad, pero es para que tengan en cuenta ese detalle.

Lo que sí les diré es que cuando lean “muerte blanca”, se refiere a la Tuberculosis. Esta enfermedad tampoco tenía ese nombre en aquel entonces, pero se le conocía como “muerte blanca”. tisis, peste blanca…, entre otros. El término Tuberculosis recién apareció alrededor de 1832 y 1834.

Dicho todo esto, me disculpo una vez más por la tardanza y espero que puedan disfrutar el capítulo, porque el siguiente se viene bueno ^^

¡Besos!

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El que Hazel Allen no hubiera sido la primera esposa de Lord Ian Crawford, era un hecho de conocimiento público que cualquier persona que haya conocido al vizconde en vida, podría confirmarlo.

Retrocediendo varios años, podemos deducir que la vida de la familia Crawford nunca fue ni sería del todo fácil, pues pese a mantener una reputación intachable en la sociedad, las imperfecciones poco a poco comenzaron a surgir revelando una verdad de lo más incómoda. El matrimonio Crawford fue uno de los tantos enlaces que se concretaban por negocios y no por el amor, por lo que su convivencia se basó en la frialdad y cierta hostilidad hasta que por fin pudieron dar a luz al heredero al vizcondado, aquel que poseería el nombre de “Ian”. No satisfecho con ello, el padre decidió que un segundo hijo podría asegurar aún más el linaje de la familia, sin embargo, era tan repugnante yacer con la mujer con la que se había casado que, tan pronto descubrió que no llegaría el segundo niño sino una muchachita que probablemente sería tan caprichosa como tonta, desistió de seguir intentándolo y decidió que el cuidar de Ian sería una prioridad, pues en él caería la responsabilidad de llevar el vizcondado en un futuro.

Así pues, mientras el padre comenzó a refugiarse en el alcohol y en las apuestas a las que jugaba en el club de caballeros, la madre era quien se encargaba de inculcar a sus hijos la importancia de mantener las apariencias, exigiendo modales de una manera tan estricta que a veces no dejaba paso para la humildad, por lo que era de esperar que su hija Amanda sería una jovencita arrogante y que el joven Ian diera miradas de desprecio a cualquier persona a quien consideraba por debajo de su nivel, lo que se complementaba con las compras compulsivas que la madre de ambos muchachos realizaba sin limitarse para tener algo de qué presumir en las reuniones de sociedad.

No importaba nada cuando su esposo poseía buena fortuna. Sin embargo, nunca pensó que llegaría una noche tormentosa en 1809 en la que su peor pesadilla se presentaría: en el despacho de la residencia, el padre de familia se había ahorcado a un lado del escritorio donde se encontraban diversos documentos que demostraban la inmensa deuda que él les había dejado. Era un hecho: Los Crawford habían quedado en bancarrota.

Fue entonces que, en ese mismo año, la madre obligó a su primogénito, que ya había cumplido los veinte, a casarse lo antes posible con la mejor candidata de aquel entonces: Felicia Seymour, una debutante que era hija de unos vizcondes quienes poseían buena fortuna y habían accedido ayudar a los Crawford sí, a cambio, les otorgaban algunas propiedades. Cuando los detalles del negocio se hubo concretado, la madre se mostró muy satisfecha en el momento en que su hijo unió su vida a la señorita Seymour, que no se percató sino hasta que fue tarde que la joven poseía una salud demasiado delicada que la perjudicaría en un futuro cercano y, con ello, nuevamente a las finanzas de su familia.

Ian y Felicia se casaron a finales de 1809 y, un año más tarde, concibieron a su primer y único hijo: Victor Crawford. No obstante, el matrimonio, que apenas se estaba llevando de manera cordial, terminó en el mismo instante en que la dama otorgó su vida para salvar a su pequeño retoño a costa de lo que su marido había decidido. A partir de entonces, y con la muerte de su esposa tras dar a luz, Ian se vio obligado a criar por su propia cuenta a ese hijo que comenzó a rechazar de manera abrupta y que, para variar, era su heredero.

Así fue como transcurrieron cuatro años cuando, en eso, tragedia tras tragedia sucedieron sin parar: después de lograr casar a su hermana Amanda con el anciano Conde de Portland, Lord Russell, que le ofreció unos excelentes negocios, recibió la mala noticia de que los Seymour, padres de Felicia, se mudarían a la India y que no deseaban continuar manteniendo relaciones con los Crawford. Ian intentó convencerlos utilizando a su hijo, pero los Seymour habían sido firmes en su decisión: aquel niño mudo y de tan extraño comportamiento que roza lo vergonzoso, nunca pertenecería a la familia, por lo que no podría ser hijo de Felicia ni, por lo tanto, un Seymour.




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