Una Promesa entre Sombras (prejuicios #3)

CAPÍTULO 11

ADVERTENCIA: Hay una parte un poquito… iuh. Prepárense.

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Apenas concretaron los detalles sobre lo que sucedería con la casa de los Crawford y luego de que Vladimir examinara el libro de contabilidad para aconsejar a Hazel, la joven despidió a poco más de la mitad de empleados para reducir los costos y poder contratar a arquitectos que lograsen reparar la propiedad para trabajarla, todo de acuerdo a lo que le había comentado al mayordomo con anterioridad. El hombre, sin más remedio, tuvo que obedecer a entregarle informes sobre los avances de la obra en cuanto comenzara; por ahora, al menos, estaba agradecido de que la dama no fingiera demencia y abandonase al pequeño, sino que velaba por su futuro aún cuando, quizás, no le correspondía.

—Señorito Victor, por favor, no arme un escándalo —suplicó un avergonzado Gregory en cuanto el niño, espantado por la idea de un cambio tan drástico, se aferró a su pierna—. Ellos son la familia Allen, su familia a partir de ahora. Velarán por usted.

—Ya debemos marchar a casa —insistió Hazel con impaciencia, demostrándolo al cruzar sus brazos y golpeteando el suelo con su zapato—. Mocoso, sé que debemos dar miedo, pero no es para tanto. No te hemos levantado la mano ni tampoco la voz, así que deja el berrinche de lado.

—Mi nombre no es mocoso —señaló un Victor que no pensaba en soltarse del mayordomo.

Hazel cerró los ojos con brevedad y respiró profundamente para poder recuperar su paciencia. Lo cierto es que estaba demasiado cansada con la acumulación de todos sus problemas que no podía, siquiera, seguir soportando el ruido en exceso, por lo que no contestó al comentario y tan sólo masajeó su sien mientras contaba hasta diez, pero ni con ello se relajaba.

Sus padres, quienes se habían mantenido al margen del escándalo que el niño armó tan pronto descubrió que no volvería a la habitación, sino que se mudaría de casa, compartieron una mirada con extrañeza y luego, al ver que su hija ya no daba para más por toda la carga que llevaba en sus hombros, decidieron intervenir. Mientras Lord Allen se acercó a Hazel para darle unas palmadas en la espalda que pudieran relajarla, Lady Allen se adelantó hasta donde se encontraba el mayordomo y el pequeño.

—Mi hija no nos presentó apropiadamente, tan sólo nos comentó tu nombre —dijo mientras se agachaba para quedar a la altura del niño—. Yo soy Morgana Allen, esposa de Vladimir Allen, y somos los padres de Hazel, tú… aparente madrastra —carraspeó igual de incómoda por el concepto—. Y, por ese detalle, es importante que vengas con nosotros a nuestra casa donde podrás crecer con tranquilidad… Quizás —sonrió—. ¿Será que puede acompañarnos?

Victor no respondió. En cambio, se fijó en los detalles del vestido negro y en los largos y delgados dedos de la dama que se le hacían demasiado finas y elegantes, levantando poco a poco su mirada hasta que descubrió un mechón de cabello anaranjado un poco más claro que el de la dama más joven. Esta vez se dejó llevar por su curiosidad, por lo que alzó una mano y tocó el mechón sintiendo la suavidad de la fibra capilar que poseía aquel extraño color. Morgana arqueó muy apenas sus cejas y lo observó con perspicacia, dejando que él saciara el fisgoneo hacia su cabello y broches de escorpión que lo decoraban. Aunque Victor no se atrevió a mirar sus ojos, sí detalló en otros aspectos de la dama como en sus labios rojos cual carmín, pómulos pronunciados sin rubor alguno, cejas delgadas y anaranjadas, en la tez tan pálida como la suya y… lo que más le llamó la atención: sobre el puente de la nariz de Morgana Allen habían pequeñas manchas que parecían una constelación en la mente de aquel niño, quien no pudo evitar jadear de la impresión y apartar su mano sin saber si era momento para hablar de aquel tema en particular, puesto que recordó que la Sra. Gertrude, la ama de llaves, le advirtió sobre lo molesto y poco apropiado que podría ser para una conversación.

Pero la dama tenía constelaciones en su rostro, un conjunto de estrellas que se le hacía de lo más interesante y bonito, ¿cómo era posible que una persona pudiera poseer tanta suerte?

No pudo evitarlo. Tuvo que pellizcarse las manos y morder su lengua para tratar de esconder la emoción por tal descubrimiento.

—Interesante… —murmuró Lady Allen tras observar su reacción—. Es un alivio que nos aprobara, jovencito —al levantarse y examinarlo por un segundo más, sintió que, por alguna razón, sería buena idea prevenirlo de lo que se encontraría una vez llegar a casa para evitar otro arrebato como el de hace unos minutos—. Tal vez deba prepararse para conocer a mis otros dos hijos y a mi querida nuera. Vivimos aún con ellos, además se encuentra su perro y nuestra amada Obsidiana, la mascota de Hazel. Te encantará.

—Y tenemos un amplio jardín donde podrá tocar el césped, muchacho —comentó Vlad entrecerrando sus ojos al notar, al igual que su esposa, esos gestos extraños y sutiles del niño. Pronto se percató de que a Victor no le llamaba la atención la existencia de un jardín, por lo que recurrió a otra táctica—. A veces mi hijo mayor encuentra insectos para su laboratorio, ¿no le gustaría conocerlo? Tiene una amplia variedad de libros científicos, aunque constantemente tiene que proteger sus bichos de Obsidiana… ¿mi esposa le ha comentado que es una serpiente?

—... Eso es imposible —decretó Victor, quien ya se había alejado un par de pasos del mayordomo—. Las personas no pueden criar a una serpiente como mascota. Leí que son muy peligrosas y aterradoras.




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