—El día parece estar mejorando —comentó Andrew al dar una breve mirada al cielo— ¿Qué tal si damos un paseo por los alrededores?
En cuanto el duque dio una sugerencia una vez terminar el almuerzo, Hazel supo que todo había sido planeado en cuanto se levantó y notó que sus padres se quedaban junto a Lady Gallagher y los Collins a conversar, además de ver a Casandra susurrarle algo a Lilian que, por supuesto, la dejó sorprendida. No había que pensar demasiado para saber que la castaña ya estaba enterada del beso que su hermano Eric le había robado hace unos años. Tomó su sombrilla y, alisando las arrugas de su falda, prefirió ir de las últimas para evitar preguntas que podrían incomodarla, maldiciendo una vez más la torpeza que cometió esa mañana cuando, por accidente, reveló a Cassie lo que sucedió la noche de su debut como pianista.
Por lo tanto, diez minutos más tarde, Lord Andrew y Lilian iban de los primeros como los anfitriones, guiándolos por el terreno mientras, de vez en cuando, charlaban con James y Casandra, quien llevaba a Roy a su lado como de costumbre. Orión, el bulldog del marqués, al ver que su amigo rottweiler los acompañaba en el paseo, decidió caminar a una distancia considerable de la cual no se alejaba demasiado de donde se encontraba su dueño, por si llegara a necesitarlo.
Hazel, por su parte, bien pudo haber caminado sola, pero ya que se trataba de una fiesta de compromiso que su querida Lilian organizó para ellos, era evidente que amigas buscaban la manera de avanzar más rápido para dejarlos un momento a solas. Y ella, para no quedar como una persona descortés, se mantenía a la misma velocidad que la de Lord Gallagher a quien, por el rabillo del ojo, podía notar cuán difícil le resultaba desplazarse en terreno irregular al no estar todavía acostumbrado a la prótesis.
Suspiró mientras se acomodaba la sombrilla para que el sol no le diera tanto a la piel debido a que podría arruinar esa palidez cadavérica que trataba de mantener.
—¿Se encuentra bien? —se animó a preguntar sin apartar la mirada del camino.
Eric, como era de esperar, no deseaba fastidiarse tan pronto por lo inútil que se sentía por culpa de su discapacidad, por lo que, con el orgullo a flor de piel, asintió en respuesta y siguió caminando con ayuda de su bastón. Sin embargo, la mueca por la irritación que sentía en su muñón no pasó desapercibida por la pelirroja. Hazel se detuvo y arqueó una ceja sin creerle en absoluto. Era evidente su mentira, pero el marqués era tan terco que no daría su brazo a torcer, torturándose hasta que no pudiera más y terminara cayéndose al no saber utilizar todavía la prótesis. Respetaba su valor, pero no sería ella quién aguantase aquel humor del demonio si el hombre, debido a su terquedad, sufriera un accidente.
—¿Qué le sucede, señorita Allen? —preguntó Eric al verla detenerse.
—Ya fue suficiente sol para mí, mi lord —dijo en respuesta al ver unas bancas cerca de un rosal—. Iré a descansar. Puede continuar si así lo desea.
Y sin esperar respuesta, caminó hasta la banca del rosal donde, además, había un sauce que daba la entrada al camino en dirección a la laguna. Sabía perfectamente que el hombre no sería un desgraciado con dejarla sola, porque ella no había alcanzado a dar ni cinco pasos cuando lo escuchó seguirla, resoplando de seguro por no haber creído en la tonta excusa que había dado. A Hazel le daba igual. No tenía el ánimo para discutir y, si era honesta, aquel descanso le vendría bien si estaba bajo la sombra de aquel terrorífico árbol que era una maravilla de apreciar.
—Esto no ha sido necesario —murmuró Eric apenas tomó asiento a su lado seguido de Orión, quien se recostó al lado de su dueño.
Hazel, sin apartar los ojos de las otras parejas que seguían su camino, se encogió de hombros fingiendo estar desentendida con el tema.
—Vamos, marqués, no es el centro de atención como para creer que mi descanso sea para usted —se mofó del hombre mientras cerraba su sombrilla para dejarla a un lado suyo—. Como ya le he dicho, me harté del sol. Eso es todo.
Eric, sin embargo, sabía que ella mentía y que lo había hecho por él. Era bastante evidente la torpeza que estaba teniendo por culpa de su maldita pierna que era muy probable que aquella dama se hubiera percatado de su situación. Suspiró pesado, admirando el paisaje en un silencio que ocultaba la melancolía que poco a poco lo envolvía. Si bien agradeció su gesto, no pudo evitar sentirse mal porque, si no aguantaba una simple caminata, ¿cómo podría volver a bailar con ella? ¿A cabalgar? ¿A volver a practicar el deporte de esgrima?
Había muchas cosas que anhelaba realizar y que cada día dudaba en poder lograrlo. Incluso en su mente recordó el día de la fiesta donde pudo danzar junto a la dama que estaba sentada a su lado, pero hizo falta un par de vueltas para que la molestia volviera a reflejarse en la cojera por su poca práctica utilizando la prótesis. ¿Es que siempre sería así? ¿Nunca podría volver a sentirse un hombre normal?
Antes de volver a amargarse, volteó hacia la joven. La señorita Allen —a quien detestaba pensar como a una vizcondesa— miraba a las dos parejas que ya se habían olvidado de ellos, lo que le permitió observar su rasgos a detalle. Su nariz era perfilada; poseía una forma casi felina en aquellos ojos más llamativos que hubiera visto nunca; los mechones rojos que enmarcan su rostro se reflejaban como el fuego cuando algunos rayos solares impactaban contra su cabello; y no olvidaba mencionar a esas pequeñas manchas que se encontraban tanto en el puente de su nariz como en su cuello, característicos de la familia Allen o de cualquier pelirrojo. No pudo evitar preguntarse si, de casualidad, la dama poseía más de esas pecas que parecían constelaciones en el resto de su cuerpo, un sin fin de estrellas plasmadas cuidadosamente sobre su pálida piel, tanto que pronto le surgió la necesidad de contarlas una por una; o, si se atrevía a ser un honesto descarado, de besarlas cada una de ellas hasta que no quedara ningún rastro sin haber sido tocado por sus labios…
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Editado: 28.06.2026