Hazel apenas podía respirar.
El día, que nunca creyó que viviría, había llegado más pronto de lo que se había preparado para enfrentarlo. Parada en su habitación, apenas podía respirar mientras sentía las manos de Ofelia terminar con su peinado y el ajuste del velo, a Lilian coloreando sus labios y a su madre discutir junto a Casandra sobre qué zapatos serían los más indicados para esa ocasión. Sin embargo, pese a saber que esta boda fue, al final, decisión suya, todavía no cabía en su cabeza que muy pronto volvería a enlazar su vida a la de un hombre. Y no cualquier hombre, sino del único con quien una vez pensó en casarse así como también creyó que podría apartarse de él al haber elegido ser vizcondesa hace un par de años.
¿En qué demonios decidió participar?
—Listo —vio sonreír a Lilian cuando ella, después de un par de minutos, se apartó de su lado tras maquillarla—. Te vez preciosa, Hazel.
—¡¿Ya está lista?! —Casandra sonrió emocionada desde donde se encontraba el baúl en el que guardaba los zapatos— ¡Ay, debes verte maravillosa, Hazel!
—Escalofriantemente hermosa —agregó Morgana al visualizar a su hija en lo que Ofelia terminaba de ajustar el velo para que cayera con elegancia—. Sin embargo, le falta algo —caminando hacia un mueble, tomó entre sus pálidas manos una caja oscura con una cinta roja a modo de envoltorio—. El marqués te ha enviado un obsequio, calabacita. Dijo que sería ideal para este día.
Hazel, apenas reaccionando, desvió sus ojos hacia la caja sin mostrar expresión alguna, aun sin lograr parpadear al no asumir que ella era, en efecto, la novia aquel día.
—Ya me estoy imaginando cuál es ese fantástico obsequio —mencionó de manera irónica al recordar la discusión que tuvo con el hombre hace unos días por culpa de un regalo en cuestión.
Morgana se acercó a su hija y, con bastante cuidado, abrió la caja revelando el más precioso conjunto de collar y pendientes que Hazel había visto en su vida. Y eso que a ella le fascinaba utilizar ese tipo de accesorios por lo que ya poseía muchos a los que consideraba bellos como extraños.
Un collar realizado con textura de encajes y piedras de rubí con formas de lágrimas de sangre y sostenidos por murciélagos le provocaron, por fin, parpadear sin creerse que esta vez ese hombre acertara con la elección del diseño. Desde que tuvieron la discusión del fatídico collar de corazón rosado pastel, cuando regresó a casa descubrió que ya no lo tenía en su retículo y, en cambio, sólo se encontró con una nota donde se le informaba que se arreglaría tal asunto vergonzoso. Por supuesto, en ese momento ella, que rodó los ojos aún irritada de pensar en haber hecho un gesto cortés por llevar algo que se le había obsequiado cuando él ni lo recordaba, arrugó el papel y se marchó a realizar otros asuntos tras decidir que olvidaría esa situación, por lo que esto no se lo había esperado en absoluto. Ese hombre habló completamente en serio en aquella ocasión y, además, ¡combinaba con su vestido!
Viendo el asombro en los ojos de su hija, Morgana sonrió afable y se dedicó a colocarle las joyas de manera cuidadosa para no estropear el recogido que Ofelia había realizado hace tan sólo unos minutos. Sólo entonces, Hazel, sintiendo una rara inquietud en su estómago, apretó con las manos su ramo de rosas rojas, se irguió y, tragando saliva con dificultad, vio a sus amigas sonreírles al igual que a su madre, quien se sentía orgullosa por la decisión que había tomado su hija después de tantas desgracias que ha tenido que soportar.
—Ahora sí, eres una verdadera novia, querida —halagó Morgana con satisfacción.
Hazel, sin poder evitarlo, se observó a través del espejo de su tocador encontrándose con un reflejo que le quitó las palabras de la boca. A diferencia de la primera vez que se casó, esta vez sí se sentía hermosa en vez de alguien que caminaba directo a su funeral con el peor disfraz de fantasma que le escogieron. Ahora, lejos de ese blanco que no quedaba con su esencia y la hacía ver como una mujer que vivió una desgracia y fue encerrada en un manicomio, su vestido era rojo burdeo, del más oscuro posible, con escaje negro de exquisito diseño cosido sobre este, con detalles tan sútiles que revelaban sus gustos y la elegancia de una dama de sociedad. Sus guantes, que llegaban a la altura de sus codos, aunque admitía que podrían ser tentadores, eran de la tela negra de mejor calidad posible así como lo era su velo, que estaba cuidadosamente acomodado en medio del recogido que resaltaba sus facciones. Sin embargo, pese a que era ella la que estaba en el espejo y utilizaba el vestido que había elegido personalmente, nada la hacía resaltar más que aquel obsequio que Lord Gallagher había escogido para esa ocasión.
Estuvo a punto de sonreír, aunque sus ojos si se suavizaron tras visualizar su reflejo: lucía y se sentía preciosa.
Horrorosamente bella, la más bella de todas.
—Pero, ¿qué es lo que ven mis ojos? —volteó hacia la puerta cuando escuchó a su padre ingresar a la habitación. Vladimir sonrió de oreja a oreja al reparar en su hija— ¿Esa dama que está allí es mi monstruito? —Hazel volvió a erguirse y a mover con sutileza su cabeza presumiendo, de forma indirecta, sus pendientes de rubí nuevos. Vladimir volvió a hacerle un cumplido— Estás escalofriantemente preciosa, calabacita. Una novia digna de admirar.
—Gracias, padre —la joven inclinó la cabeza con respeto.
—¿Qué horas son? —preguntó Casandra quien tenía su brazo entrelazado con el de Lilian— No debemos llegar muy tarde o el novio pensará que nos hemos raptado a la novia.
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Editado: 08.07.2026