Una Promesa entre Sombras (prejuicios #3)

CAPÍTULO 14

Somerset, 1818

La noticia se difundió tan rápido que, en menos de una semana, toda la sociedad se encontraba hablando sobre el nuevo acontecimiento de la temporada: el Marqués de Bristol, un hombre desafortunado que tuvo la desgracia de haber quedado discapacitado debido a una de sus piernas, finalmente había encontrado a su marquesa. Sin embargo, nadie se esperó que Lord Gallagher estuviera demente como para desposar a la mujer con la que se vio involucrado en un escándalo, quien no era nadie más que la Bruja de Londres, la viuda del vizconde Lord Crawford. Y es que, ¿qué hombre en su sano juicio, pese a haber sido un escándalo, se casaría con una viuda negra como dicha mujer? ¡Y una Allen, para variar!

Pronto, cuando comprendieron la razón por la pronta marcha de los involucrados hacia el campo, muchos comenzaron a rezar por la pobre alma de aquel hombre que había caído bajo los encantos seductores de una bruja como tal, esperando que su destino no fuera el mismo que el difunto vizconde.

Sin embargo, pese a que era un tema muy hablado por la alta sociedad, nada de ello podría alterar los planes del marqués, que trabajaba rápido para lograr que la boda sea efectuada antes de que su prometida se arrepintiera de la decisión que había tomado, puesto que con dicha dama nunca se sabía qué esperar. Por ello, aquella mañana había invitado a sus futuros suegros y a su madre a un lugar especial para recibir una opinión al respecto:

La Catedral de Wells.

Emergiendo de la niebla de Somerset como una aparición de piedra pálida, la edificación se mostraba orgullosa de sí misma con el arte arquitectónico con la que fue construida. Las cúspides parecían disolverse con el cielo gris de aquel día, mientras cientos de figuras esculpidas observaban desde lo más alto con sus rostros erosionados por siglos de lluvia y viento. Reyes sin nariz, santos mutilados, ángeles cubiertos de musgo: todos inmóviles vigilando el paso del tiempo y los cambios que ha tenido la humanidad a lo largo de los años.

Sin duda alguna era una construcción maravillosa a la que no se le podía ignorar, por lo que Morgana Allen no podía evitar sentir satisfacción al saber que su futuro yerno si había tomado su consejo para el lugar en el que sería realizada la boda. Sin apartar sus ojos del edificio, una pequeña sonrisa se formó en sus labios cual carmín, imaginando por completo el día en que su hija cruzaría las puertas vestida de novia para salir de allí siendo una esposa que sería respetada y, ¿por qué no?, adorada por su marido.

Vladimir, por su parte, asentía al ver los techos altos, silbando con aprobación debido a que su yerno —por fin uno que él sí estaría orgulloso de tenerlo como su pariente— si parecía conocer los gustos de su hija porque ese lugar gritaba “Hazel” así como también podría tener su toque de los Gallagher, porque incluso Lady Annette se mostraba encantada con el lugar que su hijo había escogido para la ceremonia.

—Es un lugar magnífico —comentó Lady Gallagher con una sonrisa emocionada—. Nunca había podido visitar esta catedral en persona, pero me parece perfecto para que nuestros hijos se casen, ¿usted qué opina, Lady Allen?

Morgana volteó hacia ella y sonrió más abiertamente en respuesta a lo que Vlad, tan pintoresco, se rió con júbilo.

—Muchacho, es un agrado saber que has prestado atención a nuestro consejo —lo felicitó a lo que Eric, que trataba de ocultar su nerviosismo, relajó sus hombros del alivio—. De seguro Hazel se va a querer morir de la emoción cuando vea lo espeluznante que es esto. Esperemos que ese día el clima nos acompañe y se vea tan encantador como hoy —comentó al visualizar la niebla y el día tan triste y grisáceo.

—Estoy de acuerdo, querido. Si ese día el clima se ve como esta mañana, le dará un toque misterioso que hará que la boda sea perfecta —agregó Morgana—. Aún recuerdo cuando Hazel nos comentó que, si llegaba a casarse algún día, sería en una gigantesca catedral gótica como esta. Eso fue cuando apenas contaba con sus aterradores ocho años. Estará encantada cuando vea que eso se ha cumplido —los Gallagher se mostraron sorprendidos por aquella revelación, aunque Annette no pudo evitar sonreír todavía más cuando Morgana miró a su hijo y asintió con aprobación—. Bien hecho.

—Es un alivio saber que mi sorpresa pueda gustarle a su hija, mi lady —comentó con honestidad Eric tras dar una leve inclinación de cabeza a modo de agradecimiento.

¿Cómo no estarlo? Era una verdad reconocida que complacer a una dama como la señorita Allen era algo de lo más difícil que podría realizar un hombre, más aún si apenas lograban congeniar; sin embargo, estaba dispuesto a darle la boda de sus sueños a esa sirena de cabellos rojizos, aún si tuviera que recibir algunos consejos para lograrlo para así no volver a arruinarlo con ella. En el fondo, esperaba de todo corazón poder convivir de manera amena junto a su futura esposa porque, lo cierto, es que todavía sentía que había una barrera entre ambos que era muy difícil de deshacer.

¿La estimaba? Pues sí. Desde un inicio agradeció la amistad que le brindó a su hermana, quien apenas podía socializar en aquel entonces.

¿Le irritaba e incomodaba? Para qué negarlo, pues desde un comienzo sentía rechazo por parte suya. Cuando la conoció hace unos años, la joven no era nada más que una niña que solía verlo con esos intimidantes ojos ámbar antes de huir incapaz de poder soportar su presencia. Sabía que había algo mal en él que provocaba caerle mal a la jovencita, siempre lo había sospechado, puesto que los años pasaron y dicha pelirroja endiablada gustaba de provocarlo al llamarlo aburrido o desabrido sin razón aparente.




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